“Décadas ganadas”

Redacción

Por Redacción

Un profesor preguntó en un curso numeroso y aplicado de alumnos secundarios si estaban en condiciones de identificar a algunos políticos o sindicalistas de envergadura de las últimas dos décadas sobre los que no haya habido sospechas de corrupción. A pesar de la búsqueda realizada, no hubo forma de encontrar una primera figura del cristinismo, del kirchnerismo o del menemismo –todos ellos auténticos peronistas– libre de vehementes sospechas de alguna forma de corrupción. Entre los políticos, el exvicepresidente Cobos, Lavagna, Ocaña, Beliz y algunos otros fueron acusados de no ser verdaderos integrantes del modelo y por eso resultaron eyectados; eran infiltrados en el gobierno nacional y popular. Eran diferentes, no eran idealistas. Los grandes sindicalistas argentinos son la más evidente confirmación de la doctrina de Darwin sobre la supervivencia de los que mejor saben adaptarse a los cambios. Ellos fueron los felices defensores de los trabajadores, tanto bajo los militares como bajo Alfonsín, Menem, Néstor o Cristina; ellos fueron los vitalicios sostenedores del Estado empresario que gerenciaba toda la economía del país y los que de inmediato se dieron cuenta de que si no venía la modernización a través de las privatizaciones menemistas las víctimas serían sus queridos obreros. Hoy no se los escucha con fuerza porque aún no ven claro el futuro y, al igual que los políticos, no quieren arriesgarlo hablando. Cuando llegue el nuevo amo estarán a su disposición, listos para aceptar las nuevas directivas que se les den, para beneficio propio y de los compañeros. Luego de un debate corto, quedó flotando en el curso la unánime impresión de que si un alto funcionario es honesto y competente y cumple sin miserables servilismos su tarea específica está precarizando su futuro. Si a estos hechos unimos las espantosas acusaciones que circulan por el éter y el silencio sepulcral que disciplinadamente guardan los funcionarios sobre ellas, llegaremos a la conclusión de que la llamada “década infame” fue un juego de niños al lado de las décadas de Menem y los Kirchner. Nunca como en estas dos décadas hubo delitos tan increíblemente graves: la pista de Anillaco, Río Tercero, armas, drogas, los 600 millones de Néstor, Báez, etcétera, etcétera, y ningún condenado firme, excepto la no peronista Julia Alsogaray. Esta Justicia debería merecer las felicitaciones de la presidenta. Estamos ante dos décadas ganadas por la más descarada corrupción y por eso no es buena la idea de repetir continuamente el lema “Argentina, un país con buena gente”. Esta afirmación merecería una demostración y su verdad comenzaría a ser creíble analizando la conducta de la presidenta, del vicepresidente y de la clase dirigente nacional y provincial. Si no hubiera una percepción de corrupción tan generalizada ese lema no resultaría tan irritante. El periodismo trata de describir e interpretar el presente, la Historia lo hace con el pasado: para hacer creíble lo de la “década ganada” se deberían haber suprimido ambas disciplinas tiempo atrás; gracias a ambas la verdad se conoce, aunque sea parcialmente, y eso es bueno para la República y malo para la monarquía. Humberto Guglielmin, DNI 10.401.180 Bahía Blanca

Humberto Guglielmin, DNI 10.401.180 Bahía Blanca


Un profesor preguntó en un curso numeroso y aplicado de alumnos secundarios si estaban en condiciones de identificar a algunos políticos o sindicalistas de envergadura de las últimas dos décadas sobre los que no haya habido sospechas de corrupción. A pesar de la búsqueda realizada, no hubo forma de encontrar una primera figura del cristinismo, del kirchnerismo o del menemismo –todos ellos auténticos peronistas– libre de vehementes sospechas de alguna forma de corrupción. Entre los políticos, el exvicepresidente Cobos, Lavagna, Ocaña, Beliz y algunos otros fueron acusados de no ser verdaderos integrantes del modelo y por eso resultaron eyectados; eran infiltrados en el gobierno nacional y popular. Eran diferentes, no eran idealistas. Los grandes sindicalistas argentinos son la más evidente confirmación de la doctrina de Darwin sobre la supervivencia de los que mejor saben adaptarse a los cambios. Ellos fueron los felices defensores de los trabajadores, tanto bajo los militares como bajo Alfonsín, Menem, Néstor o Cristina; ellos fueron los vitalicios sostenedores del Estado empresario que gerenciaba toda la economía del país y los que de inmediato se dieron cuenta de que si no venía la modernización a través de las privatizaciones menemistas las víctimas serían sus queridos obreros. Hoy no se los escucha con fuerza porque aún no ven claro el futuro y, al igual que los políticos, no quieren arriesgarlo hablando. Cuando llegue el nuevo amo estarán a su disposición, listos para aceptar las nuevas directivas que se les den, para beneficio propio y de los compañeros. Luego de un debate corto, quedó flotando en el curso la unánime impresión de que si un alto funcionario es honesto y competente y cumple sin miserables servilismos su tarea específica está precarizando su futuro. Si a estos hechos unimos las espantosas acusaciones que circulan por el éter y el silencio sepulcral que disciplinadamente guardan los funcionarios sobre ellas, llegaremos a la conclusión de que la llamada “década infame” fue un juego de niños al lado de las décadas de Menem y los Kirchner. Nunca como en estas dos décadas hubo delitos tan increíblemente graves: la pista de Anillaco, Río Tercero, armas, drogas, los 600 millones de Néstor, Báez, etcétera, etcétera, y ningún condenado firme, excepto la no peronista Julia Alsogaray. Esta Justicia debería merecer las felicitaciones de la presidenta. Estamos ante dos décadas ganadas por la más descarada corrupción y por eso no es buena la idea de repetir continuamente el lema “Argentina, un país con buena gente”. Esta afirmación merecería una demostración y su verdad comenzaría a ser creíble analizando la conducta de la presidenta, del vicepresidente y de la clase dirigente nacional y provincial. Si no hubiera una percepción de corrupción tan generalizada ese lema no resultaría tan irritante. El periodismo trata de describir e interpretar el presente, la Historia lo hace con el pasado: para hacer creíble lo de la “década ganada” se deberían haber suprimido ambas disciplinas tiempo atrás; gracias a ambas la verdad se conoce, aunque sea parcialmente, y eso es bueno para la República y malo para la monarquía. Humberto Guglielmin, DNI 10.401.180 Bahía Blanca

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