“Sobre fútbol y razón”
Domingo 5 de octubre. Era una buena ocasión para ver un superclásico especial. El buen juego de River puntero ante un adversario de mucho fuste, su gran rival de todos los tiempos que venía levantando el nivel. Era obvio que los habilidosos protagonistas necesitaban de las buenas condiciones del tiempo y del campo para brindar el mejor espectáculo; así como el artista, que lo pintaba en un cuadro, no hubiera podido hacerlo a cielo abierto, también ellos tenían requerimientos básicos para realizar su obra de la manera más adecuada. Pero la racionalidad se escurría con la lluvia y los dirigentes dejaron la decisión en las espaldas de una sola persona o chivo expiatorio: el árbitro, quien a todas luces se equivocó e hizo jugar en un charco bajo un aguacero torrencial. Hoy la ciencia ofrece pronósticos meteorológicos bastante buenos, lo suficiente para advertir con antelación que existía un serio riesgo de que tan costoso despliegue se frustraría por la eventual suspensión del partido. No se suspendió, pero igual se frustró el espectáculo y se arriesgó por demás la integridad física de los jugadores. Gallardo, cultor del juego asociado y bonito, tuvo que ordenar que su tropa tirara el balón para arriba, porque no se podía jugar. Y Mora le hizo tanto caso que tiró el penal mal cobrado bien arriba del travesaño (o tal vez se lo ordenó su inconsciente en homenaje al juego limpio, que en este caso estaba muy lavado y se perdió un gol ilegítimo). Pero, además, este deporte sociológicamente tan importante dejó otra lección. El partido fue visto por televisión en medio mundo y millones de espectadores pudieron apreciar en pocos instantes lo que no le era dado apreciar al árbitro sin el auxilio de la tecnología disponible, ni siquiera con la ayuda de sus colaboradores que también son limitados seres humanos: Gago no había cometido penal. Y encima lo expulsaron injustamente (me hubiera gustado ganarle a un Boca completo). Luego otros errores que la televisión hubiera evitado. Hace años las polémicas daban tema para unos días. Hoy esas injusticias notorias y comprobadas al instante pueden generar impotencia y violencia. La misma que se quiere evitar plantando olivos (lo que no está mal como mensaje). Creo que la razón indica que en el fútbol, como en la mayor parte de las actividades humanas colectivas, se requieren deliberaciones, opiniones de expertos, explicaciones con fundamentos, acuerdos de varios y no voluntad azarosa de uno solo. Salvo quizás en el fragor de una batalla, cuando puede ser necesario que los soldados actúen sin pensar, obedeciendo órdenes de un jefe. Para el caso, los árbitros más veteranos (como “senadores de la república del fútbol”), que ya no pueden correr en el campo pero tienen vastos conocimientos y experiencia, podrían observar desde la tribuna, revisar las polémicas más trascendentes viendo la repetición en una pantalla y adoptar de inmediato la decisión de convalidar o no lo que resuelve el juez que está en la cancha. Siempre habrá disenso, pero será menos discutible y más tolerable. Aprovecho el tema para reiterar una digresión relativa a otro campo de la actividad humana en el que trabajo desde hace muchos años, donde con mayor razón debiera primar la razón: la Constitución rionegrina manda adoptar el sistema de la sana crítica racional para los procesos penales, vale decir que veda el método de la íntima convicción, cuya validez rechazó la Corte Suprema porque entraña un serio riesgo de arbitrariedad e injusticia. Y, si bien también prevé los jurados, éstos no son necesariamente incompatibles con un sistema racional si se les impone fundar sus decisiones explicando el porqué de las condenas o absoluciones, para que se pueda controlar su acierto y garantizar que no sean un mero resultado de sus emociones sino de la valoración de las pruebas. Nada que ver, por cierto, con el jurado popular que se proyecta. Alguien como el motochorro que días pasados ganó triste fama en los medios bien podría integrar un jurado si no se detecta su conducta. El éxito de la experiencia en otras provincias es materia muy opinable. César B. López Meyer Roca
César B. López Meyer Roca
