Verdad dolorosa
Lo entiendan o no los políticos y jueces que aprovechan su posición para privilegiar a sus parientes, el nepotismo es un vicio muy grave.
Si se tratara de un servicio secreto o de una organización mafiosa, sería lógico tomar la difusión de una lista presuntamente completa de sus empleados por un acto agresivo. Pero por ser la entidad en cuestión el Senado de la Nación, hacerlo no debiera merecer comentario alguno. Sin embargo, como todos sabemos, la cámara alta no es una institución cualquiera y a los senadores no les hizo ninguna gracia la iniciativa de su titular, el vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez, de repartir entre los periodistas copias de la nómina de empleados. Aunque la información incluida en la lista debería ser de dominio público, siempre ha estado entre los secretos mejor guardados del país y los más entendieron en seguida que el alarde de transparencia del aliancista fue motivado por el deseo de desprestigiar a un conjunto de personas cuya capacidad para provocar problemas es bien conocida.
Desde luego, Alvarez logró su propósito sin tener que agregar una sola palabra a lo que muchos compararon con una pequeña guía telefónica. Como era de suponer, en la lista de 3.156 empleados del Senado que difundió abundan los apellidos «políticos»: Alfonsín, Britos, Storani, Cafiero, Tróccoli, Yoma, Pugliese, Saadi, Moreau, Menem y así por el estilo. En algunos casos podría tratarse de una casualidad, pero no cabe duda alguna de que la mayoría de los así llamados debe su designación exclusivamente a la influencia del jefe de su clan familiar. Así las cosas, no es difícil entender las razones de la oposición decidida de los senadores a la poda de los salarios de los estatales y de su voluntad, cueste lo que costare, de defender a los vinculados con el Senado contra los rigores del «ajuste» delarruista. Para ellos es un asunto personal, no una mera cuestión de Estado, y puesto que les es tradicional anteponer los intereses así supuestos a aquellos del resto del país era de prever que procurarían impedir que el «ajuste» llegara a sus propias puertas.
Según Alvarez, hay «casi mil ñoquis»en el Senado, o sea, individuos que se limitan a cobrar el sueldo, del cual una parte va a parar a las arcas partidarias, y si bien habrá algunos familiares de políticos renombrados que trabajan como es debido, no extrañaría que muchos otros nunca hayan desempeñado función alguna. Pero aun cuando todos lo hicieran con eficacia ejemplar, la situación reflejada por la lista de Alvarez no debería tolerarse en una república que, conforme a la Constitución, «no admite prerrogativas se sangre». Lo entiendan o no los políticos y jueces que aprovechan su posición para privilegiar a sus propios parientes, el nepotismo es un vicio social muy grave, a tal punto que ha contribuido mucho al atraso del país al estimular la corrupción e institucionalizar la inoperancia, además de poner obstáculos en el camino de quienes no tienen la suerte de estar relacionados con un miembro de la oligarquía política dominante.
Las relaciones familiares no son como las profesionales. No es común que un jefe de familia juzgue a sus dependientes según los mismos criterios que emplearía ante otros subordinados. De producirse denuncias por presuntos actos de corrupción, defenderá instintivamente al acusado con la seguridad de que sus homólogos comprenderán su actitud. Asimismo, en nuestro país por lo menos es normal que los padres, hermanos o tíos sean poco exigentes hacia sus propios parientes, de suerte que están predispuestos a pasar por alto errores que en otras circunstancias no aceptarían. Los efectos acumulativos de esta actitud complaciente, más el clima de complicidad promiscua que suele producirse en instituciones públicas en las que virtualmente todos se saben privilegiados por su relación personal con alguno que otro poderoso, no pueden ser sino negativos. Por cierto, que el nepotismo esté tan consagrado en el país como para que sea considerado normal que los presidentes repartan puestos clave entre sus familiares ha tenido mucho que ver con la decadencia del Estado, el cual desde hace décadas ha sido considerado un depósito de «fuentes de trabajo» en vez de un conjunto de instrumentos que, bien utilizados, permitirían a la sociedad atenuar sus problemas más urgentes.
Si se tratara de un servicio secreto o de una organización mafiosa, sería lógico tomar la difusión de una lista presuntamente completa de sus empleados por un acto agresivo. Pero por ser la entidad en cuestión el Senado de la Nación, hacerlo no debiera merecer comentario alguno. Sin embargo, como todos sabemos, la cámara alta no es una institución cualquiera y a los senadores no les hizo ninguna gracia la iniciativa de su titular, el vicepresidente Carlos "Chacho" Alvarez, de repartir entre los periodistas copias de la nómina de empleados. Aunque la información incluida en la lista debería ser de dominio público, siempre ha estado entre los secretos mejor guardados del país y los más entendieron en seguida que el alarde de transparencia del aliancista fue motivado por el deseo de desprestigiar a un conjunto de personas cuya capacidad para provocar problemas es bien conocida.
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