Violencia de género, la gran cuenta pendiente del fútbol

El fútbol argentino necesita solucionar urgente su problema con la violencia de género. Mientras algunos clubes implementan protocolos ante la aparición de casos en sus planteles, a la hora de la verdad pesan más las cuestiones deportivas y económicas.





El futbolista Santiago Silva quizá vuelva a jugar recién en octubre de 2022. Será cuando tenga 41 años y cumpla la sanción por doping que le impusieron. Silva, delantero uruguayo con un amplio recorrido por el fútbol argentino, alega que los altos niveles de testosterona encontrados en su sangre se debieron a un tratamiento que realizó para tener su tercer hijo. Todavía cree que puede revertir el castigo. Si hubiera golpeado a su mujer o fuera acusado de abuso sexual tendría menos problemas para jugar. Sería suspendido unos días, tal vez hasta que el club que lo tuviera contratado necesitara de sus goles. Así funciona el fútbol argentino.


La idea sobre las cargas distintas, en realidad, le pertenece a otro futbolista, Leonardo Di Lorenzo, quien se acaba de retirar después de una carrera que incluyó San Lorenzo, Montreal Impact de Canadá y Temperley. “Hoy te da positivo un control porque te fumaste un porro un fin de semana y no conseguís club, pero cagaste a palos a tu señora y le bajaste tres dientes, y te mandan a tu casa un mes, te guardan un poco y podés volver a jugar. Es un ambiente muy machista y muy conservador. Tenemos que cambiarlo”, le dijo Di Lorenzo al periodista Sebastián Varela del Río. Se podría decir que en un caso hay sospecha —y con algunas sustancias es solo eso— de sacar ventaja deportiva y en la otra se trata de un elemento ajeno a la competencia. De lo que no hay dudas es cuál es más grave para la sociedad.

En los últimos dos años se cuentan al menos 10 casos de jugadores del fútbol argentino con denuncias por violencia de género. El año pasado quedó detenido Alexis Zárate, exjugador de Independiente y Temperley, condenado por violación en 2018. Son los casos que se conocen, los que tienen denuncias formales y se visibilizan. La estadística se actualizó este mes, cuando Diego García fue separado del plantel de Estudiantes de La Plata luego de que se le señalara como autor del delito de abuso sexual. Ocurre en un país que en los primeros dos meses del año tuvo 52 feminicidios, de acuerdo con un informe del Observatorio de las Violencias de Género Ahora Que Nos Ven. Los clubes del fútbol argentino recordarán estas cifras cuando se conmemore un nuevo Día Internacional de la Mujer. Lo harán en sus redes sociales, con sus hashtags, quizá con alguna campaña en sus camisetas, pero lo que aún no saben es qué hacer hacia dentro, cuando las denuncian van contra sus futbolistas. En esa parte, huyen. Aplican el mantra con el que gobernaba el expresidente de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) Julio Grondona: todo pasa.

De los 26 equipos de la Liga Profesional de Fútbol, la actual Primera División argentina, solo 15 tienen protocolos para casos de violencia de género. Y no siempre alcanza. Vélez fue un club de avanzada. En 2018, creó un área específica que luego aprobó el primer protocolo del fútbol argentino. Cuando contrató a un futbolista con antecedentes, Ricardo Centurión, quien tuvo restricción perimetral por una denuncia de su pareja, incluyó una cláusula en su contrato. Ante una denuncia, el contrato se rompería. Pero esos avances encontraron la pared este año. Miguel Brizuela y Thiago Almada, dos jugadores del equipo, fueron imputados en una causa por abuso sexual. El protocolo se activó y a ambos se los separó del equipo. A los pocos días, los dos volvieron. El club argumentó cambios en la causa. “En la causa no cambió nada”, me dijo Raquel Hermida, abogada de la víctima, en entrevista para el programa de radio Era por abajo. “Tener un área de violencia de género no significa que se esté cumpliendo con el objetivo”.

