En el centro del mundo
SEGÚN LO VEO
Todos los discursos, con la eventual excepción del pronunciado por el presidente de turno de la superpotencia reinante, que se dan ante la Asamblea General de las Naciones Unidas son para el consumo interno, razón por la que el recinto se vació de delegados extranjeros no bien Cristina se puso a hablar, dejándola acompañada por una claque de compatriotas aplaudidores que, huelga decirlo, procuraron cumplir con su deber. Con todo, dicen que la presidenta se sintió muy indignada por la falta de interés ajeno en su tema favorito, el de la batalla heroica que está librando contra los “buitres” norteamericanos y el juez neoyorquino Thomas Griesa. Parecería que en el resto del mundo pocos entienden que el especulador Paul Singer es un terrorista más peligroso que el califa Abu Bakr al Baghdadi del Estado Islámico, por tratarse de un sujeto maligno que provoca hambre, miseria y pobreza.
Al calificar a los buitres de terroristas, Cristina se las arregló para vincular lo que hacen con las atrocidades perpetradas por los islamistas, fanáticos cuyas hazañas sanguinarias preocupan más a dirigentes de otros países que las desventuras económicas de la Argentina; pero mientras que quisiera que el mundo se movilizara para derrotar a los carroñeros financieros, en el Consejo de Seguridad amonestó a Barack Obama por su voluntad de reprimir a los guerreros santos bombardeándolos desde el aire y exhortando a los países árabes amenazados a rematar el operativo con sus tropas terrestres. En opinión de Cristina, los interesados en combatir el terrorismo deberían emplear métodos más “adecuados” que los propuestos por quienes están haciendo “sonar tambores de guerra”. Asimismo, se permitió echar dudas sobre la autenticidad de las decapitaciones de rehenes occidentales que tanto revuelo han ocasionado en Estados Unidos y Europa; da a entender que sospecha que sólo se trata de productos cinematográficos porque se ha vuelto sumamente “desconfiada”.
Para que nadie cuestionara su autoridad moral, Cristina afirmó que ella misma está en la mira de los islamistas debido a su amistad con el papa Francisco y su apoyo a la idea de que, si hubiera un Estado palestino independiente, lograría convivir pacíficamente con Israel. O sea que, pensándolo bien, desempeña un papel protagónico en lo que para muchos es el mayor drama de los tiempos que corren y por lo tanto está en condiciones de brindar a Obama consejos sabios sobre cómo resolver los problemas que están convulsionando el Oriente Medio. Por desgracia, para la presunta decepción del mandatario norteamericano, en esta oportunidad la presidenta se limitó a señalarle sus errores. Si tiene a mano una alternativa no violenta a la estrategia elegida, a regañadientes, por los norteamericanos y sus dubitativos aliados europeos, sería bueno que les explicara en qué consiste, ya que nada les complacería más que no verse constreñidos a arriesgarse nuevamente en la región más explosiva del planeta.
Desde que, merced a un capricho del “padrino” Eduardo Duhalde, los Kirchner lograron hacer de la Casa Rosada un centro de operaciones, el gobierno resultante ha acumulado poder a base de la fórmula tradicional de dividir para reinar. Por ser el país, y el mundo, lugares bastante conflictivos, a Néstor primero y, con más entusiasmo, Cristina cuando tomó el relevo les fue fácil confeccionar una lista larga de enemigos mortales, pero puede que últimamente hayan exagerado. A los malos de siempre, como los empresarios extranjeros, militares del Proceso, economistas neoliberales, piratas británicos y otras alimañas, los kirchneristas han agregado Estados Unidos, país de buitres salvajes, jueces tontamente inflexibles y belicistas, Alemania, Israel y aquellos miembros de la comunidad judía argentina que se oponen al pacto con los ayatolás iraníes. En cambio, acaba de incorporarse al club cada vez más exclusivo de los buenos George Soros, un especulador aún más notorio que Singer que, según parece, a juicio de los kirchneristas no es un buitre despreciable sino un cóndor que podría ayudar a Cristina “invirtiendo mucho dinero” en el país.
Aunque no es ningún secreto que la presidenta se sienta atraída por las teorías conspirativas, acaso sería mejor para el país que desistiera de ufanarse de tal predilección en presencia de Obama y otros asistentes a los foros internacionales. Puede que, como una multitud de blogueros que se esfuerzan por convencernos de que todas las desgracias que caen sobre el género humano se deben a las maniobras maquiavélicas de la CIA norteamericana o del Mossad israelí, cuando no de los infinitamente astutos agentes de la inteligencia militar británica, Cristina realmente cree que el mundo es un bosque lleno de espejos mágicos en que nada es como parece ser, pero decirlo en público sólo sirve para dejar perplejos a sus homólogos de otros países.
Los peronistas se han acostumbrado a que en el resto del mundo nadie entienda que no son fascistas relativamente herbívoros sino progresistas. A quienes no se han dado el trabajo de familiarizarse con el pensamiento nacional, los kirchneristas parecen aún más excéntricos que los demás compañeros. La incomprensión mutua ha contribuido al aislamiento no meramente financiero sino también político. Aunque los líderes de otros países están más que dispuestos a sumar sus voces al coro que despotrica contra los fondos especulativos, lo hacen no por solidaridad con Cristina sino porque temen que ellos mismos se vean perjudicados por la inestabilidad financiera. Salvo los chinos, ninguno ha soñado en enviarle un solo peso.
En cuanto a la noción de que sea posible desarmar a los yihadistas hablándoles de paz, como si fueran piqueteros un tanto díscolos, saben que es una fantasía piadosa. Lejos de conmoverlos, las súplicas de los pacifistas sólo sirven para convencerlos de que podrán continuar asesinando, crucificando y violando con impunidad. Desde su punto de vista, cualquiera que se opone al contraataque tardío emprendido por una cincuentena de países liderado a pesar suyo por Estados Unidos, es un aliado “objetivo”, como decían los comunistas. No sorprendería, pues, que los estrategas del Estado Islámico optaran por borrar el nombre de Cristina de la lista de mandatarios infieles condenados a una muerte prematura a menos que se sometan a la voluntad de Alá, el misericordioso, premiándola así por haber intentado persuadir a Obama de tratar de reconciliarse con el califato genocida.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO
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