El vino como herencia: la familia que recuperó sus raíces en el Alto Valle

Tras décadas de interrupción, Mabellini Wines rescata la tradición vitivinícola familiar en Mainqué. Hoy preservan viñedos de más de 80 años y proyectan el futuro de la región desde su propio pasado.

Redacción

Por Juan Manuel Larrieu

La familia Mabellini hacía vino en una chacra del Alto Valle mucho antes de que existiera la bodega. La tradición se interrumpió en los años ‘70, pero permaneció en la memoria de Carlos, que décadas después decidió recuperarla junto a su mujer, Lorena. Hoy elaboran vinos de alta gama y trabajan en Mainqué con viñas de más de 80 años que guardan parte de la historia vitivinícola de la región.

Hay una imagen de su infancia que Carlos Mabellini todavía conserva. Es la de una jarra de vino dando vueltas alrededor de una mesa en una chacra de “Puente La S”, en el Alto Valle.


El vino se hacía allí mismo. Era sencillo, artesanal y no tenía ninguna pretensión comercial. Acompañaba las comidas, las conversaciones y momentos especiales como la carneada, cuando familiares y amigos se reunían alrededor de la mesa. Mucho antes de que existiera Mabellini Wines, los Mabellini ya hacían vino en la Patagonia.

La historia había comenzado a fines de la década de 1920 con la llegada desde Brescia, Italia, de Pedro Mabellini, el nonno de Carlos. Como tantos inmigrantes de aquellos años, encontró en el Alto Valle un lugar donde trabajar la tierra y construir una vida alrededor de la producción.


Después, aquella relación con la chacra y el vino continuó con Giovanni, tío de Carlos. En “Puente La S”, entre frutales y una pequeña viña, elaboraba el vino que acompañaría buena parte de los recuerdos familiares. En un pequeño galpón tenía una pileta de fermentación de mampostería, una moledora y un mostímetro, y llegaba a producir unos 5.000 litros por temporada.

“Más que las características del vino, lo que permanece en la memoria es lo que generaba alrededor de la mesa: el encuentro, la familia, los amigos”, recuerda Carlos. Entre los años ‘70 y ‘80 aquella elaboración se terminó. Las vides dieron paso a manzanas y peras y durante décadas los Mabellini dejaron de hacer vino. Pero no abandonaron la chacra. Y tampoco desapareció completamente el vino.


De Borgoña y Toscana, otra vez al Alto Valle



Carlos comenzó años después su propio recorrido. Estudió, probó, aprendió y se convirtió en un apasionado coleccionista. Junto a su mujer, Lorena Nicolás Creide, aprovechaba cada viaje para conocer regiones vitivinícolas. Caminaron viñedos de Borgoña y Burdeos, recorrieron Toscana y Piemonte, conocieron Napa Valley y buena parte de las regiones productoras argentinas. Hasta que esa búsqueda terminó llevándolo, paradójicamente, al lugar donde todo había comenzado.

Carlos y Lorena llevaron sus vinos al Argentina Reloaded 2026.


“Llegó un momento en que dejó de alcanzarme con disfrutar el vino solamente como consumidor. Apareció el deseo de producirlo, de entenderlo desde adentro y de hacer algo propio en la Patagonia”, cuenta. En 2017, Carlos y Lorena tomaron la decisión: la familia volvería a hacer vino. Y también recuperaría su nombre. Mabellini no sería solamente una marca, sino un puente entre aquella familia que había llegado al Alto Valle casi un siglo atrás y una nueva generación dispuesta a recuperar su historia.


112 filas que guardaban una historia



Hoy Mabellini Wines trabaja unas 25 hectáreas propias: 20 en Mainqué, Río Negro, y otras cinco en Neuquén. Produce alrededor de 70.000 litros anuales y sus vinos ya comenzaron un camino de internacionalización, con presencia en Francia y avances sobre mercados como Italia y Brasil.


Pero fue en Mainqué donde encontraron algo que terminó modificando parte del proyecto. En uno de sus viñedos sobrevivían plantas de más de 80 años. Cuando comenzaron a estudiarlas descubrieron que aquellas hileras guardaban una diversidad mucho mayor de la que imaginaban. Había distintas variedades mezcladas y algunas prácticamente desaparecidas de la viticultura actual.

Así nació “112 filas”, un proyecto para identificar, estudiar y preservar ese patrimonio. Entre esas plantas apareció también la Balsamina Patagónica, una antigua variedad ligada a la historia vitivinícola regional. Para Carlos, allí puede esconderse además una de las claves del futuro del Alto Valle.


“No se trata de intentar parecernos a otras regiones vitivinícolas, sino de mirar hacia adentro, recuperar lo que tenemos y diferenciarnos a partir de aquello que forma parte de nuestra propia historia y de nuestro territorio”. Quizás esa idea explique mejor que ninguna otra lo que ocurrió con Mabellini.

Carlos recorrió algunos de los grandes territorios del vino buscando aprender. Pero finalmente encontró lo que quería contar en unas viejas plantas de Mainqué y en el recuerdo de aquella jarra que circulaba por la mesa familiar. Ahora piensa en lo que vendrá. Y cuando habla del futuro no menciona primero cantidad de botellas ni hectáreas.


“Me gustaría que la próxima generación reciba algo más que una bodega. Que reciba viñedos preservados, una tierra cuidada y una manera de entender la producción profundamente vinculada con la naturaleza”. Casi cien años después de la llegada del primer Mabellini a la Patagonia, la historia volvió al mismo lugar: la tierra. Y desde allí volvió a hacerse vino.


La familia Mabellini hacía vino en una chacra del Alto Valle mucho antes de que existiera la bodega. La tradición se interrumpió en los años ‘70, pero permaneció en la memoria de Carlos, que décadas después decidió recuperarla junto a su mujer, Lorena. Hoy elaboran vinos de alta gama y trabajan en Mainqué con viñas de más de 80 años que guardan parte de la historia vitivinícola de la región.

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