Lucrecia Martel, una gurú del entusiasmo
“Yo quería cambiar el mundo, se los digo con humildad, como todos ustedes seguramente también.” Lucrecia Martel habla en el auditorio del MALBA, el domingo 4 de octubre, último día del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba). Afuera, antes de las cuatro de la tarde, una larga fila había esperado cerca de dos horas para escucharla. Adentro, la cineasta salteña, sentada junto a la escritora y poeta Mercedes Halfon, pasa del cine a los documentos, de la humillación y el poder a los archivos y los trámites porosos, y de todo eso, al movimiento, a la conquista del espacio. El resultado fue una charla llena de gracia, de sabiduría, pero sobre todo, una inyección de energía. Lucrecia Martel es cineasta, pero ahí, arriba del escenario, es más que una directora: es una especie de gurú del entusiasmo, un virus bueno que contagia optimismo.
La conversación giró alrededor de “Nuestra Tierra”, su primer largometraje documental, estrenado este año y realizado a lo largo de casi catorce. Pero enseguida se abrió hacia otros lugares, hacia cosas que parecen anodinas – documentos, expedientes, trámites- pero que encierran, en las conexiones neuronales de Martel, una íntima relación con la propiedad de la tierra, la escuela y el poder. Guiada por esas mismas conexiones, las ramificaciones de esos temas llegan a la atención, al teléfono, al arte. Martel hizo reír varias veces al auditorio, pero sobre todo, lo alentó. “En medio de un montón de cosas tristes que pasan en este país y que son indignantes, yo siento que tengo una carga de alegría que la quiero compartir cada vez que pueda, en cada charla”.

“Nuestra Tierra” toma como punto de partida el asesinato de Javier Chocobar, miembro de la comunidad indígena de Chuschagasta, ocurrido en 2009, y el juicio oral realizado en 2018, que condenó a Darío Amín y a otras dos personas. A partir de allí, la película se abre hacia la comunidad, sus historias, testimonios, fotografías y archivos. Martel contó que hacerla fue, para ella y para sus compañeros, “una bisagra”. También fue una balsa. “Hubo días en los que si no hubiéramos tenido un trabajo donde sentíamos que podíamos ayudar a alguien, la vida hubiera sido muy miserable para nosotros”. Habían pasado años leyendo miles de páginas de expedientes judiciales, cientos de horas conversando con integrantes de la comunidad, mirando fotografías y revisando unas 400 horas de material. La película se había pensado especialmente para sus contemporáneos del norte argentino, donde Martel considera que el problema de la tierra tiene una urgencia particular. Pero también quería que la película pudiera circular por otros lugares, fuera de los circuitos habituales.
Su relación con el cine, dijo, siempre estuvo ligada a una idea de servicio. “Desde adolescente, mi relación con esta actividad fue de servicio a la comunidad, con todas las películas, aunque no me salió muy bien ese trabajo. Yo quería cambiar el mundo. Pensé que el cine era para cambiar el mundo, que pensar es para cambiar el mundo, que estudiar es para cambiar el mundo ¿Para qué? Para que el mundo sea un poco mejor. Para que uno pueda salir a las tres de la mañana y caminar por una avenida sin miedo”.
En ese punto, Martel marcó varias veces durante la charla una distancia: la que existe entre el cine como industria y el cine como una herramienta para encontrarse con otros. “Conozco la vida de directores que van a festivales y cócteles. Es aburrida”, dijo. Con “Nuestra Tierra” había elegido otra cosa: recorrer lugares, encontrarse con personas, hablar con quienes tenían “la espada del desalojo” en la cabeza. “La identificación era inmediata. El cine era eso”. Y enseguida amplió la idea: “La industria, como todo lo que se vuelve gigantesco, empieza a tener características despegadas del deseo humano. Deberíamos redefinir algunas cosas. Como la rentabilidad”.
Lucrecia Martel no parece hablar para el aplauso, pero los aplausos la interrumpen cada vez.
Quizás porque es capaz de ver en un expediente no sólo la forma de un guion de cine, sino también la explicación de los sistemas de poder, por ejemplo. Contó que una de sus compañeras de rodaje encontró uno que abarcaba 19 años. Cuatro cartas de la comunidad indígena de Chuschagastamhabían ingresado a distintas oficinas. “Las cuatro pedían que el gobierno de Tucumán evaluara una expropiación y resolviera un conflicto por esas tierras. Y empieza entonces un peloteo como un pinball aterrador mientras en los pasillos pasa la vida de generaciones de personas de la comunidad esperando que eso funcione”, dijo, mezclando su gracia con las oscuridades de la burocracia.
El expediente se convirtió así en una estructura narrativa. Y el trámite, en una forma de mirar la desigualdad. “El trámite es la forma de extinguir el enojo y los reclamos legítimos de un montón de gente. El trámite es la forma de favorecer a quien ya tiene acceso al poder. Ahí uno comprende que el trámite es la base de la existencia del ciudadano», dijo
Y le agregó una capa más: « Y hay otra institución que está directamente asociada al trámite y a veces no lo tenemos tan claro, y es la escuela. ¿A dónde voy a mandar a mi hijo a la escuela? ¿A dónde enseña bien geografía? ¿Dónde va a aprender bien matemática? ¿Dónde va a aprender a escribir correctamente? No. Voy a mandarlo adonde sea amigo del juez, donde sea amigo del futuro funcionario, del fiscal, del abogado. Que mi hijo tenga esa ineludible experiencia del trámite facilitada. Para eso sirven las escuelas caras. Y entonces uno empieza a ver la vida y a analizar la dramaturgia de un expediente de otra manera. Te das cuenta de que el trámite es la forma de extinguir el enojo y los reclamos legítimos de un montón de gente. El trámite es la forma de favorecer a quien ya tiene acceso al poder. Y la escuela es lo que hace que todo eso sea más permeable y más fácil para algunos. La comunidad no tiene amigos funcionarios. La comunidad, lo que puede hacer, es hacerse amigo del de mesa de entradas. Generar algún tipo de amistad con alguien que no tiene ningún poder de resolver nada, sino simplemente de que una hoja que está cajoneada en un lugar vaya a otro escritorio. Por eso, cuando muchas veces nosotros vamos y vemos que hay unas personas que están conversando con los de mesa de entradas y nos ponemos fastidiosos porque hacen todo más lento para nosotros, quizás deberíamos oensar que ahí está sucediendo una posibilidad: no perder su vida detrás de un papel. Esa es la dramaturgia de los expedientes, la dramaturgia de un juicio”.
«Un país destinado al fracaso»
La tierra volvió a aparecer cuando Martel habló del Estado y de la información que, según ella, debería poder conocerse al terminar cada gobierno: cuántas tierras fiscales fueron vendidas. “Ahí la grieta sería inexistente”, dijo. El problema, en su mirada, no se agota en la propiedad. También está en la manera en que se trata a quienes reclaman, esperan o quedan afuera de esos circuitos. “Este país no va a salir adelante porque tenemos un problema cultural muy profundo, que es que despreciamos y humillamos a una parte importante de nuestros ciudadanos”.
La referencia a la humillación la llevó a recordar a Dostoievski, y una de sus frases: “Él decía que al pobre no se lo echa a palos sino con una escoba. Es una violencia humillante. Como ahora cuando el Jefe de Estado dice que las deudas de los argentinos no son su responsabilidad. Un país que tiene una parte importante de su población humillada está condenado al fracaso”.
En ese recorrido apareció también otra de las preocupaciones que atraviesan “Un destino común”, el libro que reúne buena parte de las ideas que Martel viene desarrollando en sus charlas: la atención. “Eso es la falta de tiempo. Sentimos constantemente que no hay tiempo. Y también es la falta de atención”. No propone, sin embargo, una cruzada contra los teléfonos. Propone usarlos de otra manera: “En lugar de mirar tanto lo que sucede en las redes, tenemos que usar más la cámara. Yo abro el teléfono, y en lugar de alimentar la adicción, uso la cámara. Abro la ventana, miro a los vecinos, filmo. Hagan esa experiencia: filmen, vayan al lugar, hablen con la gente, escriban alguna cosa, un cuento, lo que sea, y van a ver cómo ese día la vida es más extensa, hay más espacio”.
Para Martel, esas pequeñas acciones tienen que ver con una operación mayor: recuperar el espacio. “La conquista del espacio era verdad. Pero era el espacio de este planeta. Tenemos que conquistarlo de nuevo. Podemos estar cansados, pero hay cosas increíbles. Lo bueno es un montón. Que no nos arrebaten todo”.
Quizás por eso, cuando habló de cómo responder frente a la violencia y al poder, no eligió la palabra resistencia. Eligió otra: invención. Puso como ejemplo -otra vez, las increíbles conexiones que hace Martel- a las ratas y las cucarachas que, cuando intentan eliminarlas, inventan otros circuitos. “No veo la resistencia como un acto inteligente. Veo que la resistencia conduce a la muerte, al enfrentamiento y a la violencia. Creo que la violencia es el ejercicio del poder sobre la ciudadanía”. La respuesta, dijo, es la invención.
Antes de despedirse, Martel convirtió ese deseo personal en una invitación colectiva. “Yo les comparto mis deseos a ustedes. Declaren sus deseos. Después vemos si lo logran. Pero salgan para adelante por la conquista del espacio”.
Y quizá ahí estaba la explicación más sencilla de esa energía que recorrió toda la charla: no negar lo que ocurre, sino buscar qué hacer con ello. No quedarse quietos, sino inventar otros circuitos. Mirar alrededor. Hacer una película. Escribir un cuento. Declarar un deseo. En medio de “un montón de cosas tristes que pasan, Martel hizo uso de su carga de alegría. Resulta contagioso.
“Yo quería cambiar el mundo, se los digo con humildad, como todos ustedes seguramente también.” Lucrecia Martel habla en el auditorio del MALBA, el domingo 4 de octubre, último día del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba). Afuera, antes de las cuatro de la tarde, una larga fila había esperado cerca de dos horas para escucharla. Adentro, la cineasta salteña, sentada junto a la escritora y poeta Mercedes Halfon, pasa del cine a los documentos, de la humillación y el poder a los archivos y los trámites porosos, y de todo eso, al movimiento, a la conquista del espacio. El resultado fue una charla llena de gracia, de sabiduría, pero sobre todo, una inyección de energía. Lucrecia Martel es cineasta, pero ahí, arriba del escenario, es más que una directora: es una especie de gurú del entusiasmo, un virus bueno que contagia optimismo.
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