Riego, canales y crecimiento urbano en el Valle: infraestructura azul, el agua que no vemos

El sistema de riego estructuró el mapa productivo de la región y desde su origen delineó en gran medida cómo crecían las ciudades. Hoy, el desafío no es solo preservar esa vital red centenaria, sino integrarla como parte del territorio urbano-rural que habitamos para evitar su degradación progresiva.

Redacción

Por Colegio de Arquitectos de Río Negro

El Canal Principal de Riego recorre 130 km desde su nacimiento en el Dique Ballester hasta el final en Chichinales. Foto: Municipalidad de General Roca.

En el Valle, no hace tanto tiempo, los canales eran parte del paisaje cotidiano. No solo los veíamos: los usábamos. Nos bañábamos, jugábamos, los cruzábamos sin pensar demasiado en su origen o en su función. Eran, simplemente, parte de la ciudad.

Con el tiempo, ese vínculo fue cambiando. Los canales dejaron de ser espacios cercanos y pasaron a percibirse como infraestructuras técnicas, muchas veces ocultas, entubadas o evitadas.

Sin embargo, lo que no cambió es su rol: siguen siendo una de las estructuras más importantes que organizan el territorio del Valle.

Detrás de esa experiencia cotidiana hay un sistema mucho más complejo.
El riego no solo distribuye agua: organiza el territorio.

Desde su origen, la red de canales definió cómo se subdivide la tierra, cómo se accede a las parcelas, cómo se produce y, en gran medida, cómo crecen las ciudades. No es solo una infraestructura hidráulica: es una estructura territorial que combina agua, producción, trazado y forma urbana.

Canal Principal de Riego. Foto: Municipalidad de General Roca.

Además, este sistema no se sostiene únicamente en su dimensión física. A través de los consorcios de riego, que gestionan la distribución del agua y el mantenimiento de la red, sigue activo y organizado en el territorio. No es una infraestructura del pasado: es un sistema vigente, con lógica propia, que continúa operando y que necesariamente debe ser considerado en los procesos de transformación urbana.

El crecimiento urbano del Valle no ocurre sobre un vacío, sino sobre esta estructura previa. Y es justamente ahí donde empiezan a aparecer las tensiones.

A medida que la ciudad avanza sobre suelo originalmente productivo, el sistema de riego entra en conflicto con nuevas lógicas de uso: calles, loteos, redes de servicios y formas de habitar que no siempre dialogan con esa estructura.

En muchos casos, los canales se entuban, se desvían o directamente se eliminan. Son decisiones que resuelven situaciones puntuales, pero que fragmentan un sistema que funciona a escala territorial.

Lo que desaparece no es solo una acequia: es una pieza de una red que sostenía el equilibrio entre producción, paisaje y ambiente.

Sin embargo, el mayor desafío no está solo en cómo crece la ciudad, sino en cómo interpretamos hoy el sentido del agua dentro del territorio.

El sistema de riego fue concebido en función de una matriz productiva agrícola, donde el agua se entendía casi exclusivamente como soporte de la actividad frutícola. Pero el territorio ha cambiado, y con él, también las formas de producción.

Hoy el Valle no solo produce alimentos. Produce paisaje, calidad ambiental, identidad, espacio público y condiciones de vida. Es decir, produce valores que también son estratégicos para el desarrollo local.

En este marco, el sistema de riego también puede asumir nuevas funciones vinculadas al uso social, recreativo y urbano, integrándose al paisaje y a la vida cotidiana de la ciudad. Existen experiencias concretas donde la traza de los canales ha sido incorporada al espacio público y forma parte de la identidad colectiva.

Sin embargo, el desafío que se plantea hoy es más profundo y de otra escala.

No se trata solo de incorporar tramos del sistema como espacios recreativos, sino de avanzar hacia una redefinición normativa y administrativa que reconozca simultáneamente su función productiva y urbana.

Canal Principal de Riego. Foto: Municipalidad de General Roca.

Es decir, no pensar el sistema como algo que se adapta de manera fragmentaria a la ciudad, sino como una infraestructura que debe ser fortalecida y gestionada en su doble condición, evitando su degradación progresiva.

Este cambio de mirada no es ajeno a las discusiones actuales a nivel global.

Hoy, los enfoques contemporáneos de planificación reconocen al agua como parte de una infraestructura ambiental más amplia. Conceptos como la gestión integrada del recurso hídrico, la infraestructura verde-azul o los servicios ecosistémicos plantean la necesidad de entender sus múltiples funciones: productivas, ambientales, sociales y urbanas.

En ese marco, los sistemas de riego pueden dejar de ser infraestructuras rígidas vinculadas a un único uso, para convertirse en soportes activos del territorio, capaces de adaptarse a nuevas demandas y aportar valor en contextos urbanos en transformación.

Sin embargo, esta transformación también plantea un desafío concreto: sostener el sistema.

Canal Principal de Riego. Foto: Municipalidad de General Roca.

El funcionamiento de la red de riego —canales, acequias y desagües— implica costos de mantenimiento que históricamente han sido asumidos por la actividad productiva, a través del canon de riego que pagan las chacras. Pero a medida que el territorio se transforma y el sistema comienza a sostener también funciones urbanas, ambientales y paisajísticas, esa lógica empieza a mostrar sus límites.

Si el agua y su infraestructura pasan a ser parte del soporte de la ciudad, resulta necesario repensar también los criterios de gestión y financiamiento, incorporando una mirada más amplia y acorde a los usos actuales del territorio.

De lo contrario, el riesgo es claro: un sistema construido a lo largo de más de cien años puede comenzar a fragmentarse, deteriorarse o desaparecer.

El desafío no es solo preservarlo, sino integrarlo de manera consciente como parte del territorio urbano-rural que habitamos.


Lo que deberíamos preguntarnos sobre el agua en nuestras ciudades

  • Si el sistema de riego es parte de la estructura del territorio, algunas preguntas empiezan a ser inevitables:
  • ¿Puede el sistema de riego ser incorporado como parte de la infraestructura urbana, más allá de su función productiva?
  • ¿Cómo se integran normativamente los usos productivos y urbanos del agua sin desarticular el sistema existente?
  • ¿Qué modelos de gestión permitirían sostener un sistema que hoy cumple funciones múltiples, más allá de la producción agrícola?
  • ¿Quiénes deben participar en su financiamiento cuando sus beneficios exceden lo estrictamente productivo?
  • ¿Es posible reemplazar parte del uso de agua potable por agua de riego en el espacio público y en el paisaje urbano?
  • ¿A qué escala podría comenzar una reconversión del sistema sin perder su lógica territorial?

En el Valle, el agua no es solo un recurso: es una estructura.

Redefinir el sistema no es una opción, sino una condición para sostenerlo en el tiempo.

Hacer visible el agua es, también, asumir colectivamente su cuidado.


El Canal Principal de Riego recorre 130 km desde su nacimiento en el Dique Ballester hasta el final en Chichinales. Foto: Municipalidad de General Roca.

En el Valle, no hace tanto tiempo, los canales eran parte del paisaje cotidiano. No solo los veíamos: los usábamos. Nos bañábamos, jugábamos, los cruzábamos sin pensar demasiado en su origen o en su función. Eran, simplemente, parte de la ciudad.

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