“Siempre visitamos los mismos fantasmas”

Editan, finalmente, “¿Por qué prohibieron el circo?”.

Redacción

Por Redacción

En su primera novela “¿Por qué prohibieron el circo?” –que nunca apareció en la Argentina porque los militares retuvieron la salida de la edición y quemaron los ejemplares–, Mempo Giardinelli trae la historia de un joven maestro cuya llegada a un pueblo perdido del interior chaqueño rompe esa aparente calma del pago chico donde parece que nunca ocurre nada. En su exilio mexicano y luego de la salida de “Luna caliente”, Mempo vio su novela publicada en el país azteca, pero no en la Argentina. Ahora se edita aquí para descubrirnos la génesis de su escritura. Mempo Giardinelli nació y vive en el Chaco. Recibió el Premio Rómulo Gallegos 1993 por su novela “Santo Oficio de la Memoria” y también importantes premios literarios en Italia y España. Su obra ha sido traducida a 20 idiomas. – De por sí el itinerario seguido por el libro desde su primera edición trunca y los avatares posteriores parecen salidos de una novela ¿Cómo fue ese proceso de revisitarla, reescribirla, volverla a descubrir a través del tiempo? – En realidad yo había decidido olvidar esta novela. Ni siquiera la incluí en mi CV, ni en ninguna ficha bio-bibliográfica; la negué en todos mis libros. Cosas que uno hace, ¿no? Como que la desdeñé por los disgustos que me deparó hace treinta y tantos años… Y si ahora sale es porque en una charla circunstancial con mi editor, Fernando Fagnani, le conté la historia y él se interesó y me pidió leer el texto. Luego quiso editarla y me puso en un compromiso, porque yo me resistía a reescribirla. Y eso es lo que no hice: reescribirla. Apenas hice unos pequeños retoques a la oralidad de algunos personajes. – Aunque vos la calificas de texto menor ¿no te parece que la novela tiene en germen mucho del universo memponiano? – Sí, si realmente existe ese universo, sin dudas está prefigurado en esta novela. Aunque está claro que la vida, las experiencias, las infinitas lecturas y la responsabilidad de ser escritor, que para mí es un dogma, le van dando mejor forma. Uno es y no es el joven escritor que un día fue, ¿no? – Más allá del argumento, que confesás no lo recordabas bien, al internarte en ese Chaco profundo, en ese pueblo perdido, ¿cuánto de ese paisaje original se ha perdido con los años? ¿No sería posible hoy extraer de la realidad una historia similar? – Lamentablemente se ha perdido muchísimo, sobre todo en los últimos años. El avance de la depredación de los bosques y de la frontera sojera, y el abuso de los agroquímicos, están haciendo un desastre. No sé si hoy se escribiría un texto como este, no creo que lo hiciera yo ni nadie, porque el paisaje chaqueño ha cambiado y sigue cambiando brutalmente. El atropello humano es hoy más evidente como también es más cínico. – En el prólogo mencionás que perfeccionaste la oralidad local de la historia. ¿Parte de las lenguas de los pueblos originarios se ha perdido en estos años? ¿Hay una mayor visibilidad hoy de estas comunidades? – En la primera versión de la novela intenté reproducir una oralidad demasiado explícita, plena de localismos y con un cuidado extremo de la fonética lugareña. Ahora me pareció que eso debía ser morigerado, aunque sin perder el aire, el tono, la coloración. Y no porque se hayan perdido las lenguas de los pueblos originarios, sino todo lo contrario: hoy los pueblos originarios existen, sus lenguas se cultivan, de hecho en el Chaco hay tres lenguas reconocidas (el qom, el wichí y el mocoiq) además del castellano, y hay maestros y hay escuelas bilingües para cada una de ellas. Esto habla de la mayor visibilidad de esas culturas, desde luego, que aún diezmadas están resistiendo. Cuando yo escribí esta novela, hace casi cuarenta años, esos pueblos, que hoy sabemos que son decenas de miles de personas, eran ignorados, negados, y para el poder eran inexistentes. – También hablás en el prólogo de un trabajo arqueológico, pero ¿ese pasado literario no sigue operando en tus nuevas ficciones? – Humm, sí, pero digo arqueológico en el sentido de que “¿Por qué prohibieron el circo?” es una novela que desenterré, digamos, una novela que yo quise condenar a la oscuridad y el silencio, y que treinta años después consiento que se reedite. Quizás por lo mismo que la pregunta sugiere: que todo pasado literario reaparece en cada nueva obra, por un lado; y sobre todo, por el otro, que es cierto nomás que en la literatura estamos siempre visitando los mismos fantasmas. (Télam).


