Animales atropellados en la ruta: muchas pistas y cómo se investiga un choque con fauna silvestre
Cada animal que queda tendido sobre una ruta deja pistas sobre lo que ocurrió. Una nueva guía de la Fundación Azara y la Universidad Maimónides propone estudiar las marcas de frenado, los restos y los daños en los vehículos para reconstruir los accidentes y detectar los lugares donde la fauna está más expuesta.

De noche, una ruta puede parecer completamente despejada y, sin embargo, esconder un cruce inesperado. Un animal puede aparecer de repente frente a las luces de un vehículo, intentar atravesar el asfalto y quedar en medio de una escena que dura apenas unos segundos. Después quedan el silencio, las marcas sobre el pavimento y, muchas veces, un cuerpo tendido en el camino. Para la persona que maneja fue un instante difícil de anticipar; para la fauna, puede significar la pérdida de un ejemplar y una señal de que en ese tramo existe un riesgo que todavía no fue identificado.
Durante años, estos episodios fueron considerados casi como una consecuencia inevitable de las rutas que atraviesan ambientes naturales. Pero después de cada impacto queda algo más que un animal muerto. Quedan marcas de frenado, pelos, sangre, fragmentos, daños en la carrocería, huellas y posiciones que pueden ayudar a reconstruir qué ocurrió. Leer esas señales permite saber cómo fue el choque, qué factores intervinieron y, sobre todo, qué podría hacerse para que vuelva a suceder.
Con esa mirada, la Fundación Azara y la Universidad Maimónides publicaron una guía metodológica para investigar los siniestros viales que involucran fauna silvestre. La propuesta busca que un atropellamiento deje de ser solamente un episodio que se resuelve retirando el cuerpo del animal y despejando la ruta. Cada caso puede convertirse en información útil para conocer los riesgos que enfrentan las especies y determinar si existió responsabilidad por parte de quien conducía.
“El objetivo principal de esta nueva guía es determinar cuál fue la responsabilidad del conductor si la hubiera en un siniestro vial que involucre fauna silvestre. Como segundo objetivo, será una herramienta que generará información para implementar medidas de prevención”, explicó Hernán Ibáñez, uno de los autores, técnico y naturalista del Área de Biodiversidad de la Fundación Azara y coordinador del Centro de Rescate y Conservación de Fauna Silvestre Güirá Oga.

La guía fue elaborada junto con Karina Uribe, licenciada en criminalística del Ministerio Público Fiscal de Río Negro, y Néstor Vidal, perito investigador en ciencias forenses especializado en reconstrucción de accidentes de tránsito. Los tres autores plantean que un atropellamiento debe analizarse como una escena en la que cada elemento puede aportar una parte de la historia.
No alcanza con mirar dónde quedó el animal. La investigación debe considerar al mismo tiempo a quien estaba al volante, al vehículo, al animal y al ambiente. “La investigación después de un atropellamiento se debe enfocar en varios frentes a la vez, entrelazados entre sí. La persona que conduce, con su nivel de atención, cansancio o distracciones; el vehículo, con sus frenos, neumáticos y estado general; y el propio animal, con su comportamiento frente al peligro. También influyen las condiciones meteorológicas y el tipo de camino”, señaló Ibáñez.
Hay un dato que puede cambiar por completo la lectura de un accidente: no todos los animales reaccionan igual cuando aparece un vehículo. Algunos escapan ante las luces o el ruido del motor. Otros se quedan inmóviles. Algunos intentan cruzar a toda velocidad y pueden cambiar de dirección en el último instante. Por eso, conocer el comportamiento de cada especie también ayuda a interpretar las huellas que quedaron después del impacto.
Un guanaco que atraviesa de repente una ruta patagónica no enfrenta el mismo escenario que un oso hormiguero sorprendido en un camino de tierra de Misiones. El ambiente, la hora, la especie y la manera en que el animal respondió frente al vehículo forman parte de una historia que puede reconstruirse si las evidencias son preservadas correctamente.
El protocolo propone revisar varios metros antes y después del lugar donde aparece la primera señal del choque. La escena debe ser fotografiada desde una mirada general hasta los detalles más pequeños. Las marcas sobre el pavimento, la posición del cuerpo, los restos biológicos y los daños del vehículo deben quedar registrados. También es importante documentar quién recogió cada elemento, dónde fue encontrado y de qué manera se conservó.

Ese procedimiento puede parecer excesivo frente a lo que, a simple vista, parece un accidente más en una ruta. Sin embargo, una muestra mal recogida, una fotografía que no registra la ubicación original pueden hacer desaparecer información que después resulta imposible recuperar. Cada evidencia tiene que conservar su historia desde el momento en que es encontrada.
Después aparece otra instancia clave: la necropsia del animal. El examen del cuerpo permite identificar lesiones y determinar cómo recibió el impacto. Cuando esos datos se comparan con los daños que presenta el vehículo, se puede avanzar en la reconstrucción del accidente y establecer con mayor precisión cómo ocurrió el choque.
Pero hay otra historia que empieza después de cada atropellamiento. Es la que permite mirar más allá de ese animal y encontrar un patrón. Si los casos se registran de manera sistemática, con el tiempo pueden mostrar cuáles son los tramos donde más atropellamientos ocurren, en qué horarios aumenta el riesgo, qué especies son las más afectadas y qué condiciones se repiten antes de cada accidente.
Ese mapa puede cambiar la manera de pensar la prevención. En lugar de colocar carteles o instalar medidas de seguridad donde se supone que existe un problema, los datos permiten identificar puntos concretos y decidir dónde hacen falta reductores de velocidad, señalización, pasos de fauna u otras intervenciones. “La guía nació pensada para peritos, policías y guardaparques, pero su alcance no se detiene en esas profesiones. Su mensaje de fondo intenta llegar a toda persona que maneje un vehículo”, subrayó Ibáñez.
La prevención también empieza dentro del vehículo
- Amanecer y atardecer son momentos de mayor movimiento para muchas especies, por lo que reducir la velocidad puede dar unos segundos decisivos para reaccionar.
- También conviene prestar especial atención en curvas, sectores con vegetación densa y zonas donde ya se registraron cruces de fauna, además de aumentar los cuidados cuando hay lluvia, niebla o poca visibilidad.

De noche, una ruta puede parecer completamente despejada y, sin embargo, esconder un cruce inesperado. Un animal puede aparecer de repente frente a las luces de un vehículo, intentar atravesar el asfalto y quedar en medio de una escena que dura apenas unos segundos. Después quedan el silencio, las marcas sobre el pavimento y, muchas veces, un cuerpo tendido en el camino. Para la persona que maneja fue un instante difícil de anticipar; para la fauna, puede significar la pérdida de un ejemplar y una señal de que en ese tramo existe un riesgo que todavía no fue identificado.
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