Ocho años de juicio papal
Qué no hicieron argentinos y argentinas de todos los tiempos sino soñar con los grandes destinos de la patria. Según registra la historia, hubo rachas de paz y progreso entre frecuentes y dañinas interrupciones. En esos períodos de convaleciente recuperación observadores nativos y foráneos se animaron a vaticinar que la nación entraba irremediablemente en épocas de estabilidad y concordia. Pero no sucedió.
Acaso el diván podría ahondar en la esencia de sus ciudadanos, en el por qué a un período de relativa y/o latente calma le ha sucedido otro de luchas intestinas. Es que no se comprenden las lamentables peleas y diatribas levantadas a diario entre oficialismo y oposición, pronto difundidas hacia la sociedad en mala convivencia ¿Podrá finalmente el juicio de Francisco influenciar favorablemente en los procesos políticos y sociales de la Argentina y, por ende, de ésta con el mundo?
Los valores y gestos de unidad que el papa argentino engrandece, pareció aliviar en sus comienzos la amargura interior y el bochorno exterior de una Argentina que no ha podido ser uno de esos estados ordenados y constantes. Sin ir demasiado lejos basta con otear por Uruguay, Chile y Brasil, aunque podríamos hoy incluir a Perú y Colombia, entre los del sur y de este lado del charco.
Ha sido frecuente atribuir estas lañas a ingredientes externos. Pero, ya tantas y repetidas crisis aluden a un mal sistémico, que a modo de metástasis irresponsables afectan a toda la comunidad, no salvándose ni los ya vacunados en estos vicios. Estas injustificadas dicotomías internas pesan enormemente en el alma de los argentinos y los hacen caer en el desamor, en la fatalidad, en la discontinuidad de las leyes y del orden moral.
Aunque se ha pretendido desvirtuar con insistencia y regularidad estos ocho años de juicio papal, es absurdo no querer ver su designación en el trono de Pedro como una esperanza para el mundo. La actitud de Francisco proclive a la vida simple y austera, 76 años como ciudadano argentino y los ocho últimos en el Vaticano, ha sido vista en el orbe como un estímulo para los jóvenes y aún para quienes se deslizan hacia la vejez. Advierte siempre, entre tanto hablan los furiosos, que hay una reserva de ciudadanos innatamente honrados construyendo cotidianamente el porvenir con constancia y esfuerzo, sin esperar que las mies caigan del cielo ni broten desde suelos infértiles.
Veamos cómo se viene utilizando -con no pocos deleznables fines- la crisis por la pandemia. Las dificultades padecidas en el planeta muestran pueblos que afrontan sus dificultades con admirable entereza y espíritu de sacrificio. Sin embargo, paradójicamente, por estos lares tratamos de pasarla graciosa y cómodamente, entre acusaciones y agresiones recíprocas: manifestaciones callejeras de toda índole que paralizan servicios esenciales, rencor entre partidos políticos aún del mismo palo, desunión y desconcierto sanitario incluyendo vacunaciones vip, hasta alentarse interregno escraches y golpes republicanos sui generis en pleno siglo XXI.
En un país con semejante historia no hay lugar para exageraciones ni ilusiones. Una nación puede mejorar su estructura política y social si la voluntad de su pueblo no anda buscando enemigos por doquier para justificar vanas ideologías. Entre tanto desconcierto y sobrexcitación no viene mal que una espiritualidad, que promueve el encuentro fraterno y una especial preocupación por los pobres del mundo, irrumpa entre tanto despilfarro, individualismos y personalismos, arrogancia e insolencia, vulgaridades y apariencias, enriquecimiento y malversaciones, cifras económicas discursivas y flojedades morales.
* Profesor de Cirugía Facultad de Ciencias Médicas UNC
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