“Es fácil mandar cuando no se sufre”
Quiero recordar una vez más un genial acontecimiento ocurrido en la Primera Guerra Mundial, en diciembre de 1914, esa maravillosa “tregua de Navidad’’, hace ya 100 años, en la que el káiser ordenó que en las trincheras alemanas tuvieran arbolitos de Navidad. Entonces, en los bordes de las mismas, a aproximadamente 50 metros de distancia, los soldados ingleses podían ver los pequeños arbolitos e inclusive por las noches escuchar los villancicos cantados por los alemanes. Después intercambiaron saludos, porque seguramente los soldados de ambos ejércitos no querían seguir sufriendo hambre, frío, dolor, muertes y mutilaciones, y en esas cosas maravillosas en las que triunfan la coherencia y el amor sobre la locura hubo una breve paz que se impuso sobre la estupidez y el ego de las personas… muchas veces en la historia de la humanidad a los insensibles con poder se les ocurrió hacer la guerra y mandar a matarse unos a otros sin ningún tipo de justificativo realmente valedero, imponiéndose así nada más que el ego personal. Lamentablemente, para revertir esta situación hace falta un tiempo de maduración, porque al no sentir en carne propia el dolor es muy fácil dar directivas. Así, cuando se está lejos de sentir lo terrible que es la guerra y al estar ajeno al dolor y el sufrimiento, la clase con poder y estupidez, como si fuera una partida de ajedrez, ordena matarse unos a otros como en una película de acción. Bueno, de pronto, en plena guerra algo lindo ocurrió, digno de asombro. En la Navidad de 1914, dos soldados alemanes con un coraje digno de admiración, después de algún intercambio de palabras amigables con sus contrarios se asomaron de sus trincheras, se expusieron a los francotiradores y caminaron hacia las trincheras inglesas. Nadie les disparó y a continuación se produjo el segundo milagro: los ingleses se asomaron y fueron al encuentro de los alemanes. Esto empezó a hacerse masivo, entonces hubo intercambio de regalos y hasta un partido de fútbol donde ganaron los alemanes 3 a 2. En esos momentos todo era casi mágico y maravilloso, pero después de unos días ya los altos mandos de ambos lados, enterados, estaban escandalizados porque el enemigo estaba confraternizando. Así, en breve tiempo llegó un oficial inglés de alto rango, retó severamente a sus subordinados y les ordenó que regresaran a sus trincheras para combatir a sus enemigos. Lamentablemente así lo hicieron y murieron nueve millones más. Qué lástima que a nadie se le ocurrió contestarle a este oficial y decirle: “¿Por qué tengo que matar a estos hombres que nada me hicieron? Inclusive hemos formado una amistad muy profunda en tiempo breve y usted quiere que mate a mi nuevo amigo”. Entonces le hubiera dicho a viva voz :“¡Usted es el enemigo!”. Mientras escribo esto pienso que me hubiera gustado estar ahí para contestarle a este oficial… lamentablemente a nadie se le ocurrió responderle que él era el enemigo o algo parecido a este hombre. Con una respuesta coherente, como existió esa maravillosa tregua de Navidad que duró una semana, creo sin temor a equivocarme que la posibilidad de que se terminara la guerra hubiese sido cierta. De esta maravillosa tregua hay muchísimos testimonios y fotos que la documentan y que gente del poder quiso ocultar. Por suerte todo se supo. Creo que hay que hablar y no callar ante la estupidez, porque muchas veces la gente del poder actúa mal. Una prueba la tenemos en Argentina, porque es injustificable que un país tan rico tenga tantos pobres. Si bien no tenemos guerras, el saqueo y la inseguridad están como prueba. Así que, señores del poder, por favor… más orden y más autoridad. Y, el ciudadano, que exija cárcel al político delincuente para así defender el patrimonio de todos. Horacio C. E. Marcote, DNI 11.233.956 Neuquén
Horacio C. E. Marcote, DNI 11.233.956 Neuquén
Quiero recordar una vez más un genial acontecimiento ocurrido en la Primera Guerra Mundial, en diciembre de 1914, esa maravillosa “tregua de Navidad’’, hace ya 100 años, en la que el káiser ordenó que en las trincheras alemanas tuvieran arbolitos de Navidad. Entonces, en los bordes de las mismas, a aproximadamente 50 metros de distancia, los soldados ingleses podían ver los pequeños arbolitos e inclusive por las noches escuchar los villancicos cantados por los alemanes. Después intercambiaron saludos, porque seguramente los soldados de ambos ejércitos no querían seguir sufriendo hambre, frío, dolor, muertes y mutilaciones, y en esas cosas maravillosas en las que triunfan la coherencia y el amor sobre la locura hubo una breve paz que se impuso sobre la estupidez y el ego de las personas... muchas veces en la historia de la humanidad a los insensibles con poder se les ocurrió hacer la guerra y mandar a matarse unos a otros sin ningún tipo de justificativo realmente valedero, imponiéndose así nada más que el ego personal. Lamentablemente, para revertir esta situación hace falta un tiempo de maduración, porque al no sentir en carne propia el dolor es muy fácil dar directivas. Así, cuando se está lejos de sentir lo terrible que es la guerra y al estar ajeno al dolor y el sufrimiento, la clase con poder y estupidez, como si fuera una partida de ajedrez, ordena matarse unos a otros como en una película de acción. Bueno, de pronto, en plena guerra algo lindo ocurrió, digno de asombro. En la Navidad de 1914, dos soldados alemanes con un coraje digno de admiración, después de algún intercambio de palabras amigables con sus contrarios se asomaron de sus trincheras, se expusieron a los francotiradores y caminaron hacia las trincheras inglesas. Nadie les disparó y a continuación se produjo el segundo milagro: los ingleses se asomaron y fueron al encuentro de los alemanes. Esto empezó a hacerse masivo, entonces hubo intercambio de regalos y hasta un partido de fútbol donde ganaron los alemanes 3 a 2. En esos momentos todo era casi mágico y maravilloso, pero después de unos días ya los altos mandos de ambos lados, enterados, estaban escandalizados porque el enemigo estaba confraternizando. Así, en breve tiempo llegó un oficial inglés de alto rango, retó severamente a sus subordinados y les ordenó que regresaran a sus trincheras para combatir a sus enemigos. Lamentablemente así lo hicieron y murieron nueve millones más. Qué lástima que a nadie se le ocurrió contestarle a este oficial y decirle: “¿Por qué tengo que matar a estos hombres que nada me hicieron? Inclusive hemos formado una amistad muy profunda en tiempo breve y usted quiere que mate a mi nuevo amigo”. Entonces le hubiera dicho a viva voz :“¡Usted es el enemigo!”. Mientras escribo esto pienso que me hubiera gustado estar ahí para contestarle a este oficial... lamentablemente a nadie se le ocurrió responderle que él era el enemigo o algo parecido a este hombre. Con una respuesta coherente, como existió esa maravillosa tregua de Navidad que duró una semana, creo sin temor a equivocarme que la posibilidad de que se terminara la guerra hubiese sido cierta. De esta maravillosa tregua hay muchísimos testimonios y fotos que la documentan y que gente del poder quiso ocultar. Por suerte todo se supo. Creo que hay que hablar y no callar ante la estupidez, porque muchas veces la gente del poder actúa mal. Una prueba la tenemos en Argentina, porque es injustificable que un país tan rico tenga tantos pobres. Si bien no tenemos guerras, el saqueo y la inseguridad están como prueba. Así que, señores del poder, por favor... más orden y más autoridad. Y, el ciudadano, que exija cárcel al político delincuente para así defender el patrimonio de todos. Horacio C. E. Marcote, DNI 11.233.956 Neuquén
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