Graciela Cros

Graciela Cros es una de las poetas más originales y reconocidas internacionalmente que ha dado la Patagonia. Su libro "Cordelia en Guatemala" se transformó en un acontecimiento en los círculos intelectuales de Centroamérica y figuró como el elegido de la semana de la página de literatura, coordinada por Elvio Gandolfo, de la revista "Noticias". El Cultural de "Río Negro" conversó con ella antes de que viajara a Guatemala y El Salvador para participar de dos festivales de poesía a los que fue invitada especialmente.

Redacción

Por Redacción

De lo general a lo particular. De la geografía a la línea. De las palabras a la intensidad de la vida. Con esta candencia, Graciela Cros desnuda su universo de poeta sin tormentos, donde conviven la boquita pastillera de Elvis Presley -maravillosa frase de su autoría- y la voz gutural de Tom Waits.

A uno lo conoció haciéndole guiños a la ley de gravedad, cuando los chicos revoleaban sus adolescentes 38 kilos en las competencias de baile; al otro por una revista de poesía que le prestó un amigo. Cros incita, «agita», mejor aun a como acostumbran a hacerlo ciertos grupos de rock. Ella es, efectivamente, la reina del Rock & Roll. La que se levanta de la cama y se bebe el mundo en dos tiempos.

Si el río de la existencia fluye y mueve sus caderas al ritmo de Elvis, ¿por qué no habría de hacerlo la poesía también? ¿Por qué no Graciela Cros, que de solemne tiene lo que Jim Morrison de introvertido? (¡ah! ¡cómo festejaría sus ocurrencias Don Nicanor Parra!).

Conversamos con ella en Bariloche, en un café alemán pero en castellano. Estamos en la Patagonia, el perturbador fin del mundo. Nada más apropiado para hablar de poesía. Introducimos el tema, el del sur, y nos vamos juntos acortando pasos hasta la orilla de sus versos.

«La revalorización de la Patagonia tiene que ver con la mirada de los otros. Porque en la medida en que Europa y Estados Unidos ponen sus ojos en la Patagonia, los patagónicos estamos obligados a remirar el lugar en el que vivimos. Porque ellos son los que dirigen las miradas en el mundo, los que dirigen la orientación de las miradas, los que tienen el poder. No es un proceso que hayamos hecho nosotros solos sino que ha sido acelerado por la coyuntura».

-Desarrollar una identidad cultural en una geografía de enormes espacios, muchos vacíos hace un siglo, es una tarea compleja.

-Claro. ¿Cómo se construye una identidad cultural? Se hace con tiempo y generaciones y generaciones. Con gente pasándose la posta unos a otros. Y efectivamente acá no hay tanto tiempo detrás. Aunque esto tiene su lado positivo en algún aspecto, lo que nosotros vemos como la tierra del confín, para los europeos es una tierra de oportunidades donde está todo por hacer. En sus países ya está todo hecho. Estas son tierras vírgenes todavía.

-Un bailarín roquense, Cristian Miño, me decía que él por una cuestión de afecto, y después de darle tantas vueltas a la identidad de su arte, lo terminó definiendo como tango patagónico. Una mixtura de vivencias y tradiciones. El tango del sur.

Tengo esta cara en primera persona

A la que mojo y unto con distintas

Sustancias

Y sin embargo ella

Permanece asfixiada

Fumo con ansiedad e imprudencia

Extremas

Y a veces

La insensatez

De esta cuestión

Me alarma un poco

Mis compañeras

Las mujeres

Se preocupan

Porque no doy en el clavo

Que ya no pueda

Que ya no pueda

¡AY!

El camionero de Memphis

dispara voz de vago melocotonero

Canta Trouble

Mostrándome el señuelo

De su gorda boquita pastillera

Y mi silla de ruedas lo registra

Con un temblor lascivo de metales

Intento levantarme

Dar un paso

Y me desmayo

Hundiéndome en el mar

Ha subido la sangre de nivel

Y en el recinto

Su oleaje choca contra él

Entonces llegan obreros de la salud

Y me atienden:

¿Quién es esta mujer?

¿Por qué nadie la asiste?

Preguntan los sensibles


De lo general a lo particular. De la geografía a la línea. De las palabras a la intensidad de la vida. Con esta candencia, Graciela Cros desnuda su universo de poeta sin tormentos, donde conviven la boquita pastillera de Elvis Presley -maravillosa frase de su autoría- y la voz gutural de Tom Waits.

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