Tambalea la Eurozona
Ya se trata de una historia conocida. Por algunos días, suben los índices en los mercados bursátiles más importantes y los especialistas nos aseguran que lo peor ha pasado, que no habrá una nueva recesión y que la Eurozona se mantendrá intacta, pero entonces las bolsas se derrumban de golpe, como en efecto sucedió a comienzos de la semana actual al desplomarse las europeas, llevando consigo decenas de miles de millones de euros. Para explicar la caída estrepitosa más reciente algunos especialistas aluden a la advertencia formulada por la titular del FMI, Catherine Lagarde, sobre el riesgo creciente de un nuevo colapso y otros, de manera un tanto más convincente, a los resultados de las elecciones del domingo en un distrito alemán donde el partido de la canciller Angela Merkel sufrió una derrota dolorosa, la quinta en lo que va del año. En Alemania, lo mismo que en nuestro país, las elecciones provinciales son escalonadas, lo que obliga a Merkel a rendir examen repetidamente, con repercusiones que, por desgracia, se sienten en el resto del mundo porque se da por descontado que la razón principal por la que el oficialismo democristiano sigue perdiendo tiene menos que ver con el eventual atractivo de sus rivales socialdemócratas que con la oposición de la mayoría de los alemanes a continuar subsidiando a los integrantes a su juicio menos disciplinados de la Eurozona: Grecia, Portugal, España, Italia, Irlanda e incluso Francia. Como es notorio, los alemanes, acompañados por los holandeses y otros del norte de Europa, son partidarios instintivos de la austeridad fiscal, mientras que en el sur del continente los dirigentes políticos apuestan a que andando el tiempo las recetas “keynesianas” que favorecen les ahorren la necesidad de reducir drásticamente sus gastos. Por supuesto que su actitud se ve respaldada por los sindicatos, por los empleados públicos y por “los indignados”. El debate en torno a los presuntos méritos de las dos posturas divide a los economistas profesionales y, desde luego, a los gobernantes y a la opinión pública, pero por basarse la actitud de cada uno en factores culturales, es escasa la posibilidad de que una logre imponerse. De todos modos, en esta ocasión el FMI, liderado por una francesa, se ha pronunciado a favor de quienes dicen creer que es necesario continuar gastando más dinero público, endeudándose hasta niveles sin precedentes en tiempos de paz, mientras persista el riesgo de una recaída en recesión, pero los argumentos en tal sentido no convencen a los teutones y sus aliados que insisten en que no hay más alternativa que la de emprender ajustes draconianos cuanto antes. Puesto que Europa depende tanto de la marcha de la economía alemana que últimamente ha experimentado una desaceleración y de la voluntad del gobierno conservador de Merkel de compartir la responsabilidad por las deudas gigantescas arrojadas por sus socios del sur, la oposición de la mayoría de sus compatriotas a intentar nuevos “rescates” que se ve reflejada en los resultados de una serie de elecciones locales ha puesto en peligro el futuro del euro. Aunque Merkel puede señalar que la moneda común ha beneficiado enormemente a su país, permitiéndole exportar cantidades fenomenales de bienes industriales, la creencia difundida de que alemanes trabajadores y ahorrativos son víctimas de una especie de estafa que los obliga a subsidiar a un sinnúmero de sureños haraganes está agravando la crisis de la Eurozona que, según los pesimistas, culminará pronto con una ruptura traumática que dejará al bloque liderado por Alemania con una moneda sobrevaluada que le suponga muchas dificultades y a los demás con una devaluada que, dicen los teóricos, serviría para que pudieran reanudar el crecimiento. Como previeron ciertos escépticos antes de conformarse la Eurozona, la alternativa al escenario así supuesto consistiría en una unión fiscal, pero puesto que a cambio de seguir subsidiando a sus socios Alemania exigiría el derecho a manejar sus economías conforme a pautas aceptables a Berlín sin respetar las particularidades nacionales de países como Grecia, España e Italia, sería poco probable que dicho arreglo durara mucho tiempo, ya que los contrarios a ajustes de cualquier clase no vacilarían en atribuir todas sus penurias al imperialismo económico del país más poderoso.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 945.035 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 9 de septiembre de 2011
Ya se trata de una historia conocida. Por algunos días, suben los índices en los mercados bursátiles más importantes y los especialistas nos aseguran que lo peor ha pasado, que no habrá una nueva recesión y que la Eurozona se mantendrá intacta, pero entonces las bolsas se derrumban de golpe, como en efecto sucedió a comienzos de la semana actual al desplomarse las europeas, llevando consigo decenas de miles de millones de euros. Para explicar la caída estrepitosa más reciente algunos especialistas aluden a la advertencia formulada por la titular del FMI, Catherine Lagarde, sobre el riesgo creciente de un nuevo colapso y otros, de manera un tanto más convincente, a los resultados de las elecciones del domingo en un distrito alemán donde el partido de la canciller Angela Merkel sufrió una derrota dolorosa, la quinta en lo que va del año. En Alemania, lo mismo que en nuestro país, las elecciones provinciales son escalonadas, lo que obliga a Merkel a rendir examen repetidamente, con repercusiones que, por desgracia, se sienten en el resto del mundo porque se da por descontado que la razón principal por la que el oficialismo democristiano sigue perdiendo tiene menos que ver con el eventual atractivo de sus rivales socialdemócratas que con la oposición de la mayoría de los alemanes a continuar subsidiando a los integrantes a su juicio menos disciplinados de la Eurozona: Grecia, Portugal, España, Italia, Irlanda e incluso Francia. Como es notorio, los alemanes, acompañados por los holandeses y otros del norte de Europa, son partidarios instintivos de la austeridad fiscal, mientras que en el sur del continente los dirigentes políticos apuestan a que andando el tiempo las recetas “keynesianas” que favorecen les ahorren la necesidad de reducir drásticamente sus gastos. Por supuesto que su actitud se ve respaldada por los sindicatos, por los empleados públicos y por “los indignados”. El debate en torno a los presuntos méritos de las dos posturas divide a los economistas profesionales y, desde luego, a los gobernantes y a la opinión pública, pero por basarse la actitud de cada uno en factores culturales, es escasa la posibilidad de que una logre imponerse. De todos modos, en esta ocasión el FMI, liderado por una francesa, se ha pronunciado a favor de quienes dicen creer que es necesario continuar gastando más dinero público, endeudándose hasta niveles sin precedentes en tiempos de paz, mientras persista el riesgo de una recaída en recesión, pero los argumentos en tal sentido no convencen a los teutones y sus aliados que insisten en que no hay más alternativa que la de emprender ajustes draconianos cuanto antes. Puesto que Europa depende tanto de la marcha de la economía alemana que últimamente ha experimentado una desaceleración y de la voluntad del gobierno conservador de Merkel de compartir la responsabilidad por las deudas gigantescas arrojadas por sus socios del sur, la oposición de la mayoría de sus compatriotas a intentar nuevos “rescates” que se ve reflejada en los resultados de una serie de elecciones locales ha puesto en peligro el futuro del euro. Aunque Merkel puede señalar que la moneda común ha beneficiado enormemente a su país, permitiéndole exportar cantidades fenomenales de bienes industriales, la creencia difundida de que alemanes trabajadores y ahorrativos son víctimas de una especie de estafa que los obliga a subsidiar a un sinnúmero de sureños haraganes está agravando la crisis de la Eurozona que, según los pesimistas, culminará pronto con una ruptura traumática que dejará al bloque liderado por Alemania con una moneda sobrevaluada que le suponga muchas dificultades y a los demás con una devaluada que, dicen los teóricos, serviría para que pudieran reanudar el crecimiento. Como previeron ciertos escépticos antes de conformarse la Eurozona, la alternativa al escenario así supuesto consistiría en una unión fiscal, pero puesto que a cambio de seguir subsidiando a sus socios Alemania exigiría el derecho a manejar sus economías conforme a pautas aceptables a Berlín sin respetar las particularidades nacionales de países como Grecia, España e Italia, sería poco probable que dicho arreglo durara mucho tiempo, ya que los contrarios a ajustes de cualquier clase no vacilarían en atribuir todas sus penurias al imperialismo económico del país más poderoso.
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