Las piedras guardan historias: un viaje a Los Bolillos, entre leyendas, cautivas y turistas

Desde Varvarco, donde el río Neuquén y el Varvarco se funden frente a la hostería, parte uno de los recorridos más impactantes del norte neuquino. Entre formaciones volcánicas, amores imposibles, cautivas, epidemias y paisajes que parecen de otro planeta, Los Bolillos se revelan como uno de los secretos mejor guardados del Alto Neuquén.

Atardecer entre las formaciones de piedra de Los Bolillos.

Despertar en Varvarco tiene algo de ceremonia, como si el día comenzara mucho antes de abrir los ojos y fuera el propio paisaje el encargado de anunciarlo. Primero aparece ese aire seco y después el silencio, apenas interrumpido por el rumor del agua. Basta salir a la terraza de la hostería para encontrar, abajo, una de esas escenas que parecen simples, pero que tienen algo hipnótico.

El río Neuquén baja claro, transparente, con ese color limpio de las aguas que nacen entre montañas. El Varvarco, en cambio, llega más oscuro, espeso y torrentoso. Durante varios metros ambos ríos avanzan juntos, sin mezclarse del todo, como si todavía conservaran algo de su identidad antes de ceder y convertirse en uno. Desde la terraza, el espectáculo parece mínimo y gigantesco al mismo tiempo. Y en ese instante, resulta fácil entender por qué tanta gente llega al Alto Neuquén en busca de algo que no siempre sabe nombrar.

Varvarco funciona como una puerta de entrada a uno de los paisajes más extraordinarios del norte neuquino. Desde allí parten los caminos hacia el Área Natural Protegida Sistema Domuyo, una geografía atravesada por termas naturales, géiseres, fumarolas, cascadas, montañas y caminos de ripio que obligan a detenerse una y otra vez para mirar.

Desde la Hostería de Varvarco se ve la confluencia de los ríos.

Pero ese día el rumbo estaba marcado hacia otro sitio. A apenas 15 kilómetros hacia el norte, Los Bolillos esperaban como una promesa de otro mundo. Antes de salir, en el comedor de la hostería, una tonada distinta llamó la atención. En un lugar donde casi todos se conocen, donde los turistas suelen ser argentinos, escuchar voces del Caribe obliga a frenar y preguntar.

Brenda sonríe antes de hablar. Cuenta que es de República Dominicana y que su esposo, Stefano, nació en Suiza, aunque desde hace años vive junto a ella en el Caribe. Llegaron a Argentina por la Fiesta de la Vendimia, en Mendoza. Después recorrieron viñedos, bajaron hasta Bariloche y, la ruta 40 los llevó al norte neuquino. “Desde el desierto mendocino hasta Bariloche, todo es increíble”, dice Stefano, mientras mira el río desde la ventana.

Brenda se entusiasma cuando habla de Argentina. Cuenta que ya habían estado en Buenos Aires hacía tres años y que aquella primera experiencia les había dejado ganas de volver. Habla despacio, eligiendo las palabras, como si quisiera dejar en claro algo que le importa. “Mi esposo quedó fascinado con Argentina y con los argentinos. Allá hay una creencia de que son soberbios, y no es así, son súper amables, se desviven por decirte por dónde ir, qué comer, qué hacer. Siempre me tratan muy bien”.

Ellos se quedan en la hostería, preguntan por cascadas, termas y pueblos perdidos, mientras el camino hacia Los Bolillos obliga a volver al auto y retomar la Ruta Provincial 43, una cinta de ripio y asfalto que avanza entre montañas bajas, bardas erosionadas y pequeños valles donde el viento parece tener voz propia.

De pronto, el camino anticipa lo que viene.

A mitad de camino, dos motos están detenidas al costado del camino. Daniel y su cuñado Gabriel, vestidos con trajes de motoviajeros, toman mate apoyados sobre las alforjas y miran el paisaje como si no tuvieran apuro por llegar a ninguna parte. Cuando uno se acerca, enseguida aparece la hospitalidad y empiezan a contar su propia travesía.

“Estamos recorriendo el norte neuquino. Arrancamos ayer a la mañana desde Roca. Hicimos base en Las Ovejas y queremos recorrer toda esta zona”, dice Daniel. Habla de la moto como hablan los que viajan así: no como un medio de transporte, sino como una manera distinta de entrar en el paisaje.

“Lo que más atrae de este lugar es esto, los paisajes así, hay cóndores, silencio, aguas calientes. Es distinto, sentís otra sensación: el viento, los olores. Y en moto podés parar en cualquier lado, tomar caminos más angostos, meterte en lugares donde de otra manera no llegarías”. A su lado Gabriel menciona Las Ovejas, y una lista de rincones del norte neuquino que le gustan, como quien enumera lugares secretos. “Toda esta zona, es una región hermosa”.

Las rocas volcánicas de Los Bolillos cambian de color según la luz.

Atardecer entre las formaciones de piedra


El viaje sigue. Damián es quien guía esta parte del recorrido. Sostiene que el atardecer es el mejor momento para llegar a Los Bolillos. El tramo de ripio parece conducir a ninguna parte y aparecen algunas formas aisladas sobre el horizonte. Después, a medida que uno se acerca, el paisaje entero cambia.

Al bajar, Damián, desde lo alto, invita a acercarse al borde de una montaña. Abajo, las formaciones irrumpen en medio de la estepa como un ejército de piedra detenido en el tiempo. Son rocas de origen volcánico, moldeadas durante miles de años por el viento, las lluvias, las heladas y el sol. Algunas parecen agujas. Otras recuerdan columnas, conos, un pez, un guerrero, una flor, figuras humanas o animales: cada uno ve lo que quiere.

Hay estructuras que alcanzan los 15 metros de altura y colores que cambian según la hora del día: ocres suaves al mediodía, rojizos intensos hacia la tarde, marrones oscuros cuando el cielo empieza a cubrirse. Caminar entre esas piedras produce una sensación difícil de explicar. Hay algo en el silencio, en las formas caprichosas y en la inmensidad del paisaje que hace sentir que allí hay historias escondidas. Y las hay.

Los Bolillos no son solamente una rareza geológica. También son un territorio cargado de memoria, atravesado por la historia de los pueblos originarios, por las cautivas, por los Pincheira, por epidemias, por antiguos refugios y por leyendas que todavía sobreviven en el relato de los pobladores. Entre las formaciones aparece la llamada Casa de Piedra, uno de los sitios donde se cree que se asentaron los hermanos Pincheira, aquellos bandoleros realistas que dominaron la cordillera y sembraron temor en ambos lados de los Andes durante buena parte del siglo XIX.

Muchas mujeres del Alto Neuquén fueron llevadas por la fuerza. Algunas eran capturadas por los Pincheira, otras por grupos originarios. Algunas, dicen, terminaban encontrando en esos campamentos una forma de vida posible y elegían quedarse. De esa mezcla de historias, de violencia, de supervivencia, de amor y de miedo nació buena parte de la población mestiza que se asentó en esta región a partir de 1820.

Entre las piedras sobreviven historias de cautivas y epidemia.

Esas historias aparecen en un sitio cargado de simbolismo: el Portal del Amor, un arco natural de piedra al que se llega después de atravesar un pequeño sendero. Damián cuenta que uno de los hermanos Pincheira se había enamorado de una cautiva y que cada tarde, durante la puesta de sol, se los veía cruzar juntos por ese arco de piedra.

Desde entonces, la leyenda asegura que quien atraviesa el portal con su pareja permanecerá enamorado para toda la vida. Y quien todavía no encontró el amor verdadero, lo encontrará. Algunos bromean y se meten de lleno para cruzar el arco, mientras otros solitarios lo esquivan “para qué ganar un problema”.

Después, Damián muestra el camino para bajar hasta Los Bolillos y ver el paisaje desde abajo. Estar debajo de esos tótems de piedra pómez, rojizos y gigantes, con el atardecer cayendo en el horizonte, es un momento único. Los visitantes los rodean, imaginan formas y se meten entre ellos en busca del Cementerio de la Peste, un rincón escondido donde todavía pueden verse algunas cruces tiradas entre la vegetación.

“Dicen que en la década del 30 una epidemia azotó esta región y murieron varias personas. Como el río Varvarco estaba crecido y resultaba imposible cruzarlo hacia el cementerio, encontraron este sitio protegido y difícil de acceder para enterrarlos. Nadie sabe con certeza qué enfermedad fue”, dice el guía y pide silencio y respeto.

El viento pasa entre las piedras y por un instante el lugar queda en silencio. En Los Bolillos, incluso la muerte parece formar parte del paisaje.


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