El centro se apodera del escenario político de Costa Rica
EMILIO J. CÁRDENAS (*)
Costa Rica es la joya política de América Central. Ordenado, estable, respetuoso y tolerante, el pequeño país abolió las fuerzas armadas en 1949 y se ha mantenido siempre fiel a las estructuras democráticas y a sus valores, incluyendo el de los equilibrios entre los diferentes poderes del Estado. Acaba de tener, ordenadamente, sus elecciones presidenciales, con un resultado bastante inesperado. Porque los dos candidatos del centro serán los que compitan entre sí en la segunda vuelta, prevista para el 9 de abril venidero. En efecto, la gran sorpresa de la elección ha sido la victoria, ajustada por cierto, del candidato centrista: Luis Guillermo Solís, un relativo novato en el mundo de la política tica que tuvo un ascenso realmente vertiginoso en las preferencias de los votantes todo a lo largo de las tres semanas previas a la primera vuelta electoral. Con su partido, Acción Ciudadana, Solís obtuvo nada menos que el 30,8% de los sufragios, derrotando así al exalcalde Johnny Araya, de 56 años, también del centro, aunque con algún ligero sabor a centroizquierda, que competía con los colores propios del oficialismo, esto es del tradicional Partido Liberación Nacional, y logró el 29,6% de los sufragios. El gran derrotado en la contienda fue José María Villalta, el candidato de la izquierda, esto es del llamado Frente Amplio, quien, con propuestas tildadas de extremistas, no logró generar confianza en los votantes y sólo cosechó un escuálido 17% de los sufragios. Solís es un historiador, de 55 años. El suyo es, en rigor, un conglomerado de fuerzas políticas distintas, sustancialmente de centro, es cierto, pero con alguna participación de la izquierda moderada. Estos últimos son los votantes que prefirieron no entonar las melodías de clara tendencia hacia la izquierda que tarareaba Villalta. Es tiempo ahora de negociaciones. De buscar coaliciones y apoyos. Incluyendo en ellas, por cierto, al diputado y ecologista Villalta y a sus correligionarios. Quizás la cuestión que decida la segunda vuelta sea la de la corrupción, de la que se acusa al oficialismo. Seguramente ese tema será puesto sobre la mesa por Solís quien, cabe recordar, abandonó al oficialismo en el 2005, acusándolo de “haber perdido el alma”, una manera ciertamente sutil de referirse a la deshonestidad. Pero también se acercará previsiblemente a las fuerzas de Otto Guevara, un derechista y libertario con quien seguramente Solís encontrará más afinidades y coincidencias que con Villalta. Araya seguramente invocará a su favor la experiencia que él mismo tiene en la tarea de gobernar. Y la de su partido, que aún conserva el timón del poder. Esto pese a que lo cierto es que la gestión de Laura Chinchilla está muy lejos de haber conformado a los costarricenses, a punto tal que es una de las razones centrales que explican la derrota reciente del oficialismo en las urnas. Su administración no sólo ha sido ineficiente, sino que ha estado plagada de escándalos de corrupción, dejando tras de sí un déficit fiscal del 5,5% del PBI y una deuda pública que se tiene por elevada, pese a que sólo supone el 50% del PBI de Costa Rica. El Congreso costarricense ha quedado ahora fraccionado. Al menos en el plano de las agrupaciones políticas. Pero no en materia ideológica, necesariamente, desde que el centro predominará netamente en su seno. El oficialismo, que hizo su peor elección en las seis última décadas, tendrá 18 bancas parlamentarias; los partidarios de Solís, 13; la izquierda, 9; la derecha que responde a Otto Guevara, también 9; y los libertarios, 3. Un verdadero mosaico partidario, entonces, pero con clara predominancia de las ideas y propuestas de centro. Quien finalmente se imponga en la segunda vuelta asumirá un mandato presidencial de cuatro años, que comenzará el 8 de mayo próximo. Habrá que esperar para determinar cuál de los dos candidatos del centro alcanza el poder. Las dos opciones son bien posibles. Ninguno de los dos está fuera de carrera. Mucho dependerá, creemos, de cuán efectivo sea Araya en poder separarse de la sombra que proyecta sobre su partido la actual presidenta, Laura Chinchilla. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
EMILIO J. CÁRDENAS (*)
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