La paz es imposible

Redacción

Por Redacción

El conflicto entre Israel y Hamas dista de ser el más sanguinario de los muchos que están librándose en el Oriente Medio y el norte de África, pero así y todo desde hace varias semanas monopoliza la atención de la prensa internacional y los gobiernos de los países más poderosos. No se trata sólo de la influencia innegable de la hostilidad que tantos sienten hacia el Estado Judío y de la habilidad con la que los islamistas han aprovechado la situación realmente desesperada en que se encuentran los habitantes de la Franja de Gaza, sino también de que, de todos los protagonistas, los israelíes son los únicos que podrán dejarse conmover por las exhortaciones de los horrorizados, sinceramente o no, por los costos humanos del enfrentamiento más reciente. Según las pautas internacionales vigentes, a diferencia de los islamistas, los israelíes son “racionales”. Mientras que a los islamistas de Hamas, los talibanes, el “califato” y los militantes de Boko Haram, o sus enemigos como los partidarios del dictador sirio Bashar Al Assad, no les importa en absoluto el sufrimiento provocado por sus ataques o contraataques, ya que repudian los valores reivindicados por políticos occidentales y personas como el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, los líderes israelíes intentan respetar reglas que serían apropiadas para regiones menos violentas que el Oriente Medio pero, para indignación de muchos, se niegan a permitir que sus enemigos sigan disparando misiles contra su territorio. El objetivo que se han propuesto los israelíes es limitado: quieren minimizar la capacidad bélica de Hamas, lo que los obligaría a destruir la imponente infraestructura subterránea que ha construido que, con las escuelas, hospitales y mezquitas que usa para ocultar armas y combatientes, le permite continuar hostigándolos. El objetivo de los islamistas es más ambicioso: están resueltos a aniquilar al Estado de Israel, matando o –si logran escapar de la reedición del holocausto que les esperaría– expulsando a todos los judíos del Oriente Medio, como está procurando hacer con los cristianos y musulmanes de sectas no sunnitas “el ejército islámico” en las amplias zonas de Siria e Irak que ya ha conquistado. Si sólo fuera cuestión de una disputa territorial en torno a las eventuales fronteras de un hipotético Estado palestino, alcanzar la paz duradera que están pidiendo Estados Unidos, la Unión Europea, el Vaticano y tantos otros no sería demasiado difícil, pero sucede que hay muchísimo más en juego. Si Hamas ofrece algunas concesiones, será por motivos tácticos, ya que su razón de ser, consagrada en la carta fundacional que le sirve de constitución, consiste en luchar hasta que se haya eliminado el último vestigio de la presencia judía en una parte del mundo que a su entender tendría que pertenecer al islam para siempre jamás. Lo mismo que las demás agrupaciones islamistas, los guerreros santos de Hamas subordinan todo a la yihad que, para ellos, es un mandato religioso incontrovertible. Aunque los occidentales están presionando a Israel para que ponga fin cuanto antes al operativo “margen protector”, pocos gobiernos árabes los acompañan. Una excepción es el qatarí que, además del turco del islamista supuestamente “moderado” Recep Tayyip Erdogan, apoya a Hamas. Sucede que para casi todos los gobiernos árabes, empezando con el egipcio, el islamismo militante plantea una amenaza mucho más grave que Israel, país con el que, por ahora cuando menos, están dispuestos a convivir. A diferencia de los norteamericanos y europeos, que piensan sólo en el corto plazo, les preocupan las implicaciones estratégicas de la rebelión islamista que ya ha cobrado miles de vidas y que parece destinada a intensificarse mucho en los años venideros. Desde su punto de vista, un desenlace que permitiera a los líderes de Hamas, una organización estrechamente vinculada con la Hermandad Musulmana, proclamarse los triunfadores por haber conservado una parte de su poder sería mucho peor que otra victoria israelí, razón por la que el régimen militar de Egipto ha mantenido casi cerrada la frontera con Gaza, una zona que era gobernada desde El Cairo antes de la Guerra de los Seis Días de 1967 cuando, desgraciadamente para ellos, los israelíes la ocuparon hasta retirarse por completo en el 2005.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 30 de julio de 2014


