Mundos paralelos

Redacción

Por Redacción

ALEARDO LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar

Plutarco, en el siglo I, escribió su célebre colección de biografías agrupadas por parejas –un personaje griego frente a otro romano– con el propósito de resaltar, más que las anécdotas históricas, “las disposiciones naturales de los hombres”. Siguiendo una metodología similar se podría hacer un análisis paralelo entre los procesos políticos que viven Argentina y Venezuela, para buscar similitudes que nos den pistas sobre la naturaleza de ambos regímenes. Sorprende observar que en este final de etapa el gobierno de la presidenta Cristina Fernández replica, casi en forma mimética, el lenguaje y el estilo del presidente Maduro en Venezuela. En su reciente discurso del 4 de febrero, la presidenta Cristina Fernández tuvo expresiones muy agresivas hacia el mundo de la empresa. Hizo una exhortación a los dirigentes sindicales a acompañar (haciéndose presentes) en cada supermercado, acompañar en cada hipermercado, acompañar en cada farmacia” para que “los Precios Cuidados estén y sean respetados”. A continuación añadió que “la gente común se dio cuenta de que los estaban saqueando y no vamos a permitir que sigan saqueando el bolsillo de los argentinos”. En Venezuela, a instancias del presidente Maduro, la Asamblea Nacional ha aprobado una ley de Precios Justos en virtud de la cual se fija un tope para las ganancias por la comercialización de los productos que en ningún caso puede ser superior al 30%, estableciéndose penas de hasta 14 años de prisión para los eventuales acaparadores. Esta política autoritaria ha sido acompañada por una dura descalificación al sector empresarial: “Todo lo que sea bueno para Venezuela es malo para ellos, y todo lo que sea malo para Venezuela es bueno para ellos, una fórmula mágica de la maldad, de la trilogía del mal, Fedecámaras, Consecomercio (Consejo Nacional del Comercio) y Venamcham (Cámara Venezolana Americana), les llegará su hora, les llegará su hora definitiva, a ustedes como burguesía parasitaria”, dijo Maduro. Según el mandatario venezolano, las corporaciones empresariales “quieren destruir la revolución para después repartirse el botín (…) privatizarlo todo”. La presidenta Cristina Fernández, en el discurso que estamos glosando, se manifestó de modo similar al sostener que “el liberalismo, en la década de los 90, dijo: ‘El Estado no sirve para nada, privaticemos todo, que el mercado todo lo va a resolver y todo llega por derrame’”. Añadió que si la sociedad se cruza de brazos y deja que las fuerzas del mercado dominen la economía, no les irá bien a los argentinos, para afirmar a continuación que “mientras yo sea presidenta, este Estado no se va convertir nunca en un (malvado) empresario”. Esta descalificación frívola de la totalidad del mundo empresarial es un subproducto de la visión que el populismo de izquierda acunaba en la década del setenta. Siguiendo esa estela, la presidenta se quejó de que “los empresarios tienen asegurada la ganancia, tienen asegurada la demanda” pero resulta que en lugar de reinvertir sus ganancias en el país, de apostar por el país, “fugan al exterior sus divisas al contado o con liqui”. Según la interpretación presidencial, el problema consiste en que nunca hemos tenido una burguesía con conciencia nacional, que es al parecer “lo que tienen todos los países desarrollados”. En los discursos de la presidenta argentina y el venezolano existe otra gran coincidencia. En palabras de un observador internacional en los discursos de Maduro parece una constante: “…Ni una palabra sobre cómo Venezuela va a enfrentar el retraso cambiario. Ni una palabra sobre cómo atacar el problema inflacionario. Ni una palabra sobre cómo estimular el aparato productivo nacional, la generación de divisas y levantar del piso las reservas internacionales. Ni una palabra sobre lo que está pasando en Pdvsa y, porque con precios del crudo altos y estables, el flujo de entrada de dólares de Venezuela no alcanza para atender los compromisos y las necesidades de la economía”. Es notorio que los discursos de Cristina Fernández adolecen del mismo apabullante vacío argumental. La descalificación permanente del mundo empresarial es una constante en estas dos versiones del populismo, que encuentran en los empresarios el chivo expiatorio adecuado para endosarles el precio de sus fracasos. Se trata de un discurso anacrónico, propio de las ideologías del siglo XX, que no tiene cabida en las democracias modernas donde todos los sectores sociales contribuyen, de un modo u otro, al bienestar general. La atribución de la responsabilidad por los problemas que afronta el país a un determinado sector corporativo carece del menor rigor intelectual. Naturalmente, en todos los países se cuecen habas, pero en los países desarrollados las posiciones dominantes de mercado son combatidas destruyendo las barreras de ingreso o los privilegios corporativos para favorecer la competencia interempresarial. En los regímenes populistas de Venezuela y Argentina lo que se hace es justamente lo contrario. Con el falso argumento de ayudar al nacimiento de una “burguesía nacional” se fomenta un capitalismo de amigos. Muestra elocuentes de este capitalismo prebendario son las inusuales riquezas reunidas en poco tiempo por Cristóbal López, Lázaro Báez o el propio matrimonio de Néstor y Cristina Kirchner. En los tiempos en que todavía vivía Néstor Kirchner, los analistas internacionales no estaban muy convencidos de si era correcto situar a Argentina en el bloque del “socialismo del siglo XXI”. Esas dudas han quedado despejadas desde que Cristina Fernández anunció su propósito de “ir por todo”. Los gobiernos de Argentina y Venezuela se parecen hoy como dos gotas de agua. Ambos gobiernos parecen instalados en una competencia extraña donde el objetivo pareciera ser alcanzar el mayor grado de descrédito internacional.


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