A fuerza de trabajo y una mirada siempre optimista construyó junto a su familia un gran presente en la horticultura de la Patagonia
A las 6 de la mañana comienza el día de Lourdes Madalleno en los invernaderos de su chacra en Lamarque, los que proveen a su negocio de verduras y hortalizas durante todo el año. Agradecida de la oportunidad que le dio Argentina, ella y su familia responden con esfuerzo y dedicación. "Mi marido y yo somos dos que trabajamos por seis", cuenta a Río Negro Rural. Pasaron 25 años desde que pisó por primera vez este territorio donde fue empleada de chacra y doméstica hasta que pudo adquirir las 3 hectáreas que hoy administra.
Hay historias que no empiezan en un lugar, sino en una decisión de vida. La de Lourdes Madalleno es una de ellas. No tiene un punto fijo de origen en términos de destino, sino una serie de decisiones que la guiaron en busca de algo tan simple como esquivo: la posibilidad de trabajar y construir un futuro mejor junto a su familia.
Hoy, su presente está ligado profundamente al Valle Medio, entre invernaderos, verduras y hortalizas frescas y una rutina que empieza antes de que salga el sol y termina cuando el día se apaga. Pero llegar hasta ahí no fue sencillo, sino un camino de cambios, reinvención y de no perder de vista algo que trae en la sangre: el vínculo con la tierra.
Lourdes nació en Bolivia, más precisamente en Tomatitas, una zona rural ubicada a unos 5 kilómetros de Tarija, junto al río Guadalquivir. Su historia, como la de tantos productores de ese país, está atravesada por una herencia familiar ligada al trabajo agrícola. La chacra no fue una elección por descarte, sino un lenguaje aprendido desde chica.
A comienzos de los 2000, Lourdes tomó una decisión que cambiaría su vida: migrar a la Argentina junto a su familia. Tenía 24 años, estaba casada y tenía una hija pequeña. La motivación era clara, había que buscar oportunidades que en su lugar de origen se volvían cada vez más escasas.
Un contexto social complejo
El país al que llegó no era el que imaginaba. Era la Argentina del 2001, y la crisis económica golpeaba con fuerza, sobre todo a los que menos tenían. El primer destino fue Santa Fe, donde el contexto social y productivo resultó más adverso de lo esperado. De esa época recuerda que reinaba el trueque.

“Dormíamos en unas chapas, en el piso de tierra, tapados con unas bolsas, estábamos felices de estar en familia pero preocupados por el trabajo”, recuerda de ese momento.
El escenario estaba marcado por un exceso de oferta, dificultades para comercializar y una economía inestable. Aun así, hubo algo que la marcó desde el inicio: la sensación de ser recibida con generosidad.
“Dormíamos en unas chapas, en el piso de tierra, tapados con unas bolsas, estábamos felices de estar en familia pero preocupados por el trabajo”.
Lourdes Madalleno, productora hortícola de Lamarque, Valle Medio.
“Soy feliz en este país, donde anduve siempre fui bien tratada, solo hay que trabajar y comportarse de manera correcta, entonces ¡qué te van a decir!”, resume de su llegada a estas tierras.
Argentina, dice, fue un país que le abrió las puertas. Pero también entendió rápidamente que ese gesto debía ser acompañado por esfuerzo propio.
Aprender a resistir
Los primeros años fueron una sucesión de intentos. Producción hortícola en Santa Fe, cosecha de uva en Mendoza, trabajos rurales que no lograban generar el despegue esperado. El esfuerzo era constante, pero el resultado no alcanzaba ya que solo alcanzaba para comer.

En ese recorrido, Lourdes tomó una decisión que parecía definitiva: abandonar la chacra. Se trasladó a Córdoba, donde comenzó a trabajar en casas de familia. Fue un cambio profundo. Pasó de la producción a la vida doméstica, de la tierra al interior de una casa, de la incertidumbre total a una estabilidad modesta pero concreta. Las jornadas de trabajo eran de 14 horas por día.
Allí encontró algo más que un ingreso, adquirió herramientas que luego le resultarían de mucho valor para lo que se estaba gestando. En ese lugar incorporó hábitos, conocimientos, aprendió organización, manejo del tiempo, nuevas formas de relacionarse. Y, sobre todo, logró sostener un objetivo central: la educación de su hija, hoy abogada.
En Córdoba no estábamos mal pero no era lo mío, yo tengo sangre de chacra, vengo del campo, mis padres son chacareros todavía y ya son grandes”.
Lourdes Madalleno, productora hortícola de Lamarque, Valle Medio.
Sin embargo, la distancia con la tierra no era cómoda. Había una incomodidad silenciosa, una sensación de estar en un lugar que no era del todo propio. “No estábamos mal pero no era lo mío, yo tengo sangre de chacra, vengo del campo, mis padres son chacareros todavía y ya son grandes”, cuenta sobre aquel momento de su vida como empleada.
El regreso inevitable
El regreso a la producción no fue inmediato, pero sí inevitable. Surgió a partir de referencias, comentarios, rumores que hablaban del sur como un lugar de oportunidades productivas.

El Valle del río Negro aparecía como un territorio donde el agua y la tierra todavía ofrecían margen para crecer. Las referencias de este lugar le hablaban de un sitio donde se iba a morir de frío, pero la intriga pudo más y vino con su familia de vacaciones a conocer esta parte de la Patagonia.
El primer contacto no fue sencillo. Hubo dudas, intentos fallidos, idas y vueltas. Pero algo empezó a encajar: la disponibilidad de agua, la calidad del suelo y la posibilidad de producir con cierta previsibilidad.
En ese momento, su marido tuvo una certeza que terminó siendo decisiva: donde hay agua, hay futuro. Esa idea, simple y contundente, funcionó como ancla.
Empezar desde abajo, otra vez
Como en cada etapa anterior, el inicio fue desde el escalón más bajo. Trabajo como peones rurales, cosechas, jornadas largas. Nada nuevo, pero sí necesario.

Con el tiempo, lograron reunir un pequeño capital que permitió dar el primer paso hacia la producción propia. Alquilaron tierra, sembraron y produjeron en escala en unas 20 hectáreas en zona de costa pertenecientes a un profesional con el cual Lourdes se mostró sumamente agradecida por la oportunidad que les brindó.
La lógica productiva en ese lugar era clara: volumen y diversificación. Cebolla, zapallo, verduras. Mucho trabajo y una apuesta constante a que el esfuerzo se tradujera en resultados.
Soy feliz en este país, donde anduve siempre fui bien tratada, solo hay que trabajar y comportarse de manera correcta».
Lourdes Madalleno, productora hortícola de Lamarque, Valle Medio.
Pero el problema no era producir, sino vender. La distancia a los mercados, la logística y las condiciones comerciales generaban pérdidas importantes. Parte de la producción se desperdiciaba, lo que obligaba a replantear estrategias. Ese fue uno de los primeros grandes aprendizajes: no alcanza con producir bien, hay que saber colocar lo producido.
La oportunidad que ordena
El quiebre llegó con la producción de semillas para exportación. Un sistema más exigente, controlado por técnicos, con estándares estrictos. Pero también con mejores márgenes.
Ese esquema obligó a profesionalizar el trabajo, a ser más precisos, más constantes. Introdujo otra lógica productiva, más cercana a la planificación que a la intuición.

Con ese impulso económico, lograron concretar un objetivo fundamental: acceder a la tierra propia, 3 hectáreas a la vera de la ruta cerca de la entrada a Lamarque, donde hoy está el puesto de ventas de frutas y verduras.
La compra del lote no fue sencilla. Implicó negociar, endeudarse, asumir riesgos. Pero también significó dejar de depender de terceros.
El terreno, sin embargo, estaba lejos de ser ideal. Era bajo, húmedo, con problemas estructurales. Hubo que invertir tiempo y recursos en acondicionarlo. Nivelar, rellenar, limpiar.
Construir sobre lo construido
A partir de ese momento, el crecimiento fue gradual pero sostenido. Incorporaron invernaderos, diversificaron cultivos y mejoraron la comercialización.
Hoy, el sistema productivo combina superficies bajo cubierta con producción a campo. Esa estrategia permite sostener oferta durante gran parte del año y amortiguar los impactos climáticos.
El trabajo cotidiano es intenso, pero organizado. La jornada está dividida en bloques, con tiempos definidos para cada tarea. No hay margen para la improvisación.
La diversificación es otra de las claves. No depender de un solo cultivo reduce riesgos y permite adaptarse mejor a las variaciones del mercado. También hay una lógica de autosuficiencia: producción de semillas propias, aprovechamiento de recursos, control directo de los procesos.
El factor humano
Más allá de lo productivo, hay un elemento central que atraviesa toda la historia: la cultura del trabajo.

No se trata solo de cantidad de horas, sino de una forma de entender la actividad. Trabajo como herramienta, como identidad y como posibilidad de progreso. Esa lógica se traslada también a la familia. Su hija, formada académicamente, participa del emprendimiento sin abandonar sus propios proyectos. La formación y el trabajo conviven, no se excluyen.
El modelo no es estático. Se adapta, incorpora nuevas personas, transmite conocimientos. Lourdes ha formado a trabajadores que luego desarrollaron sus propios emprendimientos, generando un efecto multiplicador.
Riesgos y certezas
La actividad no está exenta de riesgos. El clima, como siempre en la producción agropecuaria, es un factor determinante. Una tormenta puede arruinar meses de trabajo. Las pérdidas existen y son parte del sistema. Pero la respuesta no es detenerse, sino recomponer.
La experiencia acumulada permite tomar decisiones más rápidas, ajustar estrategias y sostener la continuidad. En ese equilibrio entre incertidumbre y persistencia se construye la estabilidad.
Más allá de los números, de la producción o de la escala, lo que define la historia de Lourdes es una manera de posicionarse frente a la vida. No hay una mirada idealizada, hay pragmatismo. Si algo no funciona, se busca otra alternativa. La clave no está en evitar las dificultades, sino en atravesarlas sin perder el rumbo. El trabajo aparece, una y otra vez, como el eje ordenador.
Hoy, Lourdes no habla de llegada, sino de continuidad. No hay un punto final, sino un proceso en marcha. Cada temporada implica nuevos desafíos, nuevas decisiones, nuevas apuestas. Pero hay algo que permanece inalterable desde aquel primer viaje: la voluntad de seguir.
Porque, como aprendió en el camino, el futuro no es un lugar al que se llega, sino algo que se construye todos los días, con las manos en la tierra. Como le gusta a ella, a Lourdes Madalleno, que consiguió su objetivo haciendo lo que le gusta hacer.
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Hay historias que no empiezan en un lugar, sino en una decisión de vida. La de Lourdes Madalleno es una de ellas. No tiene un punto fijo de origen en términos de destino, sino una serie de decisiones que la guiaron en busca de algo tan simple como esquivo: la posibilidad de trabajar y construir un futuro mejor junto a su familia.
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