El humor político en la tevé es cosa seria
Woody Allen decía, en una de sus primeras películas, que “la comedia es tragedia más tiempo”. Y algo de eso hay en el humor político: esa capacidad de ver lo oscuro, el traspié de los gobernantes, para convertirlo en algo que nos haga reír más allá de lo doloroso que sea. Pero hoy el humor político, que siempre ocupó en la tevé argentina un lugar importante, que sirvió de válvula de escape para que la audiencia se distendiera con sonrisas ante la inflación y los vaivenes políticos, no se hace demasiado espacio en la grilla. Sólo Jorge Lanata en “Periodismo para Todos” –que fuera de los informes periodísticos bien podría ser una cruza de Tato Bores con Marcelo Tinelli– parece dispuesto a ocupar ese lugar. Ante la ausencia de Tinelli el periodista ha sumado a su staff una suerte de revival de “Gran Cuñado”, el reality político humorístico de “ShowMatch” que marcó una etapa y una agenda de campaña política. Los domingos a las 22, mientras Lanata monologa en el comienzo de su programa, pasan delante y detrás de él la presidenta en la versión de Fátima Florez, un Aníbal Fernández campechano, el canciller Timerpunk, un Scioli zen, un Máximo Kirchner mudo y tendido frente a la PlayStation y un Macri siempre pulcro y cheto que apenas recibe unas pocas críticas en este programa declaradamente opositor al gobierno nacional. Ese espacio de El Trece es el único que queda como vidriera para que el humor muestre otra arista de la realidad. Ni “Caiga quien caiga” en la etapa de Roberto Pettinato ni el oficialista “TVR” han podido ocupar una franja que siempre fue bienvenida entre los televidentes argentinos; el primero, porque tiene muy poco rating y ha perdido el timming que le imprimían Mario Pergolini y sus hombres de negro y el segundo, porque le ha sumado demasiada solemnidad a lo que antes era sencillamente humor. En estos tiempos en los que la sociedad está tan claramente fragmentada entre leales y opositores, el humor político se parece más a un acto de campaña que a una invitación a reírse de los males nuestros de cada día. Tres décadas atrás nadie sospechaba ni acusaba a Tato Bores de golpista por llamar la atención sobre algún error del gobierno de turno. Quizás porque él era una suerte de voz de la conciencia que, pese a sus reclamos, jamás perdía las esperanzas de que Argentina podía ser mejor y de que los políticos a quienes hablaba recibían sus chistes como un tirón de orejas. Quizás también porque, a diferencia de Lanata, Tato no acompañaba sus monólogos con informes sobre corrupción, sino que sólo ponía la lupa, con humor, sobre el error para luego desearnos a todos un good show. El humor político en la tevé tuvo sus picos más altos, sin dudas, con todos los programas de Tato Bores, con “La noticia rebelde”, con “Las Patas de la mentira”, con “La tuerca”, con “Peor es nada”. Pero también con las caricaturas que hizo Mario Sapag de Dante Caputo y Raúl Alfonsín en “Las mil y una de Sapag”, con los versos cantados de Los Raporteros y con muchos de los informes de los primeros tiempos de “CQC”. Hubo incluso ejemplos de que el humor político sirvió como un enorme impulsor de la carrera de algunos políticos. Y eso no es chiste: la consultora Ibarómetro habló en el 2009 del “efecto Gran Cuñado”. Y no sólo porque el gran público conoció así a algunos candidatos sino por cómo influyó en la intención de voto. De acuerdo con las conclusiones, el 15% de los porteños opinó que esa parodia de la clase política vernácula tenía efecto sobre ellos. Los beneficiados fueron Francisco de Narváez, con su “alica, alicate”, y Sergio Massa, cuyo doble aparecía entonces como el peluquero de la presidenta pero que agradeció (el político real, claro) que el programa le haya dado más visibilidad entre los televidentes, ergo votantes. También es cierto que el humor colaboró al subrayar algunas imágenes ya claramente alicaídas, como es el caso de la del expresidente Fernando de la Rúa tras su mal paso por “ShowMatch”, cuando confundió el nombre de la mujer de Tinelli y no sabía por qué puerta salir del escenario. El humor político es cosa seria. Pero sumamente necesaria. No es lo mismo mirar nuestra realidad –toda nuestra movida historia política– con solemnidad que agregarles a esos mismos hechos una cuota de humor, una mirada inteligente que nos haga, al menos, sonreír.
