La anarquía mata
Desde hace más de medio siglo los preocupados por la seguridad están advirtiéndonos sobre lo peligroso que sería que armas de destrucción masiva cayeran en manos de terroristas, criminales o fanáticos capaces de usarlas. Hasta ahora las pesadillas más alarmantes han permanecido especulativas, pero acaba de confirmarse que los riesgos planteados por la proliferación de armas que tal vez no sean “de destrucción masiva” pero que así y todo son muy sofisticadas distan de ser meramente hipotéticos. No parece haber demasiadas dudas de que el avión de pasajeros de Malaysia Airlines fue derribado por un misil tierra-aire disparado por separatistas prorrusos que habían conseguido pertrecharse de baterías de misiles Buk. Ya habían logrado derribar aviones militares ucranianos y, según la información disponible, no lograron distinguir entre el Boeing 777 con casi 300 pasajeros a bordo y otros aviones que sobrevolaban Ucrania occidental. Nadie cree que el presidente ruso Vladimir Putin les haya ordenado disparar contra el vuelo MH17, pero muchos, encabezados por el presidente norteamericano Barack Obama, sí están convencidos de que la responsabilidad del desastre es suya por haber permitido que los separatistas contaran con armas suficientes como para hacer frente a las fuerzas militares ucranianas. Por su parte, Putin atribuye la catástrofe a la incapacidad de los ucranianos de pacificar las regiones en que milicias secesionistas, alentadas por la anexión de la península de Crimea, quieren que Moscú les brinde toda la ayuda que necesitan: dinero, “asesores” militares y, desde luego, armas más potentes que las habitualmente empleadas por grupos de rebeldes. Putin tendrá razón cuando dice que el gobierno de Kiev no ha podido poner fin a la insurrección que ha hecho de una franja de Ucrania oriental una tierra de nadie anárquica, pero de no haber sido por el apoyo de la Federación Rusa ya lo habría logrado. La frontera entre Rusia y Ucrania se ha convertido en una zona parecida a Somalia, casi todo el Oriente Medio y el norte de Pakistán, que se ven dominados por bandas de aventureros sanguinarios. Si hay una diferencia, es que, desde el desmoronamiento de la Unión Soviética, los combatientes poseen armas más modernas y mucho más mortíferas. Para restaurar un mínimo de orden sería preciso que Rusia y Ucrania colaboraran estrechamente. Parecería que, con la elección de un gobierno de legitimidad democrática indiscutible en Ucrania, acompañada por sanciones económicas contra Rusia que ya han tenido un impacto muy fuerte, Putin ha llegado a la conclusión de que no le convendría seguir hostigando a sus vecinos, pero que ya no están en condiciones de controlar a los separatistas que, a pesar de sentirse traicionados por quien suponían era su padrino, se resisten a darse por vencidos. Además de acusar a Rusia de haber causado, si bien indirectamente, el derribo del avión de pasajeros sobre una zona ocupada por separatistas, Obama insiste en que la tragedia debería servir de “un llamado de atención” para aquellos países de la Unión Europea que han sido reacios a presionar a los rusos mediante sanciones. Aunque la crisis estalló cuando la mayoría de los ucranianos se rebeló contra un gobierno que se había negado a firmar un pacto con Bruselas, lo que a su juicio cerraría el camino a la eventual integración de su país paupérrimo a la UE, muchos europeos, en especial los alemanes, han preferido mantener una actitud pasiva, como si se tratara de un conflicto que no les interesaba. Sucede que la UE, que en su conjunto es un gigante económico, se ha acostumbrado tanto a depender de Estados Unidos por su seguridad que a sus dirigentes les parece natural limitarse a aprovechar las oportunidades comerciales que se presentan dejando que los norteamericanos se encarguen de garantizar cierto orden en el resto del mundo, incluso en su propio vecindario. Por antipático que les sea, a menos que se hayan resignado a ser víctimas permanentes de la agresión ajena, en adelante los europeos tendrán que asumir una postura más activa, puesto que Estados Unidos no quiere continuar desempeñando el papel ingrato de gendarme internacional y transcurrirán años antes de que China acepte reemplazarlo, si es que un día lo cree necesario.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 25 de julio de 2014
Desde hace más de medio siglo los preocupados por la seguridad están advirtiéndonos sobre lo peligroso que sería que armas de destrucción masiva cayeran en manos de terroristas, criminales o fanáticos capaces de usarlas. Hasta ahora las pesadillas más alarmantes han permanecido especulativas, pero acaba de confirmarse que los riesgos planteados por la proliferación de armas que tal vez no sean “de destrucción masiva” pero que así y todo son muy sofisticadas distan de ser meramente hipotéticos. No parece haber demasiadas dudas de que el avión de pasajeros de Malaysia Airlines fue derribado por un misil tierra-aire disparado por separatistas prorrusos que habían conseguido pertrecharse de baterías de misiles Buk. Ya habían logrado derribar aviones militares ucranianos y, según la información disponible, no lograron distinguir entre el Boeing 777 con casi 300 pasajeros a bordo y otros aviones que sobrevolaban Ucrania occidental. Nadie cree que el presidente ruso Vladimir Putin les haya ordenado disparar contra el vuelo MH17, pero muchos, encabezados por el presidente norteamericano Barack Obama, sí están convencidos de que la responsabilidad del desastre es suya por haber permitido que los separatistas contaran con armas suficientes como para hacer frente a las fuerzas militares ucranianas. Por su parte, Putin atribuye la catástrofe a la incapacidad de los ucranianos de pacificar las regiones en que milicias secesionistas, alentadas por la anexión de la península de Crimea, quieren que Moscú les brinde toda la ayuda que necesitan: dinero, “asesores” militares y, desde luego, armas más potentes que las habitualmente empleadas por grupos de rebeldes. Putin tendrá razón cuando dice que el gobierno de Kiev no ha podido poner fin a la insurrección que ha hecho de una franja de Ucrania oriental una tierra de nadie anárquica, pero de no haber sido por el apoyo de la Federación Rusa ya lo habría logrado. La frontera entre Rusia y Ucrania se ha convertido en una zona parecida a Somalia, casi todo el Oriente Medio y el norte de Pakistán, que se ven dominados por bandas de aventureros sanguinarios. Si hay una diferencia, es que, desde el desmoronamiento de la Unión Soviética, los combatientes poseen armas más modernas y mucho más mortíferas. Para restaurar un mínimo de orden sería preciso que Rusia y Ucrania colaboraran estrechamente. Parecería que, con la elección de un gobierno de legitimidad democrática indiscutible en Ucrania, acompañada por sanciones económicas contra Rusia que ya han tenido un impacto muy fuerte, Putin ha llegado a la conclusión de que no le convendría seguir hostigando a sus vecinos, pero que ya no están en condiciones de controlar a los separatistas que, a pesar de sentirse traicionados por quien suponían era su padrino, se resisten a darse por vencidos. Además de acusar a Rusia de haber causado, si bien indirectamente, el derribo del avión de pasajeros sobre una zona ocupada por separatistas, Obama insiste en que la tragedia debería servir de “un llamado de atención” para aquellos países de la Unión Europea que han sido reacios a presionar a los rusos mediante sanciones. Aunque la crisis estalló cuando la mayoría de los ucranianos se rebeló contra un gobierno que se había negado a firmar un pacto con Bruselas, lo que a su juicio cerraría el camino a la eventual integración de su país paupérrimo a la UE, muchos europeos, en especial los alemanes, han preferido mantener una actitud pasiva, como si se tratara de un conflicto que no les interesaba. Sucede que la UE, que en su conjunto es un gigante económico, se ha acostumbrado tanto a depender de Estados Unidos por su seguridad que a sus dirigentes les parece natural limitarse a aprovechar las oportunidades comerciales que se presentan dejando que los norteamericanos se encarguen de garantizar cierto orden en el resto del mundo, incluso en su propio vecindario. Por antipático que les sea, a menos que se hayan resignado a ser víctimas permanentes de la agresión ajena, en adelante los europeos tendrán que asumir una postura más activa, puesto que Estados Unidos no quiere continuar desempeñando el papel ingrato de gendarme internacional y transcurrirán años antes de que China acepte reemplazarlo, si es que un día lo cree necesario.
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