Entre parrales y viejas historias: San Sebastián, la bodega donde el vino se cuenta desde la tierra
En una chacra escondida entre las bardas, una familia conserva viejas cepas, recupera variedades que casi desaparecieron y transforma cada vendimia en una manera de contar el pasado. Ricardo abre la tranquera, camina entre plantas de 44 y 80 años, muestra las cicatrices que dejaron las heladas y conduce la visita desde el viñedo hasta las barricas, donde el vino vuelve a convertirse en memoria, trabajo y paisaje patagónico.

El auto deja atrás Roca y avanza hacia Cervantes. El paisaje empieza a cambiar cuando el camino se mete entre las bardas, los piquillines y las jarillas. No hay tránsito, apenas el camino, el monte y esa sensación de un lugar sin gente. Hasta que aparece la tranquera y Ricardo Tello Najul saca el candado, abre, levanta una mano y la mueve en lo alto para indicar que hay que avanzar. Después sube a su camioneta y se pone al frente. No hace falta que explique demasiado: simplemente marca el camino.
Al doblar aparece la pequeña capilla de San Sebastián y, enseguida, el cartel de bienvenida a la bodega que lleva el nombre del santo. Hacia un lado están los cuadros de viñedos, prolijos, que empiezan a recibir la primavera. Al frente, entre algunos tamariscos, en la casa donde Ricardo creció y donde sus padres criaron a sus cuatro hijos reina el silencio. A la derecha, hay una construcción de dos plantas tiene arriba un ventanal enorme que mira directamente hacia las hileras de plantas. Y en el centro entre las vides, los dos hombres que con una sonrisa, reciben a los visitantes.
Casi sin transición, los dos empiezan a contar la historia de aquel lugar. Una historia familiar, pero también la de muchas familias de Río Negro que hicieron de las chacras una forma de vida y que quedaron enlazadas, durante generaciones, con la historia del vino en Río Negro. “Los viejos compraron la chacra en 1983. Yo nací acá en 1983, porque en El Cuy no había hospital, pero hasta los seis años viví ahí. Mi viejo y mi vieja vivían en la escuela porque eran los directores, hasta que se consiguió este lugar”.

Cuando sus padres llegaron había diez hectáreas de parrales. Del lado paterno estaban los abuelos, vitivinicultores en San Juan, una historia atravesada por el terremoto de 1944 y el abandono de los viñedos. El abuelo terminó en San Luis, donde nació su padre, pero el vínculo con la vid quedó como un deseo familiar: volver a tener un viñedo propio. Años después, ese sueño encontró su lugar entre las bardas de Cervantes.
El campo tuvo distintas vidas: hubo ovejas, vacas y actividad ganadera, mientras que hoy quedan los caballos. Para Ricardo, esa historia rural también explica el tipo de enoturismo que propone. “Después está el turista al que le encanta aprender, descubrir el terroir, probar los vinos del lugar”. Él los llama enófilos, visitantes interesados en conocer las plantas, las variedades y todo lo que sucede antes de que el vino llegue a la copa.
Cuando Río Negro tenía miles de hectáreas de viñedos

Para comprender ese presente hay que volver a los años 90. La crisis de la industria, agravada por el escándalo de adulteración de vinos de 1993, afectó el consumo y aceleró la erradicación de viñedos y el reemplazo por peras y manzanas. En la chacra quedaron plantas antiguas como testimonio de aquel paisaje.
Ricardo camina hasta el parral y se abraza a uno de los troncos, grueso y retorcido. “Tenemos un viñedo, una cepa, un tronco que tiene unos 30 o 40 centímetros de diámetro, de los que quedan en Río Negro”. Después muestra el nuevo viñedo que plantó junto a su hermano con Malbec, Cabernet Franc y Pinot Noir. “Todo lo hicimos nosotros. En su momento hicimos un vivero gigante, el más grande de la Patagonia, y empezamos a armar nuestras propias plantas”.
En 2022, Ricardo sufrió una helada de lleno. Hasta entonces trabajaba también como enólogo para bodegas grandes. Su tiempo estaba repartido entre esos trabajos y el proyecto familiar. Pero aquella helada le mostró algo que hasta ese momento quizás había intentado postergar: si él no estaba allí, no podía defender lo que había construido. “Estoy construyendo el sueño de otro”, pensó, y decidió quedarse para dedicarse al propio.

La escena parece pequeña, pero para Ricardo resume buena parte de lo que significa trabajar con un viñedo. Es ingeniero agrónomo, estudió en La Plata y después se formó en Enología en Mendoza. También hizo un máster en Viticultura y Enología en Europa y su hermano siguió un camino parecido: es agrónomo y enólogo. Pero antes de los títulos hubo otra escuela, más doméstica e improvisada. Empezaron haciendo vino en el garaje de la casa, cuando su hermano Farid tenía apenas 12 años y Ricardo 18. Hoy son una bodega boutique.
Las plantas que quedaron después de la gran reconversión
Entre las hileras de su parral antiguo de 80 años, aparecen ahora las cepas que Ricardo considera parte de un patrimonio. Son variedades que sobrevivieron a una época en la que el mercado fue reduciendo el paisaje vitivinícola a unas pocas opciones, que ellos rescataron y que hoy tienen un valor diferente.
Una de esas variedades es el Trousseau, presente en muy pocos viñedos de Latinoamérica y también en algunas regiones de Portugal, Francia y España. En Argentina, explica, no es una cepa que se encuentre fácilmente. También está el Pinot Joubertin, una variedad de la que producen apenas unas 80 botellas. La cantidad es mínima, pero justamente allí está parte de su valor. Después aparece la Balsamina, una variedad endémica de Río Negro que, fue un cruzamiento espontáneo que se dio entre el Malbec y la variedad Loca Blanca y según explica Ricardo, no existe en ningún otro lugar del mundo.

“Por eso hablamos de cepas patrimoniales”, explica Ricardo. Son parte de un paisaje que alguna vez fue mucho más extenso y que hoy vuelve a despertar interés porque cuenta una historia diferente. El consumidor de vino cambió y empezó a buscar identidad, variedades menos conocidas y características propias de cada territorio. Para Ricardo, ahí aparece una oportunidad: mostrar lo que quedó y explicar por qué llegó hasta el presente.
De la tierra al tanque

Después de recorrer los parrales, Ricardo conduce la visita hacia la bodega. Los tanques de acero inoxidable ocupan buena parte de la sala y alrededor aparecen el laboratorio, las herramientas y las botellas que permiten seguir el camino de la uva hasta convertirse en vino. Mientras camina, explica el proceso. Baja unas escaleras y llega a la sala donde las barricas descansan alineadas.
Allí habla del roble, de los tiempos de crianza y de cómo cada decisión puede modificar el resultado final. Su padre se acerca para una fotografía y queda junto a él en medio de la sala. Es una escena cotidiana, pero resume algo que aparece una y otra vez durante el recorrido: en esta bodega las generaciones no están separadas.
La siguiente sala guarda algunas de las botellas más particulares de la bodega. Están iluminadas con una luz tenue. Ricardo toma una y la muestra. Está cubierta de barro y tiene una historia que la diferencia de las demás: estuvo en la cava submarina del Golfo San Matías, dentro de una partida muy limitada que actualmente se convirtió en uno de los vinos más caros de la bodega.

La experiencia surgió de una pregunta: si el movimiento constante del mar y las condiciones del fondo podían generar una evolución diferente en el vino dentro de la botella. Para comprobarlo, conservaron un vino testigo, un Gran Reserva, y colocaron otras botellas en una cava submarina. “Nos juntamos las bodegas que participamos, los enólogos y probamos las botellas sin saber cuál era cuál”, cuenta Ricardo. Según relata, encontraron diferencias y pudieron identificar cuáles habían pasado por la experiencia submarina.
La sidra también tiene su lugar
La chacra no termina en el vino. También elaboran sidra de alta gama bajo la marca Alto Vuelo, con manzanas y peras orgánicas, a partir de Granny Smith y Pink Lady, utilizando el método “champenoise”. Ricardo explica que las botellas se van moviendo y colocando en el pupitre para que esas borras se acumulen en el pico. Después llega el degüello, un procedimiento que Ricardo relaciona con las antiguas técnicas de elaboración de espumantes de Dom Pérignon.

Cuando habla de la producción actual, Ricardo vuelve inevitablemente a la familia. Hay clientes que los conocen desde los primeros años y que terminaron convirtiéndose en amigos. También están sus sobrinos, que ayudan, sus hermanas, que se acercan cuando hace falta, y su madre y su padre, que continúan siendo una presencia diaria.
Hoy Ricardo y su mujer viven completamente de esta actividad y ya llevan 23 vendimias. La última parte del recorrido transcurre en una sala vidriada, con una mesa larga para la degustación. Hay copas, individuales y botellas listas para probar. Desde el enorme ventanal se ve el viñedo, el monte y el cielo abierto. Sobre una mesa aparecen libros y medallas obtenidas por sus vinos en distintos concursos. Ricardo vuelve entonces a una expresión que resume buena parte de su manera de entender el proyecto: “viñedo de autor”.
Sabe que el consumo de vino viene atravesando dificultades y que todavía se arrancan viñedos, pero también observa otro fenómeno. “Podés ver noticias que dicen que el consumo de vino baja, que se siguen levantando viñedos y que hay una crisis en el sector. Pero lo que está aumentando es la gente que demanda experiencias: poder hacer algo distinto, salir a la tierra, conocer el viñedo, tocarla, caminar, tocar una planta. Entonces se trata de vivir el momento. Y nosotros estamos en eso”.

Por eso llegan visitantes de Roca, Allen, Cervantes, Regina y Neuquén, pero también turistas que vienen desde otros lugares del país y grupos de enófilos que recorren la Patagonia detrás de bodegas y vinos con identidad. Ricardo le dice visita “de luna a luna”. La expresión tiene algo de la vida que se lleva allí: un lugar aislado, donde hay que cuidar el predio y donde las visitas se organizan de manera casi artesanal. Puede ser un miércoles o un domingo, porque si alguien quiere conocer la chacra y se puede coordinar, abre la puerta.
Cuando llega el momento de irse, queda atrás el ventanal de la sala, los viñedos y el monte. La primavera empieza a pintar de verde las hileras y el camino vuelve a perderse entre las bardas. Pero ahora la chacra aparece en la memoria como el lugar donde una familia conservó plantas que estuvieron a punto de desaparecer, donde una helada dejó cicatrices que todavía se muestran a los visitantes y donde cada botella puede contar algo de la tierra que la vio nacer. La tranquera se cierra otra vez, pero la historia sigue creciendo del otro lado, entre las viejas plantas y los nuevos brotes.


El auto deja atrás Roca y avanza hacia Cervantes. El paisaje empieza a cambiar cuando el camino se mete entre las bardas, los piquillines y las jarillas. No hay tránsito, apenas el camino, el monte y esa sensación de un lugar sin gente. Hasta que aparece la tranquera y Ricardo Tello Najul saca el candado, abre, levanta una mano y la mueve en lo alto para indicar que hay que avanzar. Después sube a su camioneta y se pone al frente. No hace falta que explique demasiado: simplemente marca el camino.
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