Universidades rezagadas
Toda vez que se difunde una nueva tabla de posiciones de las universidades consideradas las mejores del mundo, los rectores de nuestras instituciones se sienten obligados a explicarnos que estar ubicadas en un puesto humilde –la Universidad de Buenos Aires ocupa el lugar número 270 en la lista confeccionada por QS World University Ranking– no es tan malo como podría suponerse. Así, pues, el rector de la UBA, Rubén Hallú, subraya que aquí la universidad “sirve a la sociedad, a la Argentina”, lo que es una forma de decir que sería inapropiado comparar la que encabeza con sus equivalentes de otros países. Con todo, Hallú entiende que la situación en que se encuentra la UBA dista de ser óptima, ya que “tuvimos bastantes crisis en los últimos años” y que hay “un desgranamiento de alumnos” y, si bien el acceso no es un problema, “luego perdemos estudiantes”, lo que es lógico al darse cuenta muchos de que ingresar es fácil pero dominar materias exigentes no lo es en absoluto, razón por la que menos de la mitad de quienes empiezan una carrera en la UBA logra terminarla. Aunque los defensores del modelo universitario latinoamericano tienen razón cuando afirman que es muy diferente del de otras partes del mundo, en especial de los países anglohablantes en que, hasta hace poco, era habitual un grado de rigor académico, sobre todo en las instituciones de elite, que para muchos de nuestros estudiantes es excesivo, el que según QS y otras entidades, entre ellos la Universidad de Shanghai, que todos los años publican rankings con resultados similares, la mejor de América Latina sea la Universidad Nacional Autónoma de México –en esta ocasión ocupa el puesto 169– es preocupante. También lo es el consenso de que la mediocridad que se atribuye a todas las universidades latinoamericanas sea consecuencia del escaso interés por la investigación científica que es característica de la región. A esta altura, nadie ignora que la evolución relativa de las distintas economías, y por lo tanto de las sociedades, dependerá cada vez más de su capacidad para generar y aprovechar los conocimientos científicos que con toda seguridad seguirán multiplicándose. Conforme a QS, en la actualidad la mejor universidad del planeta es la de Cambridge, en el Reino Unido, seguida por las norteamericanas Harvard, MIT y Yale y tres instituciones británicas más. Fuera del mundo anglosajón, la mejor ubicada es la Swiss Federal Institute of Technology, de Suiza, que figura en el lugar número 18. Aunque la supremacía anglosajona no se ve reflejada directamente en el desempeño económico relativo de las naciones de habla inglesa, las que conforme a mediciones recientes van a la zaga de Suiza y los países escandinavos, no cabe duda de que su voluntad de apostar a la calidad educativa les brinda una ventaja envidiable. Entre otras cosas, les permite beneficiarse del talento ajeno al optar muchos jóvenes procedentes de otras partes del mundo, en especial de Asia oriental y la India, por estudiar en el Reino Unido o Estados Unidos, para entonces quedarse. Dadas las circunstancias, es comprensible que educadores y, desde luego, políticos comprometidos con el sistema público se sientan tentados a minimizar la importancia de los resultados de los esfuerzos por hacer comparaciones internacionales, según criterios supuestamente objetivos, del desempeño tanto de las universidades como de las escuelas, pero convendría que los tomaran en serio. Nos guste o no, el mundo está haciéndose más “competitivo” por momentos y no podemos darnos el lujo de negarnos a participar. Por lo demás, los jóvenes del país deberían disponer de oportunidades para estudiar en instituciones que sean por lo menos equiparables con las mejores del mundo sin tener que trasladarse a América del Norte o Europa. Aunque no hay motivos para suponer que los recursos humanos argentinos sean intrínsecamente inferiores a los de otras latitudes, a causa de las deficiencias notorias del sistema académico nacional el país no ha encontrado el modo de aprovecharlos plenamente, lo que, además de debilitar al conjunto, priva a muchas personas de la posibilidad de emular a sus contemporáneos, a menudo menos dotados, de países en que a pesar de todo la calidad educativa sigue constituyendo una prioridad.
Toda vez que se difunde una nueva tabla de posiciones de las universidades consideradas las mejores del mundo, los rectores de nuestras instituciones se sienten obligados a explicarnos que estar ubicadas en un puesto humilde –la Universidad de Buenos Aires ocupa el lugar número 270 en la lista confeccionada por QS World University Ranking– no es tan malo como podría suponerse. Así, pues, el rector de la UBA, Rubén Hallú, subraya que aquí la universidad “sirve a la sociedad, a la Argentina”, lo que es una forma de decir que sería inapropiado comparar la que encabeza con sus equivalentes de otros países. Con todo, Hallú entiende que la situación en que se encuentra la UBA dista de ser óptima, ya que “tuvimos bastantes crisis en los últimos años” y que hay “un desgranamiento de alumnos” y, si bien el acceso no es un problema, “luego perdemos estudiantes”, lo que es lógico al darse cuenta muchos de que ingresar es fácil pero dominar materias exigentes no lo es en absoluto, razón por la que menos de la mitad de quienes empiezan una carrera en la UBA logra terminarla. Aunque los defensores del modelo universitario latinoamericano tienen razón cuando afirman que es muy diferente del de otras partes del mundo, en especial de los países anglohablantes en que, hasta hace poco, era habitual un grado de rigor académico, sobre todo en las instituciones de elite, que para muchos de nuestros estudiantes es excesivo, el que según QS y otras entidades, entre ellos la Universidad de Shanghai, que todos los años publican rankings con resultados similares, la mejor de América Latina sea la Universidad Nacional Autónoma de México –en esta ocasión ocupa el puesto 169– es preocupante. También lo es el consenso de que la mediocridad que se atribuye a todas las universidades latinoamericanas sea consecuencia del escaso interés por la investigación científica que es característica de la región. A esta altura, nadie ignora que la evolución relativa de las distintas economías, y por lo tanto de las sociedades, dependerá cada vez más de su capacidad para generar y aprovechar los conocimientos científicos que con toda seguridad seguirán multiplicándose. Conforme a QS, en la actualidad la mejor universidad del planeta es la de Cambridge, en el Reino Unido, seguida por las norteamericanas Harvard, MIT y Yale y tres instituciones británicas más. Fuera del mundo anglosajón, la mejor ubicada es la Swiss Federal Institute of Technology, de Suiza, que figura en el lugar número 18. Aunque la supremacía anglosajona no se ve reflejada directamente en el desempeño económico relativo de las naciones de habla inglesa, las que conforme a mediciones recientes van a la zaga de Suiza y los países escandinavos, no cabe duda de que su voluntad de apostar a la calidad educativa les brinda una ventaja envidiable. Entre otras cosas, les permite beneficiarse del talento ajeno al optar muchos jóvenes procedentes de otras partes del mundo, en especial de Asia oriental y la India, por estudiar en el Reino Unido o Estados Unidos, para entonces quedarse. Dadas las circunstancias, es comprensible que educadores y, desde luego, políticos comprometidos con el sistema público se sientan tentados a minimizar la importancia de los resultados de los esfuerzos por hacer comparaciones internacionales, según criterios supuestamente objetivos, del desempeño tanto de las universidades como de las escuelas, pero convendría que los tomaran en serio. Nos guste o no, el mundo está haciéndose más “competitivo” por momentos y no podemos darnos el lujo de negarnos a participar. Por lo demás, los jóvenes del país deberían disponer de oportunidades para estudiar en instituciones que sean por lo menos equiparables con las mejores del mundo sin tener que trasladarse a América del Norte o Europa. Aunque no hay motivos para suponer que los recursos humanos argentinos sean intrínsecamente inferiores a los de otras latitudes, a causa de las deficiencias notorias del sistema académico nacional el país no ha encontrado el modo de aprovecharlos plenamente, lo que, además de debilitar al conjunto, priva a muchas personas de la posibilidad de emular a sus contemporáneos, a menudo menos dotados, de países en que a pesar de todo la calidad educativa sigue constituyendo una prioridad.
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