Bioconstrucción en Roca: con las manos en el barro

Se empieza a ver en la ciudad. Aquí, una ecoaldea, una casa caracol y un proyecto que puede hacer historia.

30 oct 2016 - 00:00
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La bioconstrucción es parte integrante de ese gran sistema de vida que es la permacultura. Se basa en respetar los ciclos naturales, utilizar los materiales constructivos de la zona que estén al alcance de la mano. Reciclar, reutilizar, construir con tierra. El proceso “es muy elemental, es como hacer casitas de barro, como cuando éramos chicos”, dice Cristian Berdejo, maestro mayor de obras que está llevando adelante una casa redonda, en barro, en el barrio Mosconi de Roca.

“Se pueden usar todos los materiales que encontremos a nuestro alcance: madera, pallets, adobes, paja, ladrillos de las demoliciones reciclados y pegados con adobe”, aclara.

El costo es similar al de una construcción tradicional, pero la gran diferencia es que la producción de los materiales básicos no tiene gasto energético. Por ejemplo para hacer ladrillos en la zona se utilizan gomas que se queman, mucha cantidad de agua, que es un recurso no renovable... Todo tiene un costo y una carga ambiental, y la bioconstrucción tiene gasto energético casi cero en la obtención de los materiales.

Todos para uno y uno para
todos

Desde una visión que supone estar en consonancia con la naturaleza, en muchos lugares se formaron villas ecológicas o ecoaldeas donde viven con los preceptos de la permacultura: cultivar la tierra para alimentarse, producir la energía necesaria para sus tareas, obtener el agua que riega y construir las casas que habitan. Esto también ocurrió en General Roca.

Siguiendo la tradición de la minga, antiguo sistema de trabajo comunitario, catorce amigos compraron una chacra en J. J. Gómez para constituir una ecoaldea. Allí hay unos cinco vecinos viviendo y tres o cuatro casas más en construcción.

Vanina está alquilando en La Aldea mientras de a poco arma un domo, apenas unos metros más allá. La casa en que vive hoy está hecha con fardos de pasto cubiertos por adobe y se construyó en minga.

Un poco más allá está la casa de Mauro, toda realizada con cubiertas de auto y barro y el pasamanos de la escalera hecho con podos de sauce eléctrico. A un lado ya tiene la estructura de álamo para continuar.

Cerca de la entrada del barrio, la casa de Marta es una cabaña a la que amplió con ladrillo y madera. Y tiene un techo de paja que quita el aliento.

En todas estas casas, la luz entra a borbotones por ventanas recicladas y ladrillos de vidrio hechos con botellas. Reinan el barro y la madera.

La casa caracol

Cruzando Roca hacia el este, en Stefenelli, la casa de Martha y Pepe rompe todas las estructuras. La Catalina, nombre con que la concibieron, tiene casi 400 metros cubiertos y un esquema en forma de caracol que configuró un desafío para Victoria Leiva, la bioconstructora que en su apenas metro cincuenta porta la fortaleza de un gigante. Aquí trabajan también otra bioconstructora y dos ayudantes.

El techo empieza en 2,80 y termina en 4 metros, para permitir la forma espiralada. Las puertas son de 1920 y las trajeron de desarmaderos de Mendoza. El resto de los materiales, la grifería, los herrajes, las rastras para las ventanas son de desarmaderos locales.

Como hija de chacareros, siempre quiso construir amigablemente con la chacra. “La madre de la casa es la tierra”, cuenta Martha, que espera poder mudarse en un par de meses.

En el proyecto está contemplado el techo vivo, separación de aguas para su reutilización, un biodigestor y, en el futuro, el uso de energía solar.

Y en el diseño, pisos con mosaiquismo, un mandala con botellas en la pared de la cocina y falsos vitraux para las ventanas.

Barro tal vez...

La bioconstructora Victoria Leiva –Vicky, como es más conocida– tiene varias casas en su haber en Roca y su trabajo es reconocido en la región y países limítrofes. Es impresionante verla sobre el andamio, haciendo el revoque con las manos. Porque no sólo diseña hogares, los hace con sus manos.

Junto con un equipo de trabajo conforma El Rincón del Barro y está armando una asociación civil. Son, entre otros, un maestro mayor de obras que se ocupa de transformar las visiones de Victoria en planos y dibujos, un artista de las energías renovables que se especializa en energía solar, un gestor todoterreno que encauza las cuestiones burocráticas y se contacta con Municipio, Provincia y Nación para que el proyecto sea sustentable en el tiempo y permita generar empleo y viviendas para todos.

Porque de eso se trata El Rincón del Barro, de hacer del mundo un lugar donde cada uno pueda acceder a una vivienda creada por sus propias manos, de dar trabajo, de educar.

“La semana pasada me llamaron de la ENET para dar charlas porque quieren que empiecen a participar chicos que están estudiando, que se metan en la bioconstrucción... Ante la necesidad de viviendas y el problema de todo lo tóxico que tenemos hoy, la idea es generar trabajo, solucionar el tema habitacional y a la vez cuidar el ecosistema”, cuenta Vicky. “Hay cada vez más gente que está apostando a esto. Quién no tiene recuerdo de una casa de barro, si no fue del abuelo, de algún pariente... pero hay que dar a conocer el nuevo barro”, concluye.

“La casa es muy mística. Cada uno de los postes está dispuesto en geometría sagrada, de acuerdo a la salida del sol”.
Martha Pavlov, dueña de
La Catalina, planteó el proyecto desde el feng shui.
“En mi caso fue mi abuela quien me enseñó todo lo que tiene que ver con la permacultura, el barro, el cuidado del medio ambiente”,
cuenta Victoria Leiva
sobre sus inicios en la bioconstrucción.
Una cultura de la tierra
Hace más de medio siglo, el biólogo japonés Masanobu Fukuoka organizó un sistema agrícola sustentable donde se respetaban y potenciaban los ciclos naturales. La filosofía que lo sustentaba era el no hacer (wu wei), no intervenir o forzar las cosas...
Los ecologistas australianos Bill Mollison y David Holmgren tomaron esta conversión del sistema agrícola y la ampliaron a un sistema sociopolítico y económico. A partir de ese principio, surge la permacultura, que propone una manera de vivir sujeta a tres principios básicos: cuidar el planeta, a las personas y repartir con equidad.
“Es una cuestión cultural... Desarrollamos tantas cosas nuevas que lo viejo, eso que antiguamente se transmitía de una generación a otra, esa tradición se perdió”, dice Victoria Leiva, referente de la bioconstrucción en el Alto Valle.
Cifras que sorprenden
380
metros cuadrados tiene la casa caracol entre superficie cubierta y semicubierta.
20.000
adobes se usaron en las paredes de La Catalina.
10
camionadas de barro fueron necesarias en la construcción.