Entre la política y la economía
A comienzos del año el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, tardíamente consciente de que la economía se deslizaba hacia una crisis peligrosísima, dio a entender que procuraría obrar con más seriedad que antes, de ahí la devaluación del peso, algunos tarifazos y los acuerdos con Repsol y el Club de París, además de los arreglos con empresas que le habían ganado juicios en el Ciadi. Se trataba de una ilusión. Si bien el gobierno se animaría a tomar medidas antipáticas que dirigentes opositores no vacilarían en calificar de “neoliberales”, a partir de abril se ha negado a frenar el aumento del gasto público que ha seguido subiendo a una velocidad alarmante. Aun cuando el conflicto con los holdouts “buitres” dejara de motivar preocupación, el país se acercaría a una situación límite debido a la voluntad oficial de continuar expandiendo la oferta monetaria y gastar cada vez más con la presunta esperanza “keynesiana” de estimular una economía letárgica. Hasta ahora, no hay señal alguna de que la inyección de decenas de miles de millones de pesos haya tenido el impacto que habrá previsto el ministro de Economía Axel Kicillof. Por el contrario, en los meses últimos la recesión se ha profundizado, el consumo incluso de bienes imprescindibles ha caído y se teme que esté por aumentar mucho el desempleo. Al agotarse “el modelo” kirchnerista, el gobierno se ha visto frente a un dilema sumamente ingrato. Si privilegia el realismo económico, traicionaría sus propios principios; en cambio, de aferrarse Cristina a la ideología voluntarista que improvisó sobre la marcha, podría protagonizar una catástrofe económica equiparable con la provocada en su país por los chavistas venezolanos. Por un rato, pareció que había optado por intentar manejar la economía con mayor sensatez sin por eso modificar la retórica populista que tanto la había ayudado a conseguir el apoyo de sectores muy amplios, pero pronto se hizo evidente que los esfuerzos del gobierno por llevar a cabo un ajuste sin que nadie se diera cuenta sólo servían para sembrar más confusión, razón por la que se ha difundido la impresión de que la presidenta ha caído nuevamente en la tentación de interpretar la realidad en términos netamente políticos. Huelga decir que la embestida de los holdouts le ha brindado un pretexto adicional para resistirse a prestar atención a las advertencias de los economistas denostados como “ortodoxos”. Con la colaboración involuntaria de dirigentes políticos norteamericanos y europeos, a quienes nadie pensaría en acusar de tener ideas revolucionarias, que la han respaldado en su lucha contra los fondos especulativos, parece haberse persuadido de que sería capaz de derrotar políticamente no sólo a los holdouts y la Justicia de Estados Unidos sino también a cualquiera que cuestione la viabilidad de su “modelo” particular. En buena lógica, no hay vínculo alguno entre el ataque de los “buitres” por un lado y la evolución anterior de la economía nacional por el otro, pero al parecerle a Cristina que lo que más cuenta en última instancia es la política, no los malditos números, habrá decidido apostar a que le sea dado cambiar la realidad económica movilizando la opinión pública. Es por lo menos factible, si bien poco probable, que el grueso de la ciudadanía se conforme con el triunfo moral que el gobierno ya ha conseguido sobre los holdouts, resignándose a pagar los costos que nos supondría cualquier desenlace del drama que ha tenido su epicentro en el despacho del juez neoyorquino Thomas Griesa, pero no hay posibilidad alguna de que reaccione frente a un eventual colapso económico felicitando a los kirchneristas por haber antepuesto su “relato” fantasioso al sentido común. Los militantes aparte, muy pocos sienten interés alguno en los temas ideológicos que obsesionan a los oficialistas más locuaces. Para la mayoría, sólo importan los resultados concretos de la gestión de Cristina. Hasta los días que siguieron a la reelección, la convicción de que el país por fin había encontrado el camino que lo llevaría al desarrollo equitativo le aseguraba a la presidenta un nivel envidiable de popularidad, pero desde entonces todo se ha venido abajo. A menos que el gobierno kirchnerista encuentre la forma de reanimar la economía, los intentos de politizar la crisis que está sufriendo fracasarán.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 23 de julio de 2014
A comienzos del año el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, tardíamente consciente de que la economía se deslizaba hacia una crisis peligrosísima, dio a entender que procuraría obrar con más seriedad que antes, de ahí la devaluación del peso, algunos tarifazos y los acuerdos con Repsol y el Club de París, además de los arreglos con empresas que le habían ganado juicios en el Ciadi. Se trataba de una ilusión. Si bien el gobierno se animaría a tomar medidas antipáticas que dirigentes opositores no vacilarían en calificar de “neoliberales”, a partir de abril se ha negado a frenar el aumento del gasto público que ha seguido subiendo a una velocidad alarmante. Aun cuando el conflicto con los holdouts “buitres” dejara de motivar preocupación, el país se acercaría a una situación límite debido a la voluntad oficial de continuar expandiendo la oferta monetaria y gastar cada vez más con la presunta esperanza “keynesiana” de estimular una economía letárgica. Hasta ahora, no hay señal alguna de que la inyección de decenas de miles de millones de pesos haya tenido el impacto que habrá previsto el ministro de Economía Axel Kicillof. Por el contrario, en los meses últimos la recesión se ha profundizado, el consumo incluso de bienes imprescindibles ha caído y se teme que esté por aumentar mucho el desempleo. Al agotarse “el modelo” kirchnerista, el gobierno se ha visto frente a un dilema sumamente ingrato. Si privilegia el realismo económico, traicionaría sus propios principios; en cambio, de aferrarse Cristina a la ideología voluntarista que improvisó sobre la marcha, podría protagonizar una catástrofe económica equiparable con la provocada en su país por los chavistas venezolanos. Por un rato, pareció que había optado por intentar manejar la economía con mayor sensatez sin por eso modificar la retórica populista que tanto la había ayudado a conseguir el apoyo de sectores muy amplios, pero pronto se hizo evidente que los esfuerzos del gobierno por llevar a cabo un ajuste sin que nadie se diera cuenta sólo servían para sembrar más confusión, razón por la que se ha difundido la impresión de que la presidenta ha caído nuevamente en la tentación de interpretar la realidad en términos netamente políticos. Huelga decir que la embestida de los holdouts le ha brindado un pretexto adicional para resistirse a prestar atención a las advertencias de los economistas denostados como “ortodoxos”. Con la colaboración involuntaria de dirigentes políticos norteamericanos y europeos, a quienes nadie pensaría en acusar de tener ideas revolucionarias, que la han respaldado en su lucha contra los fondos especulativos, parece haberse persuadido de que sería capaz de derrotar políticamente no sólo a los holdouts y la Justicia de Estados Unidos sino también a cualquiera que cuestione la viabilidad de su “modelo” particular. En buena lógica, no hay vínculo alguno entre el ataque de los “buitres” por un lado y la evolución anterior de la economía nacional por el otro, pero al parecerle a Cristina que lo que más cuenta en última instancia es la política, no los malditos números, habrá decidido apostar a que le sea dado cambiar la realidad económica movilizando la opinión pública. Es por lo menos factible, si bien poco probable, que el grueso de la ciudadanía se conforme con el triunfo moral que el gobierno ya ha conseguido sobre los holdouts, resignándose a pagar los costos que nos supondría cualquier desenlace del drama que ha tenido su epicentro en el despacho del juez neoyorquino Thomas Griesa, pero no hay posibilidad alguna de que reaccione frente a un eventual colapso económico felicitando a los kirchneristas por haber antepuesto su “relato” fantasioso al sentido común. Los militantes aparte, muy pocos sienten interés alguno en los temas ideológicos que obsesionan a los oficialistas más locuaces. Para la mayoría, sólo importan los resultados concretos de la gestión de Cristina. Hasta los días que siguieron a la reelección, la convicción de que el país por fin había encontrado el camino que lo llevaría al desarrollo equitativo le aseguraba a la presidenta un nivel envidiable de popularidad, pero desde entonces todo se ha venido abajo. A menos que el gobierno kirchnerista encuentre la forma de reanimar la economía, los intentos de politizar la crisis que está sufriendo fracasarán.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora