A los 79 años, viaja sola por la costa de Brasil en su auto: «Me gusta sentirme pájaro»
María Gloria Rolla Gehan es correntina, jubilada del Poder Judicial de Chaco y viaja en una Volkswagen Taos adaptada para dormir. A los 68 años descubrió, en un encuentro de mujeres rodanteras, una forma de vida que nunca había imaginado para ella. Primero se animó a ir al sur; ahora recorre las rutas de Brasil sin un destino fijo. Llegó a un camping junto al mar para pasar una noche y decidió quedarse un mes.

«A veces siento que puedo tocar la libertad, como si fuera algo material», dice María Gloria Rolla Gehan, de 79 años. Está en Brasil, llegó al volante de su Volkswagen Taos y recorre la costa a su ritmo. En estas rutas, 300 kilómetros pueden llevarle cinco horas por las curvas, los controles de velocidad y los camiones que avanzan despacio. Por eso, decide manejar hasta cinco horas por día y dejar el resto del tiempo abierto a que el camino la sorprenda, esa fue la lección que la vida le enseñó en estos últimos años.
Es correntina y viaja sola en «un auto disfrazado de camioneta», define con humor. No es un motorhome, es su propio auto, con los respaldos traseros rebatidos, una colchoneta y cajones hechos por un carpintero para nivelar el espacio y guardar la ropa y los objetos del viaje. Una solución sencilla para alguien que no quiso esperar a tener el vehículo perfecto para empezar a rodantear.
Desde el 12 de septiembre recorre Brasil sin un itinerario cerrado. Viaja y a la noche, decide hacia dónde seguir: consulta distancias, busca campings y manda mensajes. Después elige entre los que responden y le parecen adecuados. «Yo salí sin destino. Siempre salgo sin destino, como hoja que lleva el viento», dice desde un camping en la costa brasileña.
Bajo un pequeño techo, mientras la lluvia cae suavemente sobre las palmeras, cuenta que si un lugar le gusta, se queda; si no, sigue. Así llegó a Porto Seguro, donde el plan de pasar una noche se convirtió primero en una semana y después en un mes.
Pero para entender qué hace una mujer de 79 años sola al volante por las rutas de Brasil, hay que volver unos años atrás, a una decisión que en ese momento parecía mucho más pequeña: llegar hasta Rafaela para conocer a un grupo de mujeres que viajaban en sus propios vehículos.
María Gloria tenía 78 años y atravesaba una etapa difícil, con el ánimo bajo. Empezó a mirar publicaciones sobre viajes en las redes sociales y, entre una imagen y otra, apareció Mujeres Rodanteras Argentinas. Entró al grupo y descubrió que muchas de sus integrantes eran mujeres mayores, jubiladas, que habían encontrado una forma de viajar por su cuenta.
«Hay muy pocos espacios para mujeres mayores, para mujeres que ya están jubiladas. De este tipo de actividades, prácticamente no hay nada», observa. Silvia Di Biase, una de las fundadoras del grupo un día la llamó. Le contó que la semana siguiente habría un encuentro en Rafaela y le preguntó si quería ir. «Te queda cerca», le dijo. Cerca eran unos 700 kilómetros, pero eso no la detuvo. Manejar no le preocupaba. Lo que despertó su curiosidad fue otra cosa: dormir en el auto.
«Ahí me picó el bichito y dije: “Esto me gustaría probar”». María Gloria no tenía equipamiento para dormir en el auto. «Mi organización fue muy graciosa. Lo primero que hice fue medir el espacio que tenía en el auto y después medí el colchón del sofá de mi living. ¡Cabía perfecto!».
También necesitaba electricidad para usar el CPAP, el equipo que utiliza para dormir por la apnea del sueño. Le habían recomendado llevar un alargue, pero ella apareció con una zapatilla y un cable de un metro. Al llegar, descubrió que no le alcanzaba. Las otras mujeres le prestaron alargues y la ayudaron a resolver el problema.
