“Educación para todos y todas”
Cuando un gobierno dice llevar a cabo una política de inclusión social, envía miles de computadoras por todo el país, integra a escuelas de frontera con señales satelitales, abre establecimientos escolares, pone en marcha las cerradas (por el menemismo) escuelas técnicas, se inauguran radios universitarias y se expande la comunicación en lugares antes impensados y remotos, entre otras muchas medidas. Se entiende, entonces, que algo se está haciendo en materia educativa y que también falta muchísimo para igualar aquellas épocas donde la escolaridad en Argentina era la más alta de todo el continente sudamericano. La educación escolar (y la de la casa) es donde se basa el futuro de un pueblo, donde realmente se cimientan las bases de una sociedad y creo, sin lugar a dudas, que si hay algo que valorizar en nuestro país es la educación libre y gratuita. Todos sabemos cómo ha querido ser denostada en muchas épocas esta herramienta de liberación como es la educación estatal. Durante la última dictadura y el menemato, es cuando más esfuerzos se hicieron para denostar la educación estatal, colocando a la educación privada como mascarón de proa de estas tristes épocas que nos tocaron vivir. Pero fueron millones de argentinos que no dejaron que la escuela de su barrio pereciera bajo las garras de estos sinvergüenzas y cipayos, que entre otras cosas pretendían establecer un cerco cultural donde sólo con poder adquisitivo de relevancia se pudiera enviar a los chicos al colegio, lo cual obviamente excluía a la mayoría de la población. Hoy en Chile –ese Chile del que muchos hablan pero muy pocos conocen en profundidad– se está luchando por primera vez en su historia por la educación libre y gratuita. Nosotros desde 1853 tenemos la primer ley que obliga a las provincias a educar y enseñar. Si no pudieron terminar en Argentina con la educación estatal fue porque la mayor parte del país dijo “no” a esta cultura del desprecio por el otro y la colonización y aun con todo el esfuerzo hoy tenemos un gravísimo problema de escolaridad en los niños y la juventud, lo cual es atribuible a las políticas neoliberales de los últimos años que, como decíamos, privilegió las estructuras privadas por sobre las estatales. Cada vez que uno pasa por un colegio y ve a esos niños y a las maestras y maestros, piensa en lo difícil que fue mantener este sistema ante enemigos tan poderosos y se pregunta también si no habría de una vez y para siempre que trabajar por la ley propuesta por los padres de Bariloche en el 2002, la cual proponía que todos los funcionarios públicos debieran enviar a sus hijos a escuelas del Estado. En el congreso de Brasil se discute esta idea que surgió en Bariloche. Aquí parece no inmutar a nadie. No logro comprender de qué Estado hablan o dicen defender, cuando envían a sus hijos al colegio inglés, alemán o el que fuere. No estoy en contra de estos establecimientos, pero por favor, señores, un poco de coherencia. Si dicen que quieren fortalecer el Estado y envían a su hijos a un colegio privado, la verdad es que borran con el codo lo que escriben con la mano. Si queremos revalorizar el Estado, son los funcionarios quienes tienen que dar el ejemplo y es por eso que quisiera que alguna autoridad legislativa tome la posta y proponga definitivamente que todos los funcionarios públicos envíen sus hijos a colegios estatales. Hasta le diría que creo que si los hijos de los funcionarios fueran a escuelas estatales, las calderas funcionarían de mil maravillas y las estructuras serían casi idénticas a las de colegios privados. De cualquier manera, que los funcionarios envíen a sus hijos a colegios estatales demostraría que no sólo se pregona por un Estado más eficiente, sino que se actúa en consecuencia. ¿No le parece? Jorge L. Fernández Avello DNI 12.862.056 Bariloche
Cuando un gobierno dice llevar a cabo una política de inclusión social, envía miles de computadoras por todo el país, integra a escuelas de frontera con señales satelitales, abre establecimientos escolares, pone en marcha las cerradas (por el menemismo) escuelas técnicas, se inauguran radios universitarias y se expande la comunicación en lugares antes impensados y remotos, entre otras muchas medidas. Se entiende, entonces, que algo se está haciendo en materia educativa y que también falta muchísimo para igualar aquellas épocas donde la escolaridad en Argentina era la más alta de todo el continente sudamericano. La educación escolar (y la de la casa) es donde se basa el futuro de un pueblo, donde realmente se cimientan las bases de una sociedad y creo, sin lugar a dudas, que si hay algo que valorizar en nuestro país es la educación libre y gratuita. Todos sabemos cómo ha querido ser denostada en muchas épocas esta herramienta de liberación como es la educación estatal. Durante la última dictadura y el menemato, es cuando más esfuerzos se hicieron para denostar la educación estatal, colocando a la educación privada como mascarón de proa de estas tristes épocas que nos tocaron vivir. Pero fueron millones de argentinos que no dejaron que la escuela de su barrio pereciera bajo las garras de estos sinvergüenzas y cipayos, que entre otras cosas pretendían establecer un cerco cultural donde sólo con poder adquisitivo de relevancia se pudiera enviar a los chicos al colegio, lo cual obviamente excluía a la mayoría de la población. Hoy en Chile –ese Chile del que muchos hablan pero muy pocos conocen en profundidad– se está luchando por primera vez en su historia por la educación libre y gratuita. Nosotros desde 1853 tenemos la primer ley que obliga a las provincias a educar y enseñar. Si no pudieron terminar en Argentina con la educación estatal fue porque la mayor parte del país dijo “no” a esta cultura del desprecio por el otro y la colonización y aun con todo el esfuerzo hoy tenemos un gravísimo problema de escolaridad en los niños y la juventud, lo cual es atribuible a las políticas neoliberales de los últimos años que, como decíamos, privilegió las estructuras privadas por sobre las estatales. Cada vez que uno pasa por un colegio y ve a esos niños y a las maestras y maestros, piensa en lo difícil que fue mantener este sistema ante enemigos tan poderosos y se pregunta también si no habría de una vez y para siempre que trabajar por la ley propuesta por los padres de Bariloche en el 2002, la cual proponía que todos los funcionarios públicos debieran enviar a sus hijos a escuelas del Estado. En el congreso de Brasil se discute esta idea que surgió en Bariloche. Aquí parece no inmutar a nadie. No logro comprender de qué Estado hablan o dicen defender, cuando envían a sus hijos al colegio inglés, alemán o el que fuere. No estoy en contra de estos establecimientos, pero por favor, señores, un poco de coherencia. Si dicen que quieren fortalecer el Estado y envían a su hijos a un colegio privado, la verdad es que borran con el codo lo que escriben con la mano. Si queremos revalorizar el Estado, son los funcionarios quienes tienen que dar el ejemplo y es por eso que quisiera que alguna autoridad legislativa tome la posta y proponga definitivamente que todos los funcionarios públicos envíen sus hijos a colegios estatales. Hasta le diría que creo que si los hijos de los funcionarios fueran a escuelas estatales, las calderas funcionarían de mil maravillas y las estructuras serían casi idénticas a las de colegios privados. De cualquier manera, que los funcionarios envíen a sus hijos a colegios estatales demostraría que no sólo se pregona por un Estado más eficiente, sino que se actúa en consecuencia. ¿No le parece? Jorge L. Fernández Avello DNI 12.862.056 Bariloche
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