Domingo 5 de octubre. Era una buena ocasión para ver un superclásico especial. El buen juego de River puntero ante un adversario de mucho fuste, su gran rival de todos los tiempos que venía levantando el nivel. Era obvio que los habilidosos protagonistas necesitaban de las buenas condiciones del tiempo y del campo para brindar el mejor espectáculo; así como el artista, que lo pintaba en un cuadro, no hubiera podido hacerlo a cielo abierto, también ellos tenían requerimientos básicos para realizar su obra de la manera más adecuada. Pero la racionalidad se escurría con la lluvia y los dirigentes dejaron la decisión en las espaldas de una sola persona o chivo expiatorio: el árbitro, quien a todas luces se equivocó e hizo jugar en un charco bajo un aguacero torrencial. Hoy la ciencia ofrece pronósticos meteorológicos bastante buenos, lo suficiente para advertir con antelación que existía un serio riesgo de que tan costoso despliegue se frustraría por la eventual suspensión del partido. No se suspendió, pero igual se frustró el espectáculo y se arriesgó por demás la integridad física de los jugadores. Gallardo, cultor del juego asociado y bonito, tuvo que ordenar que su tropa tirara el balón para arriba, porque no se podía jugar. Y Mora le hizo tanto caso que tiró el penal mal cobrado bien arriba del travesaño (o tal vez se lo ordenó su inconsciente en homenaje al juego limpio, que en este caso estaba muy lavado y se perdió un gol ilegítimo). Pero, además, este deporte sociológicamente tan importante dejó otra lección. El partido fue visto por televisión en medio mundo y millones de espectadores pudieron apreciar en pocos instantes lo que no le era dado apreciar al árbitro sin el auxilio de la tecnología disponible, ni siquiera con la ayuda de sus colaboradores que también son limitados seres humanos: Gago no había cometido penal. Y encima lo expulsaron injustamente (me hubiera gustado ganarle a un Boca completo). Luego otros errores que la televisión hubiera evitado. Hace años las polémicas daban tema para unos días. Hoy esas injusticias notorias y comprobadas al instante pueden generar impotencia y violencia. La misma que se quiere evitar plantando olivos (lo que no está mal como mensaje). Creo que la razón indica que en el fútbol, como en la mayor parte de las actividades humanas colectivas, se requieren deliberaciones, opiniones de expertos, explicaciones con fundamentos, acuerdos de varios y no voluntad azarosa de uno solo. Salvo quizás en el fragor de una batalla, cuando puede ser necesario que los soldados actúen sin pensar, obedeciendo órdenes de un jefe. Para el caso, los árbitros más veteranos (como “senadores de la república del fútbol”), que ya no pueden correr en el campo pero tienen vastos conocimientos y experiencia, podrían observar desde la tribuna, revisar las polémicas más trascendentes viendo la repetición en una pantalla y adoptar de inmediato la decisión de convalidar o no lo que resuelve el juez que está en la cancha. Siempre habrá disenso, pero será menos discutible y más tolerable. Aprovecho el tema para reiterar una digresión relativa a otro campo de la actividad humana en el que trabajo desde hace muchos años, donde con mayor razón debiera primar la razón: la Constitución rionegrina manda adoptar el sistema de la sana crítica racional para los procesos penales, vale decir que veda el método de la íntima convicción, cuya validez rechazó la Corte Suprema porque entraña un serio riesgo de arbitrariedad e injusticia. Y, si bien también prevé los jurados, éstos no son necesariamente incompatibles con un sistema racional si se les impone fundar sus decisiones explicando el porqué de las condenas o absoluciones, para que se pueda controlar su acierto y garantizar que no sean un mero resultado de sus emociones sino de la valoración de las pruebas. Nada que ver, por cierto, con el jurado popular que se proyecta. Alguien como el motochorro que días pasados ganó triste fama en los medios bien podría integrar un jurado si no se detecta su conducta. El éxito de la experiencia en otras provincias es materia muy opinable. César B. López Meyer Roca
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora