Viento en popa
Por haber sido Ricardo López Murphy durante tanto tiempo un dirigente de discurso bastante pesimista en cuanto a las perspectivas económicas ante el país, ocasionó cierta sorpresa su afirmación reciente de que gracias a las circunstancias imperantes en el mundo «deberíamos recuperarnos a toda velocidad». Pero, claro está, se trataba de una advertencia indirecta. Como ha señalado el fundador de Recrear y referente actual de «la centroderecha», la devaluación del cuarenta por ciento del dólar estadounidense frente al euro, la caída espectacular de las tasas de interés en los mercados financieros principales y el aumento del precio de muchos «commodities» primarios nos han resultado tan favorables, que a diferencia de Fernando de la Rúa y, en las fases finales de su larguísima gestión, Carlos Menem, el presidente Néstor Kirchner no podría atribuir un eventual fracaso a nada más que la mala suerte. Aunque en nuestro país escasean los políticos y comentaristas habituados a tomar en cuenta la incidencia de factores externos que ningún presidente, por eficaz y vigoroso que fuera, estaría en condiciones de modificar, no cabe duda de que la evolución negativa de la economía internacional contribuyó mucho a la consolidación primero y después al hundimiento de la «convertibilidad» y, con ella, la gestión de De la Rúa.
Según López Murphy, siempre y cuando Kirchner no cometa «errores» el país podrá experimentar un período de auge porque «en términos de navegación tenemos viento de cola, al revés de lo que tuvimos hace cinco años». Es de suponer que los «errores» que tenía en mente consistirían en una hipotética decisión de optar por una estrategia populista por calcular Kirchner que le permitiría continuar «construyendo poder», pero por ahora cuando menos no hay evidencia de que el presidente se haya creído facultado para violar con impunidad las reglas económicas básicas, ilusión ésta que hizo de los primeros meses de la gestión de Eduardo Duhalde una auténtica pesadilla. Por el contrario, a juzgar por sus propias declaraciones, Kirchner es consciente de la necesidad de manejar las cuentas públicas con frugalidad y sentido común.
Con todo, esto no quiere decir que si el mundo realmente está por entrar en una etapa que nos sea tan favorable como prevé López Murphy, al gobierno de Kirchner le resultará fácil aprovechar mejor las oportunidades brindadas que sus antecesores, entre ellos el encabezado por Menem. Tanto aquí como en muchos otros países la opinión pública suele ser reacia a entender que todos los ciclos llegarán un día a su fin y que en consecuencia siempre conviene recordar el consejo bíblico conforme al cual hay que prepararse en los «años gordos» para enfrentar los «flacos» que con toda seguridad los seguirán. En efecto, la estrategia menemista se basó en el presupuesto de que las inversiones extranjeras continuarían llegando a raudales, de suerte que le sería posible pasar por alto dificultades a su juicio meramente pasajeras. Huelga decir que tal «error» no fue exclusivamente argentino: decenas de miles de norteamericanos y europeos, incluyendo a los mejor informados, también lo cometieron, de ahí aquellas gigantescas burbujas financieras que estallaron, arruinando a muchos, un par de años atrás.
Como hemos tenido ocasión de aprender, en los años buenos es tan tentador relajarse, dando por descontado que ya rige un «nuevo paradigma» distinto de los conocidos en el pasado, como lo es en los malos entregarse al pesimismo extremo. Es de esperar que Kirchner y sus acompañantes comprendan que en una situación favorable les corresponde actuar con el máximo rigor para que los responsables de manejar la economía en circunstancias menos propicias no se vean obligados a tomar medidas severísimas. En teoría, ya lo sabrán muy bien -al fin y al cabo, es cuestión de una verdad de perogrullo-, pero la realidad es que cuando el clima se tiñe de optimismo a causa de un cambio en el panorama internacional puede resultar extraordinariamente difícil no dejarse llevar por la euforia resultante y atribuir las mejoras locales a nada más que la sabiduría propia, acostumbrándose de este modo a un estilo de gestión -como aquel de los menemistas-, que más tarde sólo serviría para agravar los problemas gravísimos supuestos por el eventual deterioro de las perspectivas internacionales y por lo tanto nacionales.