El conflicto entre Israel y Hamas dista de ser el más sanguinario de los muchos que están librándose en el Oriente Medio y el norte de África, pero así y todo desde hace varias semanas monopoliza la atención de la prensa internacional y los gobiernos de los países más poderosos. No se trata sólo de la influencia innegable de la hostilidad que tantos sienten hacia el Estado Judío y de la habilidad con la que los islamistas han aprovechado la situación realmente desesperada en que se encuentran los habitantes de la Franja de Gaza, sino también de que, de todos los protagonistas, los israelíes son los únicos que podrán dejarse conmover por las exhortaciones de los horrorizados, sinceramente o no, por los costos humanos del enfrentamiento más reciente. Según las pautas internacionales vigentes, a diferencia de los islamistas, los israelíes son “racionales”. Mientras que a los islamistas de Hamas, los talibanes, el “califato” y los militantes de Boko Haram, o sus enemigos como los partidarios del dictador sirio Bashar Al Assad, no les importa en absoluto el sufrimiento provocado por sus ataques o contraataques, ya que repudian los valores reivindicados por políticos occidentales y personas como el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, los líderes israelíes intentan respetar reglas que serían apropiadas para regiones menos violentas que el Oriente Medio pero, para indignación de muchos, se niegan a permitir que sus enemigos sigan disparando misiles contra su territorio. El objetivo que se han propuesto los israelíes es limitado: quieren minimizar la capacidad bélica de Hamas, lo que los obligaría a destruir la imponente infraestructura subterránea que ha construido que, con las escuelas, hospitales y mezquitas que usa para ocultar armas y combatientes, le permite continuar hostigándolos. El objetivo de los islamistas es más ambicioso: están resueltos a aniquilar al Estado de Israel, matando o –si logran escapar de la reedición del holocausto que les esperaría– expulsando a todos los judíos del Oriente Medio, como está procurando hacer con los cristianos y musulmanes de sectas no sunnitas “el ejército islámico” en las amplias zonas de Siria e Irak que ya ha conquistado. Si sólo fuera cuestión de una disputa territorial en torno a las eventuales fronteras de un hipotético Estado palestino, alcanzar la paz duradera que están pidiendo Estados Unidos, la Unión Europea, el Vaticano y tantos otros no sería demasiado difícil, pero sucede que hay muchísimo más en juego. Si Hamas ofrece algunas concesiones, será por motivos tácticos, ya que su razón de ser, consagrada en la carta fundacional que le sirve de constitución, consiste en luchar hasta que se haya eliminado el último vestigio de la presencia judía en una parte del mundo que a su entender tendría que pertenecer al islam para siempre jamás. Lo mismo que las demás agrupaciones islamistas, los guerreros santos de Hamas subordinan todo a la yihad que, para ellos, es un mandato religioso incontrovertible. Aunque los occidentales están presionando a Israel para que ponga fin cuanto antes al operativo “margen protector”, pocos gobiernos árabes los acompañan. Una excepción es el qatarí que, además del turco del islamista supuestamente “moderado” Recep Tayyip Erdogan, apoya a Hamas. Sucede que para casi todos los gobiernos árabes, empezando con el egipcio, el islamismo militante plantea una amenaza mucho más grave que Israel, país con el que, por ahora cuando menos, están dispuestos a convivir. A diferencia de los norteamericanos y europeos, que piensan sólo en el corto plazo, les preocupan las implicaciones estratégicas de la rebelión islamista que ya ha cobrado miles de vidas y que parece destinada a intensificarse mucho en los años venideros. Desde su punto de vista, un desenlace que permitiera a los líderes de Hamas, una organización estrechamente vinculada con la Hermandad Musulmana, proclamarse los triunfadores por haber conservado una parte de su poder sería mucho peor que otra victoria israelí, razón por la que el régimen militar de Egipto ha mantenido casi cerrada la frontera con Gaza, una zona que era gobernada desde El Cairo antes de la Guerra de los Seis Días de 1967 cuando, desgraciadamente para ellos, los israelíes la ocuparon hasta retirarse por completo en el 2005.

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