Vida de un hombre rana

Entró a la música de la mano de sus amigos de la adolescencia, hoy, como él, grandes músicos. Al jazz lo empujó un tal Keith Jarrett. Conozcamos a un saxofonista del género y más allá.



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P- En diez palabras (más o menos), ¿quién es Walter Luzarreta?

R- Cuando era chico y me preguntaban qué quería ser cuando sea grande, decía Hombre Rana, y creo que lo he logrado. La profesión es lo de menos. Soy Hombre Rana porque soy quien soy desde la percepción de realización que tenía en mi niñez, que tiene que ver más con el amor que con las “metas”. Ese más o menos sería yo.

P- ¿Por qué la música?

R- Porque no puedo dejar de hacerla. No hay ahí ningún mérito como la tenacidad o la voluntad. Entré en ella gracias a los amigos de la adolescencia, Pato Frank, Ricardo Navarre y Andrés Fuhr. Junto a ellos, y Luis Andrade, a quien conocí ya estudiando música, he tocado en muchos grupos durante varios años. Alguien fundamental en esos primeros años, con quien aprendí música haciéndola, fue Alberto Suárez. Pasaron muchos años, me fui, volví y sigo, no me imagino una vida sin tocar.

P- ¿Por qué el jazz?

R- El jazz es una parte, sí. Y mucho han tenido que ver en eso los músicos de Fiske a los que íbamos a ver: Luis Cide, Ricardo Sarandría... Y dos discos de jazz que escuché cuando empecé a estudiar música fueron determinantes para tomar ese camino: “My Song” y “Belonging”, de Keith Jarret, con Jan Garbarek (por quien empecé a tocar saxo). Luego vino un fanatismo casi religioso por los quintetos de Miles Davis. Pero no es sólo eso, no milito en ninguna “pureza” del jazz, me molesta. El jazz es maravilloso porque en los saltos cuánticos de su evolución creó un lenguaje amplísimo para la improvisación técnica y estética. Una herramienta para poder crear música en tiempo real que es aplicable a todas las músicas. Y en lo que hago esta presente toda la música que me ha nutrido: Spinetta, The Beatles, los tres primeros discos de Charly, “Tercer Mundo” y “El amor después del amor”, de Fito. Una vez escuché como siete veces seguidas una versión tremenda de “Nostalgia” cantada por Edmundo Rivero.

P- ¿Y por qué el saxo?

R- Yo tocaba la guitarra (sigo tocándola, me encanta), pero escuché a Jan Garbarek y Michael Brecker tocar el saxo y me agarró un ansia como nunca (o como cuando quería ser hombre rana). Ansia que debió convencer a mi viejo de comprarme el saxo.

P- ¿De qué juega el saxo en el jazz?

R- Juega adelante. Algunos son más 9 de área (no es fácil, el espacio es reducido), yo soy más de equipo, media punta, necesito participar del armado para jugar bien.

P- ¿Para qué lado tenés pensado rumbear en el 2019?

R- Tengo un proyecto nuevo, que justamente se llama “Hombre rana”, que me tiene agarrado. Se estrenará, espero, en marzo . Continuarán también Efecto Locche, Kaos Vonnegut, Patagonia Big Band (gran proyecto, inédito en la región, gracias al laburazo de Guille Vera y Juampi Bergese). Y quiero destacar especialmente a Domingos de Jazz, un ciclo que va a entrar en su cuarto año, idea hermosa y loca de Ignacio Long. Llevamos tres años tocando todos los domingos en La Jungla, jazz y no tanto. Casi 100 conciertos y casi 300 obras interpretadas junto a 51 músicos invitados de todos los géneros.

P- Roca es una ciudad particularmente jazzera, ¿coincidís?

R- Esta es una ciudad con mucha música, no sólo jazz. Con mucho arte. Vivir acá nos hace perder la perspectiva de lo raro que es que una ciudad a 1100 km del centro cultural de este país tenga esta característica. Es inevitable pensar en el IUPA como una razón para que eso haya pasado. Pero no del modo que habitualmente se piensa. Hay muchos expulsados de ese lugar que son también responsables del arte que se respira en la ciudad. Y a la vez, hay muchos estudiantes y profesores que no participan ni como público ni como creadores de ese arte. Entonces ese arte existe “por” y “a pesar” del IUPA.

Yo soy: walter lusarreta


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