En su primera novela “¿Por qué prohibieron el circo?” –que nunca apareció en la Argentina porque los militares retuvieron la salida de la edición y quemaron los ejemplares–, Mempo Giardinelli trae la historia de un joven maestro cuya llegada a un pueblo perdido del interior chaqueño rompe esa aparente calma del pago chico donde parece que nunca ocurre nada. En su exilio mexicano y luego de la salida de “Luna caliente”, Mempo vio su novela publicada en el país azteca, pero no en la Argentina. Ahora se edita aquí para descubrirnos la génesis de su escritura. Mempo Giardinelli nació y vive en el Chaco. Recibió el Premio Rómulo Gallegos 1993 por su novela “Santo Oficio de la Memoria” y también importantes premios literarios en Italia y España. Su obra ha sido traducida a 20 idiomas. – De por sí el itinerario seguido por el libro desde su primera edición trunca y los avatares posteriores parecen salidos de una novela ¿Cómo fue ese proceso de revisitarla, reescribirla, volverla a descubrir a través del tiempo? – En realidad yo había decidido olvidar esta novela. Ni siquiera la incluí en mi CV, ni en ninguna ficha bio-bibliográfica; la negué en todos mis libros. Cosas que uno hace, ¿no? Como que la desdeñé por los disgustos que me deparó hace treinta y tantos años... Y si ahora sale es porque en una charla circunstancial con mi editor, Fernando Fagnani, le conté la historia y él se interesó y me pidió leer el texto. Luego quiso editarla y me puso en un compromiso, porque yo me resistía a reescribirla. Y eso es lo que no hice: reescribirla. Apenas hice unos pequeños retoques a la oralidad de algunos personajes. – Aunque vos la calificas de texto menor ¿no te parece que la novela tiene en germen mucho del universo memponiano? – Sí, si realmente existe ese universo, sin dudas está prefigurado en esta novela. Aunque está claro que la vida, las experiencias, las infinitas lecturas y la responsabilidad de ser escritor, que para mí es un dogma, le van dando mejor forma. Uno es y no es el joven escritor que un día fue, ¿no? – Más allá del argumento, que confesás no lo recordabas bien, al internarte en ese Chaco profundo, en ese pueblo perdido, ¿cuánto de ese paisaje original se ha perdido con los años? ¿No sería posible hoy extraer de la realidad una historia similar? – Lamentablemente se ha perdido muchísimo, sobre todo en los últimos años. El avance de la depredación de los bosques y de la frontera sojera, y el abuso de los agroquímicos, están haciendo un desastre. No sé si hoy se escribiría un texto como este, no creo que lo hiciera yo ni nadie, porque el paisaje chaqueño ha cambiado y sigue cambiando brutalmente. El atropello humano es hoy más evidente como también es más cínico. – En el prólogo mencionás que perfeccionaste la oralidad local de la historia. ¿Parte de las lenguas de los pueblos originarios se ha perdido en estos años? ¿Hay una mayor visibilidad hoy de estas comunidades? – En la primera versión de la novela intenté reproducir una oralidad demasiado explícita, plena de localismos y con un cuidado extremo de la fonética lugareña. Ahora me pareció que eso debía ser morigerado, aunque sin perder el aire, el tono, la coloración. Y no porque se hayan perdido las lenguas de los pueblos originarios, sino todo lo contrario: hoy los pueblos originarios existen, sus lenguas se cultivan, de hecho en el Chaco hay tres lenguas reconocidas (el qom, el wichí y el mocoiq) además del castellano, y hay maestros y hay escuelas bilingües para cada una de ellas. Esto habla de la mayor visibilidad de esas culturas, desde luego, que aún diezmadas están resistiendo. Cuando yo escribí esta novela, hace casi cuarenta años, esos pueblos, que hoy sabemos que son decenas de miles de personas, eran ignorados, negados, y para el poder eran inexistentes. – También hablás en el prólogo de un trabajo arqueológico, pero ¿ese pasado literario no sigue operando en tus nuevas ficciones? – Humm, sí, pero digo arqueológico en el sentido de que “¿Por qué prohibieron el circo?” es una novela que desenterré, digamos, una novela que yo quise condenar a la oscuridad y el silencio, y que treinta años después consiento que se reedite. Quizás por lo mismo que la pregunta sugiere: que todo pasado literario reaparece en cada nueva obra, por un lado; y sobre todo, por el otro, que es cierto nomás que en la literatura estamos siempre visitando los mismos fantasmas. (Télam).

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