Indio Solari: líneas finas para un mundo inmundo
De las catacumbas del under a las misas de estadios, un recorrido por la hechizante mística del mayor chamán de la contracultura argentina. El legado cultural y espiritual de uno de los artistas más importantes en la historia del país: el Indio Solari.
Indio Solari: Líneas Finas para un Mundo Inmundo.-
Escribe Hernán Panessi.
Indescifrable. Místico y político. Marginal y elitista. Verba dulce, navajazos perfectos. Toda la historia del Indio Solari se escribió con una tinta particular. Por estos días, horas densas para la historia nacional, aquellos recuerdos vuelven oportunos como un coro de leyendas y hacen base en sus primeras presentaciones, que comprimían un fuerte carácter circense, con bailarines, payasos y monologuistas.
Y que, al calor de aquella fábula iniciática, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, banda que lideraba, fue configurando una mística singular de la que nunca, jamás, podrá despegarse. Falleció Carlos Alberto “Indio” Solari, parte de la excepcionalidad argentina.
Murió Indio Solari: algo pasa cuando todo esto pasa
Las primeras coordenadas del fenómeno nos dejan en La Plata, durante los años setenta. El Indio no nació como un rockero convencional, sino que ungió su figura como un maestro de ceremonias de una cofradía contracultural. El margen del margen, el under del under. De movida, Patricio Rey no era una banda, sino que entronizaba un estado en la mente y lo corporizaba con un colectivo mutante de artistas, elucubradores y marginales que iban a contrapelo del orden gris de su época.
Aquellas misas, hoy recordadas como happenings lisérgicos, rozaban lo sagrado y acariciaban lo profano. Y en el centro, la figura del Indio, un chamán calvo de anteojos oscuros que salmodiaba metáforas sobre los caireles paranoicos de la Guerra Fría, del impacto del capitalismo en la subjetividad humana y de los mecanismos de control social. Algo pasa cuando todo esto pasa.
Así las cosas, aquella génesis, lejos de diluirse, fue ganando musculatura y convirtiéndose en una épica colectiva. Cuando Los Redondos decidieron ensancharse en el circuito comercial, lo hicieron bajo sus propias reglas: sin publicidad oficial, sin televisión, sin tranzar con las corporaciones. La autogestión no fue una estrategia de marketing, sino un dogma.
Murió Indio Solari: líneas finas para este mundo inmundo
Y la discreción, que profesó como apostolado, fue engordando el carácter de mito. ¿Qué hay detrás del Indio Solari? ¿Por qué imanta a las masas? ¿Qué tiene ese artista que no tienen todos los demás? Poco a poco, el Indio y Los Redondos fueron convirtiéndose en el cobijo de los desclasados, en una suerte de conjuro policlase que abraza a altos ejecutivos de multinacionales y al último de los menesterosos. Y mientras el fetiche del uno a uno masticaba el cuero, las letras de Solari se convirtieron en un manual de supervivencia para una juventud que, también, comenzaba a trazar su cauce sobre los márgenes.
Los enunciados fueron bandera —rojas, negras—, tatuajes que duelen y tributan e inmarcesibles grafitis. Las paredes hablan como hablaba el Indio. Y el crecimiento de la mística ricotera desafío las leyes de la física y de cualquier atisbo torpe de sociología urbana. Los Redondos pasaron de llenar Cemento a reventar estadios de fútbol, inaugurando la era de “las bandas de rock como religiones paganas”. De ahí, el recuerdo de “Ji Ji JI” y del pogo más grande del mundo, una verdad que no incurre a exageraciones técnicas. Lo suyo siempre fue un cataclismo emocional. Desborde. Caos. Pasión. Desmesura. Líneas finas para este mundo inmundo.
A caballo de sus discos y shows, de la radio y de los casetes piratas, la figura del Indio Solari fue cruzando el país, a upa de sus peregrinaciones, con el combustible de su tribu. El Indio logró lo que —salvo Diego Armando Maradona y pocas figuras más— ningún político, intelectual ni artista pudo: congregar a las masas bajo una consigna estrictamente poética y trascendental. La liturgia ricotera fue convirtiéndose en un amalgama, en una especie de articulador social para una Argentina —siempre— fragmentada.

Murió Indio Solari: las huestes de Atila
Y vino el 2001. Y ese crash no hizo más que agigantar el mito. Como una ambulancia emocional, el Indio y Los Redondos fueron la banda sonora del estallido social y económico de aquel entonces. Pero hubo un punto y final: el 4 de agosto de aquel año cuando dieron su último show, en el Estadio Chateau Carreras, en Córdoba. Sin embargo, lejos de apagarse la llama, el Indio se reinventó con su etapa solista acompañado de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Y desde acá, otra singularidad: sus conciertos dejaron de medirse en espectadores y comenzaron a hacerlo en ciudades tomadas. Anoten: Tandil, Olavarría, Mendoza, Gualeguaychú. Las huestes de Atila acampaban durante días para ver al hombre, para cruzarse al mito, para que los atravesara ese rayo.
En esa sintonía, su reclusión alimentó una iconografía casi religiosa y fue convirtiéndose en un fantasma omnipresente. Lejos de los flashes, el Indio empezó a librar una batalla silenciosa contra “Míster Parkinson”, su archienemigo. Y entre misteriosos posteos de Instagram, mensajes epistolares con figuras de su agrado (desde Juan Román Riquelme hasta los comediantes de Sin Codificar, pasando por su último fino lazo con Lionel Messi, en la antesala del Mundial) y una presencia oracular en los shows de Los Fundamentalistas, el Indio continuó vistiéndose de cronista de esta curiosa entelequia que llamamos Argentina. Ese espacio que él, con su deliberada profundidad, con su búsqueda obsesiva y con su cruza con la nostalgia, entendía como patria. Argentina fue su estricto punto cardinal.
Murió Indio Solari: es hasta siempre
Por caso, su importancia en la cultura doméstica excede cualquier límite impuesto por el rock. La cosa no es hasta acá, ni hasta allá: es hasta siempre. Su existencia yergue en sí mismo un hecho político y cultural ineludible: diagramó una identidad basada en la resistencia estética, en el valor de la palabra y en la dignidad de la autogestión. Y su legado inasible vivirá para siempre en sus canciones, un tejido conectivo que une al menos a tres generaciones. Sus letras son una forma de procesar la realidad, el dolor y la fiesta.
La mística no se puede comprar. La mística no se puede vender. La mística está o no está. El 5 de junio de 2026, el aire se puso más denso, los laberintos criollos se encallaron y el lamento se hizo carne: murió Carlos Alberto “Indio” Solari y su nombre hoy queda flotando como una suerte de mantra de salvación. Indio Solari, Indio Solari, Indio Solari. Se fue el hombre, permanece el mito: esa voz, aquel fuego.
Escribe Hernán Panessi.
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