Voto atávico
Además de ser un representante emblemático de la dictadura militar, Antonio Domingo Bussi figura en la lista negra de represores argentinos -parecería que sus equivalentes españoles ya están fuera del alcance de la ley- que ha sido redactada por el juez español Baltasar Garzón, pero tales detalles nunca han impresionado a una proporción muy significante de los tucumanos, razón por la cual desde hace años el general retirado es un protagonista de la política democrática local. Así las cosas, el triunfo de Bussi en las elecciones por la intendencia de la capital provincial sólo sorprendió por lo reñido del resultado que, después de un escrutinio necesariamente largo, le fue favorable por 17 votos.
Si bien el país ya está acostumbrado a la presencia de este sobreviviente de una época que los más quisieran creer superada, la confirmación más reciente de que a pesar de su trayectoria o debido a ella sigue siendo lo bastante popular entre los tucumanos como para ganar elecciones con cierta regularidad ha servido para recordarnos que el régimen militar fue un producto lógico de la evolución del país que en su momento fue respaldado no sólo por «el establishment», sino también por amplios sectores populares. Aunque a muchos les gustaría olvidarlo porque les conviene atribuir la dictadura a nada más que una conspiración urdida por una pequeña minoría de personajes despreciables, la verdad es que hasta el comienzo de los años ochenta muchos daban por descontado que «la solución» de los problemas nacionales requería un gobierno que fuera no meramente fuerte, sino que también estuviera dispuesto a hacer uso de la violencia contra cualquiera que se animara a desafiarlo. Puede que los tucumanos que votaron en favor de Bussi ya no piensen de tal modo, pero sería un error confiar demasiado en su respeto por las reglas democráticas básicas y las normas republicanas.
Por fortuna, no hay motivos para suponer que los tentados a confiar en las dotes políticas de individuos como el general retirado Bussi, pasando por alto su prontuario, constituyan una mayoría en el país, aunque es factible que en circunstancias determinadas esta situación reconfortante llegara a modificarse. Fuera de Tucumán, últimamente no se han producido señales de nostalgia por el autoritarismo castrense, si bien la ofensiva inesperada del presidente Kirchner contra las cúpulas militares ha servido para dar nueva vida a una «antinomia» que la mayoría hubiera preferido creer totalmente desactualizada. Incluso cuando la economía parecía estar al borde de la desintegración y los «políticos civiles» no podían mostrarse en público sin correr el riesgo de ser atacados por turbas enfurecidas, a nadie se le ocurrió proponer que los militares se encargaran del gobierno. El cambio notable así supuesto se ha debido a la conciencia generalizada de que las dictaduras militares sencillamente no sirven para resolver embrollos en buena medida económicos, realidad ésta que los militares mismos parecen entender mejor que nadie. Por lo tanto, si bien puede resultar políticamente provechoso embestir contra las fuerzas armadas, el problema planteado por el «partido militar» pertenece al pasado.
La combinación de desprecio por la ley, fe en la violencia y facilismo ingenuo que posibilitó que durante décadas militares y populistas civiles de actitudes a veces no tan distintas alternaran en el poder ya no parece capaz de engendrar una nueva dictadura castrense. Aunque un personaje como Bussi resultara elegido presidente de la República -y el hecho de que Kirchner haya llegado a la cumbre a caballo del 22% de los votos sugiere que podría suceder-, sería de prever que se desempeñaría como un mandatario de trayectoria exclusivamente civil. Con todo, si bien los factores que combinados producían regímenes militares de distinto tipo ya no se manifiestan de la misma manera, esto no quiere decir que no existan. Por el contrario, después de la caída de Fernando de la Rúa, el gobierno no titubeó en pisotear la ley, privando a muchos de derechos que habían creído garantizados por la Constitución. Hace menos de dos meses muchos individuos prominentes rindieron homenaje a un dictador y a juzgar por ciertas afirmaciones oficiales el facilismo aún no se ha muerto por completo.
Además de ser un representante emblemático de la dictadura militar, Antonio Domingo Bussi figura en la lista negra de represores argentinos -parecería que sus equivalentes españoles ya están fuera del alcance de la ley- que ha sido redactada por el juez español Baltasar Garzón, pero tales detalles nunca han impresionado a una proporción muy significante de los tucumanos, razón por la cual desde hace años el general retirado es un protagonista de la política democrática local. Así las cosas, el triunfo de Bussi en las elecciones por la intendencia de la capital provincial sólo sorprendió por lo reñido del resultado que, después de un escrutinio necesariamente largo, le fue favorable por 17 votos.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora