Claire Keegan en el Filba: Borges, literatura y su preocupación por el avance de la derecha

La escritora irlandesa participó del Filba 2026 con una lectura y una conversación sobre el oficio de escribir. Habló de Borges, de la imaginación como materia de la ficción y de la necesidad de leer frente al avance de la derecha.

Por Verónica Bonacchi

«Mi imaginación es más interesante que mi vida». La frase de Claire Keegan, autora de la bellísima nouvelle Cosas pequeñas como esas, podría funcionar como una clave de lectura de su obra -historias breves de extensión, pero condensadas y profundas- y también como una manera de explicar por qué, cuando se habla de sus libros, la conversación termina siempre en la escritura. No en la escritora como personaje ni en la exposición de una intimidad, sino en ese trabajo de convertir una experiencia, una imagen o un recuerdo en algo que la trasciende y sacude.

Keegan llegó al Filba -el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires- casi dieciocho años después de su primera visita a la Argentina, en 2008. La edición de 2026 se realizó del 30 de septiembre al 4 de octubre, con actividades en distintas sedes de la ciudad. Esta vez, el público pudo escucharla en una lectura en el MALBA, presentada por su editora argentina, Leonora Djament, y en una conversación con Jorge Fondebrider, su traductor al español, en la Facultad de Derecho de la UBA. Antes, en la librería Eterna Cadencia, había compartido una conferencia de prensa en la que habló de literatura, de su infancia en Irlanda, de Borges y de la política contemporánea.

En el MALBA leyó «Recorre los campos azules», uno de los cuentos que da título a su segundo libro. La lectura permitió escuchar a Keegan en estado puro: el ritmo, las pausas, los cambios de voz y la forma en que una frase aparentemente sencilla puede contener una tensión que no termina de resolverse. Lo importante en su escritura no siempre está en lo que sucede, sino en aquello que los personajes hacen, callan o no consiguen decir. Todo, en sus libros, y en esta lectura también, adquiere una tonalidad ensombrecida, la de la luz del atardecer que empieza a pagarse.

Nacida en 1968 en el condado de Wicklow, Irlanda, Keegan publicó su primer libro de cuentos, Antártida, en 1999. Desde entonces construyó una obra de gran repercusión internacional, que incluye Recorre los campos azules, Tres luces, Cosas pequeñas como esas y Bien tarde en el día. Su obra se caracteriza por una prosa precisa, capaz de concentrar en pocas páginas una historia familiar, una desigualdad o una violencia que permanece durante años debajo de la superficie. «No estoy tan interesada en el drama cuando escribo, sino en la tensión. La tensión viene de la pérdida», dijo, acostumbrada como está a narrar esas vidas siempre al borde

Para que esa tensión funcione, la escritura tiene que volverse física. «Ante todo somos seres físicos, y si querés que algo ocurra en la página, tiene que ocurrir físicamente en la página, aunque no pueda hacerlo. El lenguaje es un artificio, pero hay que lograr que el lector crea que está sucediendo», dijo.

Una de las características de la escritura de Keegan es su economía de palabras. Es su forma, su sello. Keegan no considera que una historia deba explicarlo todo para ser comprendida. «Me gusta respetar la inteligencia de mis lectores», dijo. «Si las cosas se muestran con claridad, están bien elegidas y se usan bien, no creo que haga falta demasiada explicación. El placer de leer consiste en ensamblar las piezas, en unir los puntos. Prefiero hacer puntos claros, contundentes y significativos antes que muchos puntos pequeños».

Pocas palabras, y también el silencio, una de sus materias primas predominantes. En este caso, dijo, es más que una decisión narrativa. Tiene una historia cultural. «Nosotros fuimos una colonia británica, y creíamos que era sabio no decir ciertas cosas. Gran Bretaña no quería que habláramos en gaélico, en irlandés; querían que habláramos en inglés. Hay distintos dichos en la cultura irlandesa que son una muestra de eso, por ejemplo: “no importa lo que digas, no digas nada” o “en boca cerrada no entran moscas”. En cierta medida, el silencio forma parte de nuestra cultura. Creemos que si hablamos libremente somos unos tontos que vamos a mostrar nuestras cartas, cuando en realidad tenemos que mantenerlas ocultas».

Esa desconfianza ante la palabra dicha atraviesa sus historias. Sus personajes no siempre encuentran cómo nombrar lo que les pasa, y muchas veces tampoco pueden permitírselo. Lo que callan puede ser una forma de protección, una marca de la educación recibida o el resultado de relaciones de poder que vuelven peligroso decir la verdad. Keegan trabaja en ese límite: entre lo que una persona sabe y lo que consigue expresar, entre lo que una comunidad prefiere no ver y aquello que, tarde o temprano, termina por hacerse visible.

Quizá por eso sus historias encontraron una traducción tan fértil en el cine. Dos adaptaciones cinematográficas llevaron esa escritura a otros públicos. The Quiet Girl (2022), dirigida por Colm Bairéad, está basada en Tres luces y fue nominada al Oscar a mejor película internacional. La película sigue a una niña que pasa una temporada con una pareja de parientes y descubre, en una casa ajena, una forma de cuidado que no conocía. Cosas pequeñas como estas (2024), dirigida por Tim Mielants y protagonizada por Cillian Murphy, transcurre en Irlanda en 1985 y aborda el poder de las instituciones religiosas y el destino de las mujeres recluidas en las llamadas lavanderías de la Magdalena. En ambas, como en los libros, lo decisivo no siempre está en primer plano.


Keegan creció en una granja de Wicklow, en una familia numerosa. En la casa había pocos libros, más allá de los recetarios y la Biblia. Su madre crió a seis hijos y trabajó en la granja sin ser propietaria de la casa en la que vivían. En su conversación con el público, la escritora volvió sobre esa experiencia familiar y sobre las condiciones materiales que atraviesan una vida. La biografía aparece así no como una explicación directa de la ficción, sino como parte de un mundo que la imaginación puede transformar.
Entre sus referencias literarias está Jorge Luis Borges. Keegan destacó una cualidad que considera poco frecuente en los grandes escritores: la capacidad de convocar a lectores muy distintos. «Algunos escritores que tienen esa magia en su obra dejan atrás a mucha gente, porque no son para todo el mundo. Borges, en cambio, tiene la capacidad de invitar a entrar y decir: “Esto también es para vos. Es para todos”. Hay en él un igualitarismo: no es elitista. Además, tiene humor. No conozco a nadie a quien no le guste Borges».

La literatura apareció también en sus respuestas sobre política. Keegan se mostró preocupada por el avance de la derecha y por las declaraciones de Donald Trump sobre Irlanda. «Tenemos que leer libros», dijo, como quien sabe que es quizás una de las mejores maneras de conocer otros mundos posibles, otras perspectivas, una manera de empatizar con otras historias y alejar el odio y la violencia basada en la ignorancia.

En Keegan, la violencia no necesita exhibirse para resultar perturbadora. Su escritura trabaja en la tensión entre lo visible y lo oculto, entre aquello que los personajes pueden decir y lo que aprendieron a callar. En sus historias, el silencio no siempre protege. Puede preservar una vida, pero también sostener una injusticia; puede ser una forma de cuidado o el precio que alguien paga para no perder lo poco que tiene. Keegan escribe en ese límite, donde la ternura puede desarmar tanto como el daño y donde una decisión aparentemente menor modifica el curso de una vida. En ese filo, la leen sus lectores.


"Mi imaginación es más interesante que mi vida". La frase de Claire Keegan, autora de la bellísima nouvelle Cosas pequeñas como esas, podría funcionar como una clave de lectura de su obra -historias breves de extensión, pero condensadas y profundas- y también como una manera de explicar por qué, cuando se habla de sus libros, la conversación termina siempre en la escritura. No en la escritora como personaje ni en la exposición de una intimidad, sino en ese trabajo de convertir una experiencia, una imagen o un recuerdo en algo que la trasciende y sacude.

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