El vino neuquino amplía su mapa: las razones de su diversidad y consolidación

Del polo vitivinícola de San Patricio del Chañar a la ribera del Limay, la comarca petrolera, el Alto Neuquén y los primeros viñedos de la cordillera, la provincia empieza a mostrar una vitivinicultura cada vez más diversa.

Redacción

Por Redacción

Por Sergio Landoni, sommelier de territorio, especial para «Río Negro»

En los viñedos de la bodega municipal Cutral Co.

El desarrollo del vino neuquino empezó a tomar fuerza en la meseta de San Patricio del Chañar. Durante años, ese territorio concentró buena parte de la producción y de la atención sobre la vitivinicultura de la provincia. Con el tiempo, el mapa empezó a ampliarse.
En plena vendimia, la provincia muestra hoy una vitivinicultura mucho más diversa, con proyectos que se extienden desde la meseta productiva del Chañar hacia la ribera del Limay, la comarca petrolera, el Alto Neuquén y los primeros ensayos vitícolas en la cordillera.
Este movimiento refleja una etapa de consolidación para el vino neuquino, que hoy lidera la producción vitivinícola de la Patagonia argentina. También empieza a verse un acompañamiento institucional más claro, que entiende al vino como parte de un modelo que integra producción, turismo e identidad territorial.

En plena cosecha, esta temporada.


San Patricio del Chañar sigue siendo el corazón productivo de la provincia. En esa meseta irrigada por el río Neuquén se consolidó desde fines de los años noventa uno de los polos vitivinícolas más importantes de la Patagonia. Suelos de canto rodado, viento constante y gran amplitud térmica dieron origen a vinos que comenzaron a construir una identidad patagónica reconocible, con frescura natural, buena acidez y perfiles elegantes. Allí conviven proyectos de gran escala que posicionaron al vino neuquino en el mundo, junto a bodegas medianas y emprendimientos familiares que trabajan el viñedo con una mirada más artesanal.
Pero alrededor de ese polo comenzaron a aparecer otros paisajes.
A lo largo del río Limay, desde Senillosa hacia Picún Leufú, se desarrollan proyectos que muestran otra lectura del territorio. El agua de deshielo, los suelos arenosos y la amplitud térmica del valle dan origen a vinos de gran frescura natural. En ese corredor aparece Fincas del Limay como una de las referencias vitivinícolas de la zona, junto a otros proyectos familiares que trabajan desde una escala cercana al lugar, donde el vino se entiende como parte del paisaje.

Confluencia, Cutral Co y Plaza Huincul


Algo similar ocurre en la Confluencia, en el entorno de la ciudad de Neuquén y la ribera del río Neuquén. Allí sobreviven pequeñas superficies de viñedo vinculadas a la historia agrícola del valle. Proyectos como Mabellini Wines reflejan una nueva generación de bodegas que interpretan el valle desde una escala precisa y con proyección hacia nuevos mercados.
Más hacia el centro de la provincia, Cutral Co y Plaza Huincul abren otro capítulo de esta historia. En plena meseta, lejos de los grandes ríos, la vitivinicultura se desarrolla en condiciones exigentes, con agua de pozo profundo, viento permanente y una amplitud térmica muy marcada.
En la comarca petrolera, proyectos como la Bodega Municipal Cutral Co demostraron que el vino también puede convertirse en una herramienta de identidad territorial y diversificación productiva. Y en paralelo comienzan a aparecer iniciativas en Plaza Huincul, señales de que la vitivinicultura empieza a expandirse también dentro de esta región históricamente asociada al petróleo.

Evento en la bodega Des de la Torre, emblemática del norte neuquino.

Norte neuquino


Si el presente del vino neuquino ya es diverso, el norte neuquino aporta algo todavía más valioso: memoria.
En el norte neuquino, Bodega Des de la Torre representa mucho más que un proyecto productivo. Allí el vino aparece como parte de una continuidad cultural. El trabajo con uvas criollas y parrales antiguos recuerda que en esa región la vid forma parte del paisaje desde hace generaciones, en un territorio marcado por la vida rural y por la trashumancia que define la identidad del norte de Neuquén.
Ese norte profundo, dominado por el clima frío, la altura moderada y los paisajes volcánicos del entorno del Domuyo, reúne condiciones muy interesantes para pensar en una vitivinicultura de montaña con personalidad propia dentro de la Patagonia.
Y mientras esas zonas continúan consolidándose, empiezan a aparecer nuevas preguntas en la cordillera.

Nuevos emprendimientos


En los últimos años surgieron pequeñas implantaciones experimentales en San Martín de los Andes, en el valle del río Chimehuín cerca de Junín de los Andes, en Villa Lago Meliquina y también en Aluminé. No se trata todavía de polos productivos sino de viñedos plantados para observar cómo responde la vid en un clima de montaña, con temporadas más cortas y mayor riesgo de heladas.
Pero justamente por eso resultan tan interesantes. Si estas experiencias prosperan podrían abrir una nueva dimensión para el vino patagónico, con perfiles de gran frescura natural y una identidad marcada por la cordillera.
Tal vez ahí esté una de las claves más atractivas de este momento. Neuquén ya no es solamente una provincia que produce vino. Es un territorio que empieza a contarse a sí mismo a través de distintos paisajes.
El vino cambia porque cambia el lugar. Cambia el viento, cambia el suelo, cambia el agua, cambia la altura.
Durante años el Malbec ayudó a posicionar a la Argentina en el mundo. El desafío actual es mostrar la diversidad de territorios que existen detrás de ese nombre, y también la riqueza de variedades que encuentran en cada lugar una forma distinta de expresarse.
En ese escenario, Neuquén tiene mucho para decir.
Desde el Chañar hasta la cordillera, desde la ribera del Limay hasta el Alto Neuquén, el vino neuquino ya no responde a un solo paisaje. Y esa diversidad, lejos de dispersarlo, lo vuelve más interesante, más auténtico y más completo.


Por Sergio Landoni, sommelier de territorio, especial para "Río Negro"

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