Sebastián Villa (segundo abajo a la izquierda), denunciado y separado del plantel… hasta que fue “necesario” utilizarlo en la cancha.


Boca, sin protocolo, también balbuceó cuando le tocó actuar por Sebastián Villa, el jugador colombiano denunciado por su pareja el año pasado. Sacó primero un comunicado que fue repudiado, luego lo separó del plantel y después lo reincorporó bajo el paraguas de que la exnovia del futbolista había dado luz verde. A Racing le pasó en 2019 con Jonatan Cristaldo, denunciado por su pareja. Sin protocolo por entonces, lo suspendió por cinco días. El jugador volvió y hasta fue titular en el equipo. Hoy está en Newell’s. La causa se acaba de cerrar.

Cuando tienen estos casos en sus clubes, los dirigentes se lanzan a salvar sus propias cuentas. La de los goles —cuando se trata de ganar— y la del patrimonio —cuando se trata de un jugador con una posibilidad de venta—. Cuando nada de eso importa, atan cualquier decisión a lo que decida la Justicia. Esa es la cosmética del protocolo. Y está luego el argumento laboral: no podemos coartarle la libertad de trabajo a nadie. Pero las acciones pueden no ser punitivistas y ahí es donde también se busca poco. Romper estructuras implica formar a sus jugadores —los profesionales y los de inferiores—, hacer campañas permanentes contra la violencia machista, a favor la igualdad de género y de las diversidades en el fútbol, donde puede jugar un rol la televisión —ahora, en Argentina, dos partidos por jornada se transmiten por la TV Pública—, y pensar en las víctimas antes que en esas cuentas. Torcer el rumbo de los hijos sanos del patriarcado futbolero. La Ley Micaela, que también rige para los clubes, debe desplegarse a todo el fútbol, como primer paso. A dirigentes, jugadores, entrenadores, árbitros y, por supuesto, periodismo especializado. Es la forma también para que baje a los hinchas. Y es la AFA, que según fuentes internas prepara su propio protocolo, la que debe imponer una línea para que no quede a expensas de cada club.

Ricardo Centurión, otro de los casos que continúa en el plantel.


Los clubes en Argentina son asociaciones civiles sin fines de lucro. Tienen un rol social. Se trata de un modelo que no se equipara a lo que sucede con ningún país en la región. Esos clubes no son solo fábricas de cracks, también producen sentido. Ponerse la camiseta de un club, representar a ese club, no debería ser para cualquiera. El fútbol argentino tiene que decidir qué ídolos quiere construir.


¿Y el lugar para las mujeres?



“Lo que están haciendo los clubes es duplicar lo que ya ocurre en el sistema judicial, que no funciona”, me dijo en entrevista Natalia Volosin, abogada, socia de Boca.

Los movimientos feministas, que en Argentina vienen de conquistar el derecho al aborto, pelean por más espacios en los clubes. Las mujeres tienen más lugares que antes, pero aún falta mucho y no significa que tomen decisiones. Un relevamiento que se realizó el año pasado, determinó que solo 6% de los cargos en los clubes está ocupado por mujeres. Algunos clubes incluyeron cupos para integrar sus directivas. Pero de los 33 miembros del comité ejecutivo de la AFA elegidos el año pasado, aunque todavía sin asunción formal, solo una silla quedó para una mujer: Lucía Barbuto, titular de club Banfield, la primera presidenta del fútbol argentino. No llega ni a pinkwashing.

“Si entrás, no te podés ocupar del fútbol y los negocios —me dice Volosin— porque las mujeres se ocupan de los temas de mujeres. Como si (la violencia de género) fuera un problema de las mujeres cuando es un problema de los varones. Además, esos departamentos que se arman no son consultados. Se los consulta de manera formal, pero después las decisiones toman las comisiones directivas. En el caso de Villa en Boca fue claro”.

Por Alejandro Wall (The Washington Post)


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