Recuerda y se ríe: «llevé unos chorizos congelados. No sabía nada sobre esta forma de viajar, pero quería probarla. Al mes siguiente fue al encuentro de Villaguay y también fui. Ahí dije: ´Esto es lo que quiero hacer'».
Por un momento pensó en comprar un motorhome. Después lo evaluó con cautela: su licencia de conducir vencía en mayo y ni sabía si se la renovarían. No quería hacer una inversión importante sin tener la certeza de que podría seguir viajando. Decidió ir paso a paso.
La primera gran prueba llegó con un viaje al sur argentino. Allí pasó tres meses sola, recorrió también el sur de Chile y, en enero, llegó hasta Ushuaia. La experiencia le permitió descubrir algo revelador. Durante años había estado pendiente de las necesidades de sus hijos, de sus dos maridos y de sus padres.
«Esa fue la primera vez en mi vida que sentí que no estaba pensando en qué necesitaban los demás. En cada momento, el gran tema era: ¿qué necesito yo?». No se trataba de dejar atrás a su familia, sino de reconocer que tenía deseos propios y que podía organizar una parte de su vida alrededor de ellos.
La experiencia fue mucho más que aprender a dormir en un auto o animarse a viajar sin compañía. «Fue tan importante para mí. Fue un crecimiento de mi niña interior, como si la estuviera ayudando a crecer».
De Ushuaia a las playas de Brasil
Cuando cumplió 79 años, en junio, decidió regalarse un viaje a Brasil. Salió el 12 de septiembre, después de pasar por Oberá para compartir el cumpleaños de su hijo, el día anterior. Desde Corrientes tomó rumbo a Foz do Iguaçu y cruzó la frontera. La primera noche en Brasil durmió en Maringá; la segunda parada fue en Boituva, donde visitó a dos matrimonios brasileños que había conocido durante su viaje por el sur.
Aquella amistad, nacida en Puerto San Julián, había sobrevivido a la distancia. La mujer la invitó a su casa para que su madre, de una edad parecida a la de María Gloria, y su suegra, pudieran conocerla. Aunque suele rechazar esas propuestas, esta vez hizo una excepción y «fue maravilloso».
Después siguió por San Pablo, Ubatuba, Arraial do Cabo, Búzios y distintos pueblos de la costa. En Arraial d’Ajuda se encontró con Sonia, otra integrante de Rodanteras, con quien compartió tres días. El resto del camino lo hizo sola.
No siempre el paisaje le permitió detenerse. En algunos tramos, la lluvia y el frío la convencieron de continuar. En otros, las condiciones de la ruta le exigieron paciencia. Aprendió a calcular los viajes por horas y no por kilómetros, a aceptar que un trayecto podía llevar más de lo previsto y a no exigirse llegar a un punto determinado. «Generalmente, me quedaba dos noches en cada lugar. El día que llegaba descansaba y paseaba un poco al día siguiente, si el lugar valía la pena, quería conocerlo mejor».
La ruta también le mostró otra cara del viaje. Una vez, mientras avanzaba despacio, escuchó un ruido en el auto. Una moto se le puso a la par y le hizo señas para que se detuviera. Detrás venía otra. Por un instante dudó: estaba sola, en una ruta de un país que no conocía. Pero los motociclistas querían avisarle que el chapón de la parte inferior del vehículo estaba flojo.
El episodio quedó como una muestra de la solidaridad que encontró en el camino. «La gente brasileña es extraordinariamente solidaria. Te abre las puertas de su corazón y te ofrece lo que tiene para facilitarte las cosas», cuenta.
Eso no significa que viaje sin precauciones. Revisa el auto, tiene seguro contra todo riesgo y cobertura de salud, se informa antes de llegar a un lugar y evita situaciones que le generan dudas. Durante las elecciones brasileñas, por ejemplo, prefirió quedarse en el camping. No conocía las costumbres ni sabía qué podía ocurrir y decidió no exponerse.
