La economía se independiza de la gente
JAMES NEILSON
Hace poco, un ucraniano afincado en California y su socio norteamericano vendieron a Facebook una aplicación móvil llamada WhatsApp por 19.000 millones de dólares. Así, pues, para el mercado algunas ideas claramente excepcionales valen más que el producto bruto anual de Afganistán y casi lo mismo que el de Bolivia. Merced a la globalización, el inventor o fabricante de un nuevo producto o servicio que otros quieren comprar puede conseguir fortunas fabulosas con una rapidez desconcertante. Se trata de una consecuencia de la vieja ley de oferta y demanda que, por cierto, no se limita al mundo de la informática. Si algo deseable escasea su precio subirá hasta niveles apenas concebibles. ¿Usted quiere ser dueño de un tríptico del pintor Francis Bacon? A menos que sea un ladrón habilísimo, tendría que desembolsar aproximadamente 150 millones de dólares. No es cuestión del hipotético valor artístico de los cuadros; desde el punto de vista de un esteta, una reproducción fiel resultaría ser igualmente satisfactoria pero, puesto que habría muchas, su valor de mercado se mediría en centavos. En algunos casos es fácil entender la lógica del mercado. Las hazañas de un deportista de elite como Messi, la venta de libros de la serie Harry Potter o el atractivo de ciertas estrellas cinematográficas rinden tanto dinero que es natural que los protagonistas compartan las ganancias. En otros casos el asunto no es tan claro. Los CEO de grandes empresas que tambalean al borde de la bancarrota también pueden recibir honorarios gigantescos por sus servicios porque a ellos mismos les es dado decidir cuánto a su juicio les corresponde, con el resultado de que en los últimos años se ha ampliado muchísimo la brecha entre lo que algunos ganan y los salarios del grueso de sus empleados. Desgraciadamente para éstos, muchos ya son prescindibles y todo hace prever que aún más lo sean en los próximos años. El progreso tecnológico está eliminando empleos no sólo en las fábricas sino también en oficinas antes ocupadas por ejecutivos bien remunerados. Los preocupados por el fenómeno dicen que el cambio apenas se ha iniciado, que pronto adquirirá las proporciones de un tsunami o, si se prefiere, de una bomba neutrónica que mata a la gente sin causar daños a estructuras e instalaciones. Temen que dentro de poco las economías sean mucho más productivas que en la actualidad pero que los beneficios sean monopolizados por un puñado de afortunados, integrantes de aquel “0,1%” cuya opulencia motiva tanta indignación entre los contestatarios. Desde la Edad de Piedra no han existido sociedades realmente igualitarias, pero en una época en que gracias en buena medida a la revolución de las comunicaciones electrónicas todos pueden comparar sus propios ingresos con los de los más ricos resultaría insostenible un esquema como el previsto por los convencidos de que estamos en vísperas de una especie de restauración del orden decimonónico, cuando no medieval. Irónicamente, lo que vaticinan se asemeja mucho a las sociedades de países comunistas como Cuba y Corea del Norte, en que los más poderosos disfrutan de privilegios materiales envidiables y los demás viven en la pobreza extrema, con la diferencia de que en aquellos países la riqueza depende del lugar de uno en la jerarquía política y en otros, del funcionamiento del sistema capitalista. De todas formas, el problema no es que una minoría muy pequeña tenga tanto. Es que parecería que los demás tendrán que conformarse con un nivel de vida muy inferior al esperado. Siempre y cuando se dé la sensación de que, con un mínimo de suerte y mucho trabajo, todos podrán abrirse camino, pocos envidian a los ricos que, al fin y al cabo, no suelen ser más felices que quienes perciben mucho menos. En cambio, de sentirse atrapada la mayoría abrumadora en un orden social en que los premios y castigos se vean repartidos según criterios perversos, ya que son incompatibles con los principios éticos supuestamente vigentes, no podrá sino votar a favor de quienes se comprometan a desmantelarlo. Así y todo, cualquier intento de asegurar que todos tengan una oportunidad para conseguir lo que presuntamente merecen resultará muy problemático. En las sociedades actuales el amor propio importa. A pocos les gustaría depender de la caridad ajena. Hasta los herederos de grandes fortunas suelen atribuir su buena suerte a sus propios méritos o, si hacerlo es imposible, a los aportes de sus antepasados. En la Argentina abundan los que se sienten más escandalizados por la presunta indolencia de quienes para sobrevivir dependen de subsidios estatales que por el despilfarro de los multimillonarios. Puede que ellos mismos se hayan visto beneficiados por el desprolijo sistema de reparto improvisado por una serie de gobiernos, pero ello no obstante están convencidos de que, en el fondo, son capaces de valerse por sí mismos. La globalización motorizada por el vertiginoso progreso de la tecnología plantea a las elites políticas un desafío nada sencillo. Tendrán que encontrar la forma de reconciliar a pueblos comprometidos con “la cultura del trabajo” con la posibilidad de que sus aportes económicos hayan dejado de ser necesarios. Cuando dicha eventualidad pareció utópica, quienes fantaseaban en torno al regreso a una mítica edad de oro en que nadie tuvo que ganar el pan con el sudor de su frente imaginaban que todos podrían dedicarse a actividades creativas. Según Nancy Pelosi, la líder del bloque de diputados demócratas en Estados Unidos, gracias a los programas sociales impulsados por Barack Obama los norteamericanos podrían abandonar sus empleos actuales para “escribir poesía, entre otras cosas”. Un tanto más realista, Karl Marx dijo que la opulencia generalizada significaría que las generaciones futuras podrían “hacer una cosa hoy y otra mañana, cazar en la mañana, pescar en la tarde, arrear ganado en la noche y criticar después de la cena”. Si los destinados a verse descolocados por los cambios que ya están en marcha fueran aristócratas deseosos de vivir como terratenientes ociosos o intelectuales, tales profecías tendrían algún sentido pero, bien que mal, muy pocos lo son, razón por la que la brecha creciente que está abriéndose entre lo económicamente útil y lo que la mayoría está en condiciones de hacer no puede sino motivar alarma.
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