Mucho para pocos
Cada año hay más para repartir, pero el beneficio queda cada vez en menos manos. El 10% más rico se queda con el 46% de la riqueza. Al mismo tiempo, el 10% más pobre de la población recibe apenas el 0,6% de la renta. Más de 700 millones de personas en todo el mundo aún viven con menos de u$s 1,90 al día.
LA DESIGUAL DISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA GLOBAL:
Cuenta una vieja historia sobre un grupo de diez niños que festejaban juntos en un día de campo. Llegada la hora de la merienda y reunidos alrededor de la mesa, se aprestaban para compartir una deliciosa torta. La misma fue dividida exactamente en diez partes iguales. Pero hete aquí que, al momento de comer, uno de los niños tomó para sí la mitad de la torta y dijo a los otro nueve niños: “Repártanse ustedes las cinco porciones restantes…”.
La historia puede sonar injusta, indignante o hasta risueña. No sería más que una anécdota normal de niños jugando, si no fuera porque es exactamente esa la forma en la que se reparte la riqueza a nivel mundial: hay un 10% de la población que se apropia del 46% de la riqueza, mientras que el 90% restante se reparte apenas el 54% de la renta. Oxfam es una confederación internacional formada por 17 organizaciones no gubernamentales nacionales que realizan labores humanitarias en 90 países para combatir la pobreza extrema. Un reciente informe de dicha organización revela que no sólo la distribución de la riqueza a nivel global es extremadamente desigual, sino que la brecha entre los que más tienen y los que viven en la indigencia se agiganta cada año.
En el reciente Foro Económico Mundial, Oxfam se hizo presente para alertar a los principales líderes económicos del mundo acerca del crecimiento progresivo de la desigualdad y de la necesidad imperiosa de un trabajo conjunto de las naciones del mundo a fin de aplicar políticas que fomenten un reparto igualitario de los recursos.
Alcanza para todos, pero se reparte mal
La economía mundial no ha cesado de crecer durante los últimos treinta años. Según estimaciones de Oxfam a base de datos del Banco Mundial, el producto bruto mundial (PBM) se ha más que duplicado entre 1984 y el 2014, llegando a 78 billones de dólares.
Asimismo el nivel de riqueza global, entendido como el total de los activos financieros y no financieros menos las deudas, pasó de 160 billones de dólares en el 2000 a 267 billones de dólares en el 2015.
Al mismo tiempo, se registra que el ritmo de crecimiento de los países de renta media y baja ha sido superior en las últimas tres décadas al de los países ricos. Ello haría suponer una mejora notable no sólo en las condiciones de vida de dichos países sino en la forma en que se distribuyen los recursos. Sin embargo la miseria sigue azotando a miles de millones de personas en todo el globo.
Al igual que en el ejemplo de los niños y la torta, sería de esperar que, si mañana llegara una nueva torta para repartir, la misma se dividiera en partes iguales y se repartiera de forma equitativa.
Sin embargo allí precisamente radica la matriz del problema. Los incrementos en la riqueza se reparten de forma extremadamente desigual. Si se analiza únicamente el incremento de los ingresos mundiales entre 1988 y el 2011 (ver gráfico adjunto) se observa que el 10% más rico de la población se quedó con el 46% de dicho incremento, mientras que el 10% más pobre recibió apenas el 0,6%. Pero puede advertirse además que, de la nueva riqueza generada en el período, el 10% más rico de la población (última columna) recibió más que el 80% más pobre (suma de las primeras ocho columnas) y que el 1% más rico de la población (resaltado en la última columna) se llevó más que el 50% más pobre de la población (suma de las primeras cinco columnas).
Una dinámica alarmante que tiende a una concentración progresiva de la riqueza global.
La revista “Forbes” publica cada año la lista de las 100 personas más ricas del mundo. En el 2014, las primeras 80 personas de esa lista tenían la misma riqueza que el 50% más pobre del mundo. En el 2015, con sólo sumar los primero 62 puestos del ranking se obtiene la misma riqueza que para el 50% más pobre.
En el segundo gráfico adjunto puede verse con claridad como la porción que recibe el 50% más pobre de la población es cada vez más chica, mientras que la parte que reciben las 62 personas más ricas del planeta se incrementa año tras año. Los datos hablan por sí solos. Está claro que algo no anda bien en el sistema de reparto global y que la situación se agrava a medida que pasa el tiempo.
Pobreza: mejor, pero no tanto…
El crecimiento experimentado por la economía mundial durante las últimas décadas se vio reflejado en una notable reducción en la cantidad de personas que viven en pobreza extrema.
En el año 1990, la pobreza alcanzaba al 36% de la población mundial. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) trazó en el 2000 los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), los cuales se proponían, entre otras cosas, reducir la pobreza extrema en el mundo a la mitad para el 2015.
La meta se cumplió cinco años antes. Para el 2010, la pobreza afectaba al 16% de la población mundial. Aun así, el Banco Mundial estima que en el 2015 había 700 millones de personas viviendo en extrema pobreza en todo el mundo, con menos de 1,90 dólares al día.
Los nuevos Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) establecidos por la ONU durante el 2015 se proponen erradicar la pobreza extrema del globo para el 2030.
El cumplimiento efectivo de la nueva meta es complejo y difícil por dos motivos.
El primero es que, a medida que la pobreza se reduce, sacar de dicha situación a las personas que aún viven en estas condiciones es mucho más dificultoso. Es mucho más sencillo reducir la pobreza del 30 al 15% que del 15 al 0%. Lograr erradicar el tramo de la pobreza más cruda requiere de políticas activas coordinadas por parte de los Estados nacionales, algo fácil proclamar pero complejo de concretar.
El segundo motivo radica en la matriz distributiva del sistema económico mundial. Algo estrechamente vinculado con los datos vertidos previamente sobre la forma en que se reparte el incremento de la riqueza mundial.
En este sentido, el citado informe de Oxfam precisa que, si bien los ingresos per cápita del 1% más rico y del 10% más pobre de la población mundial se han incrementado de forma similar entre 1988 y el 2011, el efecto real sobre las condiciones de vida de cada grupo ha sido diametralmente opuesto.
Medidos con igual poder de paridad de compra (PPC) en dólares del 2005, los ingresos per cápita del 1% más rico de la población mundial crecieron un 31%, pasando de 38.000 a 49.800 dólares per cápita entre 1988 y el 2011. Un aumento de 11.800 dólares por cabeza.
En el mismo lapso, el 10% más pobre de la población mundial incrementó sus ingresos per cápita un 33%, pasando de 196 a 261 dólares per cápita. Un aumento de sólo 65 dólares per cápita que deja a esta franja muy por debajo de la línea establecida en 1,90 dólares diarios.
La situación se agrava al realizar el análisis basados en el género. En general existe una importante brecha salarial entre hombres y mujeres, percibiendo los hombres un salario superior al de las mujeres por igual tarea. Ello sumado a la carga de tarea no remunerada que en general pesa sobre el género femenino, aun cuando las mujeres ingresan al mercado laboral.
El mito de la productividad
La teoría económica tradicional, identifica tres grandes grupos de factores productivos: tierra, capital y trabajo. Define además que la productividad es la capacidad de los factores productivos para generar incrementos en la producción total de bienes y servicios.
Estipula entonces la teoría de que los factores productivos debieran ser remunerados sobre la base de su productividad. Así la tierra debiera ser recompensada por su uso con una renta, el capital debiera recibir interés por su aplicación a la producción y el trabajo ser remunerado con el salario.
Quienes adhieren a este postulado entienden que cada factor productivo debiera recibir un premio acorde con su aporte a la producción.
Un principio similar al que indica que la riqueza generada debiera ser distribuida equitativamente. Algo que los datos de la realidad convierten en un mito, parte de la descripción de un “mundo ideal” que lejos está de verificarse en los hechos.
Es llamativo que los dirigentes utilizan el principio de la teoría económica casi con exclusividad para el factor trabajo, exigiendo a los trabajadores mayor productividad si desean mayores salarios.
Ejemplo doméstico y reciente de ello son las palabras del flamante ministro de Trabajo argentino, Jorge Triaca, cuando declaró esta semana que, “si hay más productividad, habrá más salario”.
La afirmación desconoce la prueba empírica que demuestra que, cuando se verifican incrementos en la productividad del factor trabajo, rara vez el beneficio de dicho incremento es usufructuado por los trabajadores.
No se trata de un mal argentino. La dinámica de retribución desigual a los factores productivos es un mal endémico desde la génesis del sistema capitalista. Lo describió con certeza uno de los padres de la teoría económica moderna, Karl Marx, cuando indicó que quienes ostentan la propiedad de los medios de producción (dueños del capital) tienen la capacidad de acumular riqueza apropiándose de la plusvalía que surge del factor trabajo.
El “Informe mundial sobre salarios 2014-2015” de la Organización Mundial de Trabajo (OIT) pone tal situación en negro sobre blanco. El estudio compara el incremento de la productividad con la evolución del salario real entre 1999 y el 2013 en los países desarrollados, con base 100 en el año 1999 (ver gráfico).
Observando la serie de datos, se advierte a simple vista que el incremento en la productividad del trabajo en los países desarrollados durante los últimos quince años no ha tenido un equitativo correlato en el incremento del salario real.
Pero lo más importante es que la diferencia entre el incremento de la productividad y el aumento del salario real significa mayor retribución marginal al capital.
Pasando en limpio, la ganancia por incremento en la capacidad de la economía mundial para producir bienes y servicios se distribuye de manera desigual y produce que la brecha entre los que más tienen (en general los dueños del capital) y los más pobres se agigante cada año.
Tendencia preocupante
La exclusión en la que viven millones de personas golpea a cualquiera que analice detenidamente los datos. Pero resulta más grave aún cuando se la contrasta con la excesiva opulencia que ostenta un grupo minúsculo y selecto de personas.
Las conclusiones son tan sencillas como certeras.
La primera es que, pese a la crisis económica global desatada en el 2008, el conjunto de los países del mundo sigue acrecentando la riqueza total año a año al calor del modelo de acumulación capitalista. Es decir que cada año habría más para repartir.
La segunda certeza es que, al mismo tiempo que crece la riqueza total, el reparto de la misma es cada vez más desigual.
Resulta inmoral e inhumana la brecha existente entre quienes más tienen y aquellos que viven en extrema pobreza.
Por último, la convicción de que las cosas no cambiarán en lo inmediato a menos que suceda una drástica transformación en el sistema económico global.
Una realidad cruda y cruel que parece empecinada en forzar al 90% de los mortales a observar sin más como el 10% restante se queda arbitrariamente con la mitad de la torta.
Diego Penizzotto
diegopenizzotto@rionegro.com.ar
LA DESIGUAL DISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA GLOBAL:
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora