Todos miran a Grecia
Como la Argentina diez años atrás, Grecia se halla al borde del default –podría suceder esta misma semana–, pero mientras que, fuera del Uruguay, nuestra caída en bancarrota no tuvo consecuencias graves para el resto de la economía mundial, se teme que la de un país miembro de la Eurozona provocaría una convulsión internacional todavía mayor que la que siguió al desplome del banco de inversión Lehman Brothers. Aunque la economía griega es pequeña, de apenas el 2,5% de la europea, una serie de gobiernos se las ha arreglado para acumular deudas tan grandes que, si se declara en quiebra, el impacto sobre los bancos alemanes y franceses sería sumamente fuerte. Por lo demás, muchos dan por descontado que, debido al “efecto contagio” o “dominó”, Grecia arrastraría en su eventual caída a Portugal, Irlanda, España, Italia y, tal vez, Francia. Entonces, se prevé, la crisis cruzaría el canal de la Mancha para herir al Reino Unido y el Atlántico para frenar abruptamente la ya muy débil recuperación de Estados Unidos. Puede entenderse, pues, que tantos gobernantes estén mirando con trepidación lo que está sucediendo en Atenas, donde el primer ministro Yorgos Papandreou acaba de anunciar un nuevo paquete de medidas durísimas destinadas a salvar a su país de lo que muchos creen inevitable, pero enfrenta la oposición implacable de empleados públicos que, como es natural, temen por su propio futuro. Como aprendimos en el 2001 y 2002, no hay soluciones que sean política y socialmente aceptables para quienes, luego de acostumbrarse a vivir del dinero ajeno, se ven abandonados a su suerte por los mercados crediticios. Si el FMI o los gobiernos de los países más ricos les prestan más sin pedir nada a cambio, continuarán como antes, pero si exigen “ajustes” se verán acusados de indiferencia ante los padecimientos de ciudadanos ya necesitados o de adherir ciegamente a dogmas económicos inhumanos. Sin embargo, aunque todos saben que obligar a los griegos a procurar honrar sus obligaciones condenaría a millones de personas a una eternidad de pobreza extrema, a pocos les atrae la alternativa que consiste en asumir la responsabilidad por su deuda haciendo de Europa una unión fiscal. Mal que bien, los europeos no se sienten miembros de una sola sociedad en la que es del interés de los más pudientes solidarizarse con los más necesitados. La mayoría de los alemanes se opone vigorosamente a subsidiar a los europeos del sur; por su parte, éstos no tienen ningún deseo de permitir que la economía de su país sea manejada por severos tecnócratas procedentes del norte. De no existir el euro, Grecia ya hubiera devaluado varias veces el dracma y “reestructurado” su deuda, en el caso de que hubiera adquirido una magnitud excesiva, como sigue haciendo la Argentina, pero desde que los demás europeos le abrieron las puertas de la Eurozona, la salida así supuesta le está vedada. Es que el euro fue producto de un intento consciente de subordinar lo económico a lo político, porque los artífices apostaban a que, de surgir dificultades, servirían para facilitar la integración más estrecha prevista por los fundadores de la Unión Europea que soñaban con crear un “superestado” equiparable con el norteamericano. Quienes aún piensan así señalan que si a pesar de todos los acuerdos que se han firmado Grecia finalmente opta por abandonar el euro, sus propios problemas se harían todavía mayores porque sus deudas aumentarían mucho, mientras que su capacidad para pagarlas se esfumaría. Estarán en lo cierto, pero la sensación ya difundida en Europa de que los problemas de los diversos países se deben a un proyecto político demasiado ambicioso ideado por una camarilla de “eurócratas” con su cuartel general en Bruselas no ha contribuido a fortalecer la Unión Europea. Antes bien, la está socavando. Aunque los gobiernos de Grecia, Portugal, España e Italia siguen comprometidos con el “sueño europeo”, sectores ciudadanos cada vez más amplios están preguntándose si valdrán la pena los sacrificios exigidos. Puede que se engañen quienes suponen que sería mejor resignarse a la ruptura de la Eurozona, ya que los costos de conservarla intacta serían absurdamente onerosos, pero dadas las circunstancias es comprensible que muchos hayan llegado a la conclusión de que se trata de la opción menos mala disponible.
Como la Argentina diez años atrás, Grecia se halla al borde del default –podría suceder esta misma semana–, pero mientras que, fuera del Uruguay, nuestra caída en bancarrota no tuvo consecuencias graves para el resto de la economía mundial, se teme que la de un país miembro de la Eurozona provocaría una convulsión internacional todavía mayor que la que siguió al desplome del banco de inversión Lehman Brothers. Aunque la economía griega es pequeña, de apenas el 2,5% de la europea, una serie de gobiernos se las ha arreglado para acumular deudas tan grandes que, si se declara en quiebra, el impacto sobre los bancos alemanes y franceses sería sumamente fuerte. Por lo demás, muchos dan por descontado que, debido al “efecto contagio” o “dominó”, Grecia arrastraría en su eventual caída a Portugal, Irlanda, España, Italia y, tal vez, Francia. Entonces, se prevé, la crisis cruzaría el canal de la Mancha para herir al Reino Unido y el Atlántico para frenar abruptamente la ya muy débil recuperación de Estados Unidos. Puede entenderse, pues, que tantos gobernantes estén mirando con trepidación lo que está sucediendo en Atenas, donde el primer ministro Yorgos Papandreou acaba de anunciar un nuevo paquete de medidas durísimas destinadas a salvar a su país de lo que muchos creen inevitable, pero enfrenta la oposición implacable de empleados públicos que, como es natural, temen por su propio futuro. Como aprendimos en el 2001 y 2002, no hay soluciones que sean política y socialmente aceptables para quienes, luego de acostumbrarse a vivir del dinero ajeno, se ven abandonados a su suerte por los mercados crediticios. Si el FMI o los gobiernos de los países más ricos les prestan más sin pedir nada a cambio, continuarán como antes, pero si exigen “ajustes” se verán acusados de indiferencia ante los padecimientos de ciudadanos ya necesitados o de adherir ciegamente a dogmas económicos inhumanos. Sin embargo, aunque todos saben que obligar a los griegos a procurar honrar sus obligaciones condenaría a millones de personas a una eternidad de pobreza extrema, a pocos les atrae la alternativa que consiste en asumir la responsabilidad por su deuda haciendo de Europa una unión fiscal. Mal que bien, los europeos no se sienten miembros de una sola sociedad en la que es del interés de los más pudientes solidarizarse con los más necesitados. La mayoría de los alemanes se opone vigorosamente a subsidiar a los europeos del sur; por su parte, éstos no tienen ningún deseo de permitir que la economía de su país sea manejada por severos tecnócratas procedentes del norte. De no existir el euro, Grecia ya hubiera devaluado varias veces el dracma y “reestructurado” su deuda, en el caso de que hubiera adquirido una magnitud excesiva, como sigue haciendo la Argentina, pero desde que los demás europeos le abrieron las puertas de la Eurozona, la salida así supuesta le está vedada. Es que el euro fue producto de un intento consciente de subordinar lo económico a lo político, porque los artífices apostaban a que, de surgir dificultades, servirían para facilitar la integración más estrecha prevista por los fundadores de la Unión Europea que soñaban con crear un “superestado” equiparable con el norteamericano. Quienes aún piensan así señalan que si a pesar de todos los acuerdos que se han firmado Grecia finalmente opta por abandonar el euro, sus propios problemas se harían todavía mayores porque sus deudas aumentarían mucho, mientras que su capacidad para pagarlas se esfumaría. Estarán en lo cierto, pero la sensación ya difundida en Europa de que los problemas de los diversos países se deben a un proyecto político demasiado ambicioso ideado por una camarilla de “eurócratas” con su cuartel general en Bruselas no ha contribuido a fortalecer la Unión Europea. Antes bien, la está socavando. Aunque los gobiernos de Grecia, Portugal, España e Italia siguen comprometidos con el “sueño europeo”, sectores ciudadanos cada vez más amplios están preguntándose si valdrán la pena los sacrificios exigidos. Puede que se engañen quienes suponen que sería mejor resignarse a la ruptura de la Eurozona, ya que los costos de conservarla intacta serían absurdamente onerosos, pero dadas las circunstancias es comprensible que muchos hayan llegado a la conclusión de que se trata de la opción menos mala disponible.
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