¿Romper con el FMI?
Como los representantes del FMI entienden muy bien, una función clave de su institución consiste en brindarles a los políticos de países en problemas un buen pretexto para aceptar la necesidad de tomar medidas que podrían costarles votos al permitirles afirmar que los burócratas extranjeros ignorantes los han obligado a traicionar sus principios. Sin embargo, aunque en ciertas circunstancias puede resultar beneficiosa la presencia de un chivo emisario tan notorio como el FMI, para la Argentina el papel que está desempeñando la auditoría internacional está provocando consecuencias que son cada vez más negativas. Una razón por la que la clase política nacional, encabezada por el presidente Eduardo Duhalde, no ha hecho ningún intento serio de enfrentar la crisis económica es que le ha sido tan fácil subordinar todo a las negociaciones con el Fondo, las cuales se han convertido en una especie de melodrama diario, dando a entender que de concluir exitosamente el trámite así supuesto la economía no tardaría en recuperar la «normalidad». Si bien es evidente que éste no será el caso porque, a lo sumo, un eventual acuerdo con el FMI serviría más para ahorrarnos males mayores que para poner en marcha un proceso de recuperación vigorosa, la obsesión generalizada por la relación del gobierno con la entidad ha permitido a los políticos y, últimamente, a los obispos a seguir achacándole la responsabilidad por todas las desgracias que se producen en el país. Asimismo, la noción, propagada con entusiasmo por izquierdistas, populistas y clérigos de que en cierto modo la Argentina está «luchando» contra el FMI, ha asegurado que a los demagogos que tanto abundan en el país no les haya faltado materia prima para sus arengas.
Como es lógico, esta situación signada por el «enfrentamiento» que nos ha llevado al borde mismo de una ruptura permanente con el Banco Mundial, la que de formalizarse nos privaría de créditos de miles de millones de dólares destinados a los programas sociales que tan desesperadamente necesitamos, ha venido de perlas a quienes piensan que el mundo sería un lugar mejor sin el FMI. Pero, debería ser innecesario decirlo, los que piensan de este modo no se limitan a los izquierdistas o globalifóbicos que critican al Fondo porque no se dedica a repartir dinero entre los pobres, sino que exige que los gobiernos saneen las cuentas fiscales. También incluyen a muchos «neoliberales» que entienden que los populistas del «Tercer Mundo» se comportarían con mayor racionalidad si se vieran constreñidos a tratar directamente con «los mercados» sin que ningún organismo internacional procurara aconsejarlos o, en caso de emergencia, prestarles el dinero para que sigan aplicando las medidas miopes que siempre prefieren.
No sabemos cómo habrían actuado nuestros gobernantes de no haberles sido dado hacer pensar que las negociaciones con el Fondo importaban más que la crisis económica misma, pero es poco probable que se hubieran conformado con una estrategia minimalista comparable con la ensayada por el presidente Eduardo Duhalde que, al darse cuenta de que la pesificación no sería la panacea que había previsto, optó por intentar persuadir al FMI de que le convendría subsidiarlo a cambio de nada más que algunos compromisos vagos porque la alternativa sería con toda probabilidad peor. Si bien en términos políticos la voluntad de Duhalde de hacer de un acuerdo con el Fondo su único objetivo parece haberle resultado provechosa, significó que el país ha dejado transcurrir casi un año sin empezar a solucionar ningún problema estructural. En efecto, distintos voceros oficiales han hecho de su resistencia a innovar una bandera de lucha, ufanándose de que nada los haría firmar «cualquier cosa», como si a su juicio elaborar un programa económico «sustentable» equivaliera a un acto de lesa patria. Del mismo modo, muchos legisladores han tomado la presencia de la auditoría internacional por una buena excusa para hacer gala de su irresponsabilidad, proponiendo medidas costosas sin otro motivo que el de figurar como enemigos del FMI, actitud que, claro está, no habrá sorprendido del todo a los que creen que en última instancia los únicos que la institución beneficia son los especuladores financieros y los políticos más despreciables.
Como los representantes del FMI entienden muy bien, una función clave de su institución consiste en brindarles a los políticos de países en problemas un buen pretexto para aceptar la necesidad de tomar medidas que podrían costarles votos al permitirles afirmar que los burócratas extranjeros ignorantes los han obligado a traicionar sus principios. Sin embargo, aunque en ciertas circunstancias puede resultar beneficiosa la presencia de un chivo emisario tan notorio como el FMI, para la Argentina el papel que está desempeñando la auditoría internacional está provocando consecuencias que son cada vez más negativas. Una razón por la que la clase política nacional, encabezada por el presidente Eduardo Duhalde, no ha hecho ningún intento serio de enfrentar la crisis económica es que le ha sido tan fácil subordinar todo a las negociaciones con el Fondo, las cuales se han convertido en una especie de melodrama diario, dando a entender que de concluir exitosamente el trámite así supuesto la economía no tardaría en recuperar la "normalidad". Si bien es evidente que éste no será el caso porque, a lo sumo, un eventual acuerdo con el FMI serviría más para ahorrarnos males mayores que para poner en marcha un proceso de recuperación vigorosa, la obsesión generalizada por la relación del gobierno con la entidad ha permitido a los políticos y, últimamente, a los obispos a seguir achacándole la responsabilidad por todas las desgracias que se producen en el país. Asimismo, la noción, propagada con entusiasmo por izquierdistas, populistas y clérigos de que en cierto modo la Argentina está "luchando" contra el FMI, ha asegurado que a los demagogos que tanto abundan en el país no les haya faltado materia prima para sus arengas.
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