«Quiero transmitir que no hay que tener miedo. Antes de salir yo también los tenía. Pensaba: “¿Y si me pasa algo?”. Quería tener la solución para todo lo que pudiera ocurrir. ¡Es imposible! Tener todo bajo control es una locura. Entonces pensé: “¿Qué me queda por hacer? Confiar en mi capacidad para solucionar los problemas».
Un lugar donde quedarse
El camping donde está ahora queda en una zona entre Porto Seguro y Santa Cruz Cabrália, cerca de la desembocadura del río Mutari. Cuando habla desde allí, el cielo está nublado y cae una llovizna. María Gloria se refugia bajo un pequeño techo, rodeada de palmeras y árboles. El día invita a la tranquilidad.
Había llegado con la idea de pasar una noche. Le gustaron tanto el lugar y la playa que contrató una semana. Cuando se acercaba el final, decidió quedarse hasta el 7 de noviembre y pagó un mes. Su plan inicial era continuar hacia el norte, pero cambió de opinión.
«De acá no me muevo más. Me quedo el tiempo que me dé para estar en Brasil», resolvió. La playa está a tres metros y tiene tan poca gente que a veces siente que es solo para ella. Duerme con el sonido del mar, se levanta, prepara «un mate de lo más trucho», dice mientras muestra su mate listo y camina hasta la orilla.
En el camping también encontró compañía. Hay motorhomes y casillas de personas que llegaron hace seis meses, un año o más y decidieron quedarse. Con ellas comparte charlas, cenas y tardes de playa. «Me siento como si estuviera en mi pueblito», dice. A su alrededor, los saludos y las conversaciones surgen con naturalidad. Los vecinos se acercan, bromean con ella y comparten momentos de la vida cotidiana.
María Gloria tampoco se complica con las comidas. Los utensilios que guarda en los cajones del auto están prácticamente de adorno. «¡Si ni siquiera cocino en mi casa! ¿Por qué voy a cocinar ahora?». Prefiere salir a comer a un restaurante, aunque a veces sus vecinos la invitan a compartir lo que preparan. Ella aporta lo que tiene, y se ofrece a llevar al pueblo a quienes necesitan hacer alguna compra.
La compañía tampoco depende de estar siempre con alguien. María Gloria habla seguido con su familia, aunque no todos los días. Sabe que sus hijos tienen proyectos y ella, el suyo. También cuenta con las mujeres de Rodanteras, que siguen su recorrido y están pendientes si algo sucede. Aunque viaje sola, no siente que esté aislada. «Anímicamente te hace muy bien saber que hay gente que te entiende. Saber que hay otras personas que disfrutan con vos de lo que estás haciendo y se preocupan en el caso de que haya que preocuparse».
A quienes la llaman audaz, les responde que no confunde el coraje con la imprudencia. «No todas tienen que hacer lo mismo, pero mi mensaje es este: si tenés ganas de hacerlo, hacelo. Que no te limite el miedo».
Volar, sin perder el lugar al que volver
María Gloria es jubilada del Poder Judicial de Chaco. Aunque nació en Corrientes, se mudó a Chaco cuando se casó por primera vez, desarrolló allí su carrera y, al jubilarse, regresó a su provincia. Ese regreso también forma parte de su manera de entender la libertad: salir a recorrer el mundo no significa dejar de tener raíces.
Por ahora, tiene un mes en el camping y una fecha para empezar a desandar el camino: el 7 de noviembre. A su edad aprendió a salir sola, a cuidarse, a pedir ayuda y a detenerse cuando encuentra un lugar en el que se siente bien. También aprendió a preguntarse qué quiere ella, sin que eso implique renunciar a los afectos. «Me gusta volar, sentirme pájaro, pero también me gusta saber que tengo un nido al cual regresar».
Pueblos recorridos
- Foz do Iguazú
- Maringá
- Boituva
- Ubatuba
- Mambucaba
- Arraial do Cabo
- Buzios
- Marataízes
- Barra de Jucu
- Conceição da Barra
- Porto Seguro 30 de septiembre
Hasta hoy 1 de noviembre sigue en Porto Seguro.
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