El nepotismo ya es normal

Redacción

Por Redacción

Puede que la doctora María Rocío García sea una profesional excelente y resulte ser la persona indicada para desempeñar el cargo recién creado de coordinador de Articulación Local de Políticas Socio Sanitarias del Ministerio de Salud de la Nación, pero sucede que la decisión de inventar un organismo presuntamente a su medida no se debió a sus eventuales méritos sino a que es la nuera de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la esposa de su hijo Máximo que, a pesar de su falta notoria de antecedentes, cumple un papel muy influyente en el elenco gubernamental. Se trata, pues, de un ejemplo llamativo de nepotismo, una modalidad corrupta que es uno de los peores flagelos de nuestro país y de otros de cultura parecida. Por desgracia, escasean políticos, funcionarios, jueces y otros que viven del dinero aportado por los contribuyentes que se resistan a la tentación de repartir cargos importantes y hasta ministerios entre miembros de su propia familia, como sucedió al instalarse en la Casa Rosada el radical Fernando de la Rúa y nombrar ministro de Justicia a su hermano, de tal manera confirmando, si fuera necesario hacerlo, que no era cuestión de un abuso exclusivamente peronista. En algunos casos, sobre todo en los protagonizados por gobernadores de provincias feudales, los así beneficiados se cuentan por docenas. Algunos constitucionalistas discreparían, pero la Nación Argentina sí admite prerrogativas de sangre y de nacimiento. A veces los nepotistas procuran justificar el favoritismo que practican diciéndonos que no les queda más alternativa que rodearse de personas en las que pueden confiar, pretensión que refleja la mentalidad tribal que es muy frecuente en sociedades de cultura política primitiva pero que a esta altura debería haberse eliminado en la Argentina, ya que es incompatible con los valores que suelen reivindicar con tanta vehemencia izquierdistas, centristas y derechistas, autoritarios y liberales, progresistas y reaccionarios. Todos dicen entender que si bien el nepotismo podría considerarse apropiado para una empresa privada, ya que el dinero en juego pertenece a los dueños y si quieren arriesgarlo privilegiando a un familiar es asunto suyo, no lo es en absoluto cuando es cuestión del sector público. El nepotismo es perverso. Cuando una familia logra colonizar un gobierno o una repartición estatal, los hace aún más opacos de lo que habitualmente son. Combinado con la lealtad política, la familiar les permite operar con un grado de autonomía de los organismos de control que es claramente excesivo; no servirá para nada exigirles rendir cuentas ante nadie porque todos cerrarán filas en defensa de los cónyuges, hermanos o hijos bajo sospecha. Por lo demás, las rivalidades, a menudo apenas perceptibles hasta por amigos íntimos, que suelen darse entre distintos miembros de un clan familiar pueden llegar a tener un impacto muy fuerte en una gestión política. Además de hacer todavía más difícil combatir la corrupción, el nepotismo sistemático perjudica enormemente a quienes sólo cuentan con su propia capacidad al privarlos de oportunidades para abrirse camino. No extraña, pues, que en opinión de muchos la clase política nacional se destaque por su mediocridad. En una sociedad de costumbres más democráticas y por lo tanto más equitativas, los más talentosos y vigorosos propenderían a alcanzar los puestos más importantes, mejorando así la calidad de las legislaturas, la administración pública, la Justicia y las empresas estatales, pero aquí es “normal” que los llenen ya integrantes de organizaciones políticas como La Cámpora, ya personas privilegiadas por sus lazos de familia. Parecería que en nuestro país vale mucho más “militar” en una agrupación oficialista o, lo que sería mejor aún, ser miembro de un clan familiar encabezado por un político o funcionario poderoso que estudiar con ahínco o trabajar con sentido de la responsabilidad. Al difundirse la sensación de que el mérito es lo de menos, una sociedad no puede sino desmoralizarse y, si una elite gobernante corporativa fracasa una vez tras otra, será comprensible que las víctimas de su inoperancia se rebelen esporádicamente para pedir que “se vayan todos”, como si se tratara no de los representantes elegidos de la ciudadanía sino de una casta hereditaria.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 27 de julio de 2014


Puede que la doctora María Rocío García sea una profesional excelente y resulte ser la persona indicada para desempeñar el cargo recién creado de coordinador de Articulación Local de Políticas Socio Sanitarias del Ministerio de Salud de la Nación, pero sucede que la decisión de inventar un organismo presuntamente a su medida no se debió a sus eventuales méritos sino a que es la nuera de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la esposa de su hijo Máximo que, a pesar de su falta notoria de antecedentes, cumple un papel muy influyente en el elenco gubernamental. Se trata, pues, de un ejemplo llamativo de nepotismo, una modalidad corrupta que es uno de los peores flagelos de nuestro país y de otros de cultura parecida. Por desgracia, escasean políticos, funcionarios, jueces y otros que viven del dinero aportado por los contribuyentes que se resistan a la tentación de repartir cargos importantes y hasta ministerios entre miembros de su propia familia, como sucedió al instalarse en la Casa Rosada el radical Fernando de la Rúa y nombrar ministro de Justicia a su hermano, de tal manera confirmando, si fuera necesario hacerlo, que no era cuestión de un abuso exclusivamente peronista. En algunos casos, sobre todo en los protagonizados por gobernadores de provincias feudales, los así beneficiados se cuentan por docenas. Algunos constitucionalistas discreparían, pero la Nación Argentina sí admite prerrogativas de sangre y de nacimiento. A veces los nepotistas procuran justificar el favoritismo que practican diciéndonos que no les queda más alternativa que rodearse de personas en las que pueden confiar, pretensión que refleja la mentalidad tribal que es muy frecuente en sociedades de cultura política primitiva pero que a esta altura debería haberse eliminado en la Argentina, ya que es incompatible con los valores que suelen reivindicar con tanta vehemencia izquierdistas, centristas y derechistas, autoritarios y liberales, progresistas y reaccionarios. Todos dicen entender que si bien el nepotismo podría considerarse apropiado para una empresa privada, ya que el dinero en juego pertenece a los dueños y si quieren arriesgarlo privilegiando a un familiar es asunto suyo, no lo es en absoluto cuando es cuestión del sector público. El nepotismo es perverso. Cuando una familia logra colonizar un gobierno o una repartición estatal, los hace aún más opacos de lo que habitualmente son. Combinado con la lealtad política, la familiar les permite operar con un grado de autonomía de los organismos de control que es claramente excesivo; no servirá para nada exigirles rendir cuentas ante nadie porque todos cerrarán filas en defensa de los cónyuges, hermanos o hijos bajo sospecha. Por lo demás, las rivalidades, a menudo apenas perceptibles hasta por amigos íntimos, que suelen darse entre distintos miembros de un clan familiar pueden llegar a tener un impacto muy fuerte en una gestión política. Además de hacer todavía más difícil combatir la corrupción, el nepotismo sistemático perjudica enormemente a quienes sólo cuentan con su propia capacidad al privarlos de oportunidades para abrirse camino. No extraña, pues, que en opinión de muchos la clase política nacional se destaque por su mediocridad. En una sociedad de costumbres más democráticas y por lo tanto más equitativas, los más talentosos y vigorosos propenderían a alcanzar los puestos más importantes, mejorando así la calidad de las legislaturas, la administración pública, la Justicia y las empresas estatales, pero aquí es “normal” que los llenen ya integrantes de organizaciones políticas como La Cámpora, ya personas privilegiadas por sus lazos de familia. Parecería que en nuestro país vale mucho más “militar” en una agrupación oficialista o, lo que sería mejor aún, ser miembro de un clan familiar encabezado por un político o funcionario poderoso que estudiar con ahínco o trabajar con sentido de la responsabilidad. Al difundirse la sensación de que el mérito es lo de menos, una sociedad no puede sino desmoralizarse y, si una elite gobernante corporativa fracasa una vez tras otra, será comprensible que las víctimas de su inoperancia se rebelen esporádicamente para pedir que “se vayan todos”, como si se tratara no de los representantes elegidos de la ciudadanía sino de una casta hereditaria.

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