Bautista, con 13 años domó caballos y conquistó el podio de las carreras de tambores

Por Rosana Rins

Bauti, campeón de carreras de tambores. Una tradición de familia. (FOTOS: Gentileza)

Bauti, campeón de carreras de tambores. Una tradición de familia. (FOTOS: Gentileza)

Bautista Vargas se bajó del auto de su papá frente a su colegio, el CET 3 de General Roca para dar el presente ayer en el último día antes de las vacaciones de invierno. Era la previa del Día de la Independencia y hubo acto. Al abrirse la puerta del rodado aparecieron primero unas alpargatas, luego una bombacha guacha, un pañuelo atado al cuelo y una boina rozando la frente. Estaba preparado para bailar una zamba en el escenario, su atuendo era y es mucho más que eso. Así va por la vida este adolescente de 13 años que se define «campero de alma». Es un campeón de las carreras de tambores, devoto de los caballos y de las destrezas criollas. Pisa fuerte en los campos del Festival de Jesús María, es campeón local y sueña con entrenar caballos de polo.

Si este 9 julio hay que hablar de tradición argentina, es necesario conocer la historia de este gaucho argentino. Dicen que los genes heredados marcan un camino. Pero esto no es matemático. Dicen que los hijos replican a sus padres, pero hay variantes. Bautista es hijo de Rubén Vargas, un experto jinete que se destacó durante años en los festivales de doma de Argentina, principalmente en el de Jesús María.

Bautista creció en un entorno donde todo tenía que ver con los caballos. La rutina familiar era cuidarlos, entrenarlos, darles de comer, domarlos. Y fue ahí donde empezó a mirarlos distinto. Y acá es donde comienza a deshilvanarse su historia que tuvo momentos felices y otros que lo pusieron a prueba. Era como si la vida le dijera: «es esto u otra cosa, pero sí vas por acá tendrás que agarrar las riendas con firmeza».

Viviendo y compartiendo con su padre, quiso sumarse al pelo y pelo con los caballos. Había un puesto de la familia donde el papá de Bau armó un «galpón», como lo llamó él, para resguardar a los caballos, alimentarlos y sacarlos a «hacer ejercicio». Eran el patrimonio de los jinetes. La casa familiar olía a Alazan, a Petizo y a ganas de ser uno en dos: potro y humano.

Bautista desde su metro y medio de estatura fue por la aventura que hoy es su pasión. Y eso sigue siendo su norte. Su papá contó que «todo los días la rutina familiar es a la mañana temprano ir a darles de comer a los caballos y sacarlos para que esten sueltos. Y a la tarde cuando Bauti sale del colegio vamos a entrenar con ellos. Llega la noche y los tapamos con sus capas, le damos de comer su ración y los dejamos descansar toda la noche», explicó Rubén.

Bautista fue siendo parte de esa rutina y cuando apenas era un niño comenzó a montar los caballos de la familia. Hasta ese momento era pura diversión hasta que un día tomó la irrevocable decisión de correr y participar en los campeonatos camperos de la región y del país. «Siempre me veía entrenar en la doma y me veía cuando participaba de los festivales de Jesús María. Pero a Bau nunca le gustó eso para él, el eligió las carreras de tambores. Y empezó a entrenar todos los días rigurosamente», dijo el orgulloso papá.

Tambores, pero no de murga

Vamos a hacer una pausa. Las carreras de tambores son una prueba de velocidad y destreza en la que un jinete debe recorrer un circuito formado por tres tambores (barriles metálicos o plásticos) dispuestos en forma de trébol. El jinete con su caballo deben zigzaguear entre ellos.

El objetivo es completar el recorrido en el menor tiempo posible sin derribar los tambores. El circuito comienza con una salida a máxima velocidad, luego el caballo rodea cada tambor siguiendo un orden determinado y finalmente regresa a la línea de llegada. Si un tambor cae, se suma una penalización de tiempo, por lo que la precisión es tan importante como la velocidad.

Pero nada sería facil en ese camino que había elegido. No solo requiere mucho entrenamiento del jinete y del caballo, sino también estar preparado para las contingencias. A los 7 u 8 años, en una tarde de entrenamiento Bautista se cayó del caballo y se fracturó la muñeca. Fue muy duro para él. «Después de eso no quería subirse a los caballos. Le había quedado un miedo tremendo. Nosotros le deciamos que era algo que puede pasar, pero que no tenía que dejar su pasión, que en algún momento el miedo se le iba a ir», recordó Rubén.

Pero no había modo, pasaba el tiempo y Bau solo acompañaba a su papá a darles de comer a los caballos. Los mirada desde abajo y eso era todo. Acá es donde aparecen en esta historia, tres personajes claves para los podios de carreras de tambores que vendrían más adelante. Rubén contó que su hija menor, Catalina de 10 años empezó a tener curiosidad por la actividad de su papá y su hermano y quiso aprender a cabalgar.

Y apareció Carboncita, una pony que su papá intercambió con un cliente por cuatro cubiertas de auto (el tiene un taller de alineación y balanceo en Roca). «Supuestamente la pony era de Cata porque Bau no quería saber nada con volver a montar. Un día salimos a andar y Bau la tocaba, le hablaba pero no la montaba», agregó su papá.

Pasó el tiempo y llegó Corchito, un petiso oscuro que llegó a estas tierras desde San Antonio de Areco, Buenos Aires, en un acoplado para equinos que Rubén construyó con un carro de basura. Ya siendo parte de la familia el petizo conquistó a Bau y le recordó cual era su pasión. Comenzó a montarlo de a poco y fue perdiendo el miedo.»Empezó a correr con Corchito y un día ya estaba corriendo como un profesional. Pero antes de eso, las primeras veces que saliamos a correr Bau lloraba por miedo a volver a caerse, lloraba mucho. Pero le fue tomando confianza al petiso y arrancó», sumó Rubén.

Tiempo después, surge una nueva oportunidad de ampliar la cuadra de la familia Vargas. Trato hecho y Chimuelo se incorporó a la vida de Bautista. «Era un caballito de andar, pero no sabía nada de carrera de tambores. Bau lo empezó a entrenar con paciencia y de a poco hasta que lo convirtió en un caballo de tambores. Con Corchito empezó a correr y con Chimuelo ganó todo», apuntó el padre jinete.

Y llegaron los podios. Luego de la pandemia salió campeón en la categoria Menores del torneo de Río Negro, en enero pasado en el festival de Dean Funes, Córdoba, obtuvo el tercer puesto. Y ahora se prepara para nuevos desafíos. Y también pisó el suelo de uno de los mayores eventos camperos de la Argentina. Dos años consecutivos, fue parte de las carreras de tambores en el Festival de Jesús María.

El papá de este campero es parte de la organización de los festivales de Jesús María que se realizan anualmente todos los enero. Y ahí está también Bautista, participando de cada momento: del desfile de montadas que ya es toda una tradición y del que se encarga su papá. Se suma a la tarea que le toca a Claudia, la única mujer pilchera de Jesús María. Donde hay caballos ahí esta Bautista.

El futuro espera

Bautista Vargas estudia en una escuela técnica, casi todo el día está en el colegio. En sus ratos libres se ocupa de sus caballos y cuando puede colabora con su papá y su hermano mayor en un taller de alineación y balanceo que la familia tiene en Roca. Y en el mientras tanto mira el horizonte y perfila un futuro rodeado de caballos de polo.

«Tenemos primos en Francia e Inglaterra trabajando con los caballos de polo. Ellos hacen la temporada de la cuida. Y la idea de Bau es terminar el secundario y viajar para incorporarse al grupo que doma y entrena caballos de polo. Pero si eso no sucede, pero creo sí va a pasar, Bau ya tiene definido que va a estudiar acá la carrera de veterinario», dijo su papá.

Y en la actualidad, entre tantas actividades, Bautista entrena caballos de carrera que vienen de Córdoba. En esa provincia se corre distinto a como se corre en la región, según explicó Rubén. Bautista con sus 13 años, se encarga de entrenarlos para que puedan afrontar una carrera con las formas y las reglas de las competencias locales. Chequea la montura, prueba las riendas, monta el potro y sale, concentrado en lo que hace pero con la mirada puesta en que su futuro está un poco más allá.


Bautista Vargas se bajó del auto de su papá frente a su colegio, el CET 3 de General Roca para dar el presente ayer en el último día antes de las vacaciones de invierno. Era la previa del Día de la Independencia y hubo acto. Al abrirse la puerta del rodado aparecieron primero unas alpargatas, luego una bombacha guacha, un pañuelo atado al cuelo y una boina rozando la frente. Estaba preparado para bailar una zamba en el escenario, su atuendo era y es mucho más que eso. Así va por la vida este adolescente de 13 años que se define "campero de alma". Es un campeón de las carreras de tambores, devoto de los caballos y de las destrezas criollas. Pisa fuerte en los campos del Festival de Jesús María, es campeón local y sueña con entrenar caballos de polo.

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