Verónica Bonacchi vbonacchi@rionegro.com.ar
Woody Allen decía, en una de sus primeras películas, que “la comedia es tragedia más tiempo”. Y algo de eso hay en el humor político: esa capacidad de ver lo oscuro, el traspié de los gobernantes, para convertirlo en algo que nos haga reír más allá de lo doloroso que sea. Pero hoy el humor político, que siempre ocupó en la tevé argentina un lugar importante, que sirvió de válvula de escape para que la audiencia se distendiera con sonrisas ante la inflación y los vaivenes políticos, no se hace demasiado espacio en la grilla. Sólo Jorge Lanata en “Periodismo para Todos” –que fuera de los informes periodísticos bien podría ser una cruza de Tato Bores con Marcelo Tinelli– parece dispuesto a ocupar ese lugar. Ante la ausencia de Tinelli el periodista ha sumado a su staff una suerte de revival de “Gran Cuñado”, el reality político humorístico de “ShowMatch” que marcó una etapa y una agenda de campaña política. Los domingos a las 22, mientras Lanata monologa en el comienzo de su programa, pasan delante y detrás de él la presidenta en la versión de Fátima Florez, un Aníbal Fernández campechano, el canciller Timerpunk, un Scioli zen, un Máximo Kirchner mudo y tendido frente a la PlayStation y un Macri siempre pulcro y cheto que apenas recibe unas pocas críticas en este programa declaradamente opositor al gobierno nacional. Ese espacio de El Trece es el único que queda como vidriera para que el humor muestre otra arista de la realidad. Ni “Caiga quien caiga” en la etapa de Roberto Pettinato ni el oficialista “TVR” han podido ocupar una franja que siempre fue bienvenida entre los televidentes argentinos; el primero, porque tiene muy poco rating y ha perdido el timming que le imprimían Mario Pergolini y sus hombres de negro y el segundo, porque le ha sumado demasiada solemnidad a lo que antes era sencillamente humor. En estos tiempos en los que la sociedad está tan claramente fragmentada entre leales y opositores, el humor político se parece más a un acto de campaña que a una invitación a reírse de los males nuestros de cada día. Tres décadas atrás nadie sospechaba ni acusaba a Tato Bores de golpista por llamar la atención sobre algún error del gobierno de turno. Quizás porque él era una suerte de voz de la conciencia que, pese a sus reclamos, jamás perdía las esperanzas de que Argentina podía ser mejor y de que los políticos a quienes hablaba recibían sus chistes como un tirón de orejas. Quizás también porque, a diferencia de Lanata, Tato no acompañaba sus monólogos con informes sobre corrupción, sino que sólo ponía la lupa, con humor, sobre el error para luego desearnos a todos un good show. El humor político en la tevé tuvo sus picos más altos, sin dudas, con todos los programas de Tato Bores, con “La noticia rebelde”, con “Las Patas de la mentira”, con “La tuerca”, con “Peor es nada”. Pero también con las caricaturas que hizo Mario Sapag de Dante Caputo y Raúl Alfonsín en “Las mil y una de Sapag”, con los versos cantados de Los Raporteros y con muchos de los informes de los primeros tiempos de “CQC”. Hubo incluso ejemplos de que el humor político sirvió como un enorme impulsor de la carrera de algunos políticos. Y eso no es chiste: la consultora Ibarómetro habló en el 2009 del “efecto Gran Cuñado”. Y no sólo porque el gran público conoció así a algunos candidatos sino por cómo influyó en la intención de voto. De acuerdo con las conclusiones, el 15% de los porteños opinó que esa parodia de la clase política vernácula tenía efecto sobre ellos. Los beneficiados fueron Francisco de Narváez, con su “alica, alicate”, y Sergio Massa, cuyo doble aparecía entonces como el peluquero de la presidenta pero que agradeció (el político real, claro) que el programa le haya dado más visibilidad entre los televidentes, ergo votantes. También es cierto que el humor colaboró al subrayar algunas imágenes ya claramente alicaídas, como es el caso de la del expresidente Fernando de la Rúa tras su mal paso por “ShowMatch”, cuando confundió el nombre de la mujer de Tinelli y no sabía por qué puerta salir del escenario. El humor político es cosa seria. Pero sumamente necesaria. No es lo mismo mirar nuestra realidad –toda nuestra movida historia política– con solemnidad que agregarles a esos mismos hechos una cuota de humor, una mirada inteligente que nos haga, al menos, sonreír.
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