Europa y sus vecinos

Redacción

Por Redacción

Sin esperar ni la captura del coronel Muammar Gaddafi ni el fin de las operaciones militares en el país que aquel dictador extravagante gobernó de manera idiosincrásica por más de 40 años, la semana pasada en París el presidente francés Nicolas Sarkozy y el primer ministro británico David Cameron pusieron en marcha un programa que, esperan, culminará con la “reconstrucción” de Libia. Los dos líderes europeos también quieren que la intervención de la OTAN en el conflicto libio marque el comienzo de una nueva relación entre la “comunidad internacional” que, a través de la ONU, la aprobó y los países árabes basada en la colaboración económica y militar con los presuntos representantes de la mayoría, no con dictadores como siempre ha sido el caso hasta ahora. Sin embargo, aunque es factible que en Libia por lo menos la participación decisiva de las fuerzas aéreas de Francia y el Reino Unido tenga los resultados deseados, no lo es que se repitan operativos similares en otros países del “gran Oriente Medio”. Por cierto, ningún país occidental ha mostrado mucho interés en intervenir militarmente en Siria, donde las tropas del dictador Bashar al Assad ya han asesinado a miles de manifestantes, o en otros países de una región habitualmente convulsionada que, para más señas, podría estar en vísperas de un período de guerras en gran escala. Dadas las circunstancias, la pasividad de la comunidad internacional ante los abusos que todos los días comete el cruel régimen sirio puede entenderse; además de temer la previsible reacción de los aliados iraníes de Al Assad, de las poderosas milicias Hizbollah y Hamas y de países como Rusia, los europeos saben que, de caer el dictador, podrían estallar sanguinarios conflictos étnicos y sectarios que no estarían en condiciones de impedir. En cambio, con razón o sin ella, creen que les será sencillo encontrar soluciones viables para los problemas planteados por Libia, un país de poco más de seis millones de habitantes que posee amplias reservas de petróleo. De más está decir que los rebeldes que han formado un “Consejo de Transición Nacional Libio” están esforzándose por convencerlos de que no hay motivos para cuestionar su capacidad para gobernar sin violar los derechos humanos de quienes han apoyado a Gaddafi. No duró mucho el optimismo desbordante que tantos sintieron al iniciarse a comienzos del año la llamada “primavera árabe”. Incluso en Túnez hay motivos para temer que la dictadura de Ben Ali no se vea seguida por la consolidación de una democracia respetuosa de los derechos de todos, mientras que Egipto corre peligro ya de caer en manos de islamistas, ya de permanecer indefinidamente bajo control militar. Por lo demás, el panorama económico que enfrentan los casi 80 millones de habitantes de Egipto es sombrío. Aunque en algunos países del norte de África y el Oriente Medio los gobiernos se han comprometido a impulsar reformas democráticas, en otros se han limitado a reprimir los conatos de rebelión. Desde el punto vista de éstos, y de los tentados a rebelarse, lo ocurrido en Libia y en Siria es una advertencia de lo que podría suceder si el régimen cede frente a las protestas. Construir democracias sobre las ruinas de tiranías en países de tradiciones culturales y políticas muy diferentes de las occidentales no será del todo fácil. Si bien en el Oriente Medio muchos quieren disfrutar de los mismos derechos que los europeos o norteamericanos y todos los días decenas de miles de libios, sirios y otros arriesgan la vida en un esfuerzo por conseguirlos, no hay garantía alguna de que triunfen sobre los resueltos a frustrarlos. Asimismo, nadie ignora que el altruismo aparente de los gobiernos de las dos potencias europeas más activas, Francia y el Reino Unido, se ve acompañado por intereses económicos o que los europeos en su conjunto son reacios a abrir las puertas a refugiados musulmanes. En efecto, para justificar la intervención militar en Libia y la costosa ayuda técnica y económica que la seguirá, voceros gubernamentales han subrayado la necesidad de contribuir al desarrollo de los países árabes porque de lo contrario podrían intensificarse todavía más las corrientes inmigratorias que tanto han cambiado las sociedades europeas a partir de los años sesenta del siglo pasado.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 945.035 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 5 de septiembre de 2011


Sin esperar ni la captura del coronel Muammar Gaddafi ni el fin de las operaciones militares en el país que aquel dictador extravagante gobernó de manera idiosincrásica por más de 40 años, la semana pasada en París el presidente francés Nicolas Sarkozy y el primer ministro británico David Cameron pusieron en marcha un programa que, esperan, culminará con la “reconstrucción” de Libia. Los dos líderes europeos también quieren que la intervención de la OTAN en el conflicto libio marque el comienzo de una nueva relación entre la “comunidad internacional” que, a través de la ONU, la aprobó y los países árabes basada en la colaboración económica y militar con los presuntos representantes de la mayoría, no con dictadores como siempre ha sido el caso hasta ahora. Sin embargo, aunque es factible que en Libia por lo menos la participación decisiva de las fuerzas aéreas de Francia y el Reino Unido tenga los resultados deseados, no lo es que se repitan operativos similares en otros países del “gran Oriente Medio”. Por cierto, ningún país occidental ha mostrado mucho interés en intervenir militarmente en Siria, donde las tropas del dictador Bashar al Assad ya han asesinado a miles de manifestantes, o en otros países de una región habitualmente convulsionada que, para más señas, podría estar en vísperas de un período de guerras en gran escala. Dadas las circunstancias, la pasividad de la comunidad internacional ante los abusos que todos los días comete el cruel régimen sirio puede entenderse; además de temer la previsible reacción de los aliados iraníes de Al Assad, de las poderosas milicias Hizbollah y Hamas y de países como Rusia, los europeos saben que, de caer el dictador, podrían estallar sanguinarios conflictos étnicos y sectarios que no estarían en condiciones de impedir. En cambio, con razón o sin ella, creen que les será sencillo encontrar soluciones viables para los problemas planteados por Libia, un país de poco más de seis millones de habitantes que posee amplias reservas de petróleo. De más está decir que los rebeldes que han formado un “Consejo de Transición Nacional Libio” están esforzándose por convencerlos de que no hay motivos para cuestionar su capacidad para gobernar sin violar los derechos humanos de quienes han apoyado a Gaddafi. No duró mucho el optimismo desbordante que tantos sintieron al iniciarse a comienzos del año la llamada “primavera árabe”. Incluso en Túnez hay motivos para temer que la dictadura de Ben Ali no se vea seguida por la consolidación de una democracia respetuosa de los derechos de todos, mientras que Egipto corre peligro ya de caer en manos de islamistas, ya de permanecer indefinidamente bajo control militar. Por lo demás, el panorama económico que enfrentan los casi 80 millones de habitantes de Egipto es sombrío. Aunque en algunos países del norte de África y el Oriente Medio los gobiernos se han comprometido a impulsar reformas democráticas, en otros se han limitado a reprimir los conatos de rebelión. Desde el punto vista de éstos, y de los tentados a rebelarse, lo ocurrido en Libia y en Siria es una advertencia de lo que podría suceder si el régimen cede frente a las protestas. Construir democracias sobre las ruinas de tiranías en países de tradiciones culturales y políticas muy diferentes de las occidentales no será del todo fácil. Si bien en el Oriente Medio muchos quieren disfrutar de los mismos derechos que los europeos o norteamericanos y todos los días decenas de miles de libios, sirios y otros arriesgan la vida en un esfuerzo por conseguirlos, no hay garantía alguna de que triunfen sobre los resueltos a frustrarlos. Asimismo, nadie ignora que el altruismo aparente de los gobiernos de las dos potencias europeas más activas, Francia y el Reino Unido, se ve acompañado por intereses económicos o que los europeos en su conjunto son reacios a abrir las puertas a refugiados musulmanes. En efecto, para justificar la intervención militar en Libia y la costosa ayuda técnica y económica que la seguirá, voceros gubernamentales han subrayado la necesidad de contribuir al desarrollo de los países árabes porque de lo contrario podrían intensificarse todavía más las corrientes inmigratorias que tanto han cambiado las sociedades europeas a partir de los años sesenta del siglo pasado.

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