El amigo norteamericano
Aunque a muchos no les gusten para nada los Estados Unidos, a casi todos nos convendría que los miembros del gobierno del presidente Néstor Kirchner no permitan que sus sentimientos personales incidan en nuestra relación con la superpotencia que, por su dimensiones físicas, su riqueza y su influencia en virtualmente todos los ámbitos, no puede ser comparada con ningún otro país. En verdad, sería mejor acostumbrarnos a pensar en Estados Unidos como si fuera cuestión de un bloque equiparable con el conformado por los quince integrantes de la Unión Europea. Por fortuna, el propio Kirchner y el canciller Rafael Bielsa habrán entendido esta realidad sencilla, motivo por el cual la breve visita del secretario de Estado norteamericano Colin Powell parece haber servido para tranquilizar a los preocupados por las posibles consecuencias de las arengas antinorteamericanas preelectorales del entonces presidente provisional Eduardo Duhalde y por la recepción triunfal que tantos políticos locales brindaron al dictador antillano Fidel Castro y al venezolano Hugo Chávez en ocasión de la asunción del nuevo gobierno. Sucede que los eventuales beneficios de oponerse sistemáticamente a Estados Unidos serían meramente emotivos, mientras que los costos resultarían bien concretos. Por lo tanto, es esencial que se consolide una relación madura en la que las discrepancias inevitables se deban a conflictos de interés que cualquiera podría entender y las eventuales diatribas supuestamente principistas de ciertos políticos sean a título personal.
Si bien el propósito básico de la visita de Powell fue sondear a Kirchner y tratar de reparar una relación que, con la presunta intención de diferenciarse de Carlos Menem, Duhalde procuró arruinar, también llevó en su bolsillo una lista de pedidos tácitos, algunos meramente coyunturales, otros estratégicos. Entre los primeros está el supuesto por el deseo de que la Argentina acepte enviar tropas de la Gendarmería a Irak, lo que por ahora sería políticamente imposible pero que resultaría factible si las Naciones Unidas optaran por colaborar con la «reconstrucción» de un país devastado por décadas de dictadura feroz seguidas por una guerra relámpago. Más importante que lo que de todos modos resultaría un gesto mayormente simbólico, empero, será la política económica adoptada por el gobierno de Kirchner. Estados Unidos quisiera que decidiera emular al chileno, que ha aceptado el desafío planteado por un tratado de libre comercio con el país dueño del mercado más opulento -y más competitivo- del planeta, pero por lo pronto es poco probable que Kirchner decida acompañarlo por sentirse comprometido con el Mercosur. Dadas las circunstancias, puede entenderse tal actitud, pero se equivoca si cree que la «integración» con el Brasil, un país pobre y subdesarrollado, es necesariamente incompatible con una apertura más amplia.
Otro ítem en la lista de Powell consiste en la deuda externa. Según Kirchner, la Argentina comenzará a tratar este asunto en serio en cuanto esté en condiciones de llegar a un acuerdo indoloro con los acreedores, o sea, virtualmente nunca. Es que a juicio del presidente y de muchos otros, hay que elegir entre los acreedores por un lado y «el pueblo» por el otro, pero sucede que hoy en día la economía no es un juego de suma cero en el que sea forzoso sacrificar a uno en aras de otro. Antes bien, es una cuestión de ventajas mutuas. Puede que en el muy corto plazo «el pueblo» se haya visto beneficiado por la negativa a prestar atención a la deuda, pero en el mediano plazo, para no hablar del largo, el más perjudicado es precisamente «el pueblo» porque mientras el país siga marginándose de las finanzas internacionales no tendrá ninguna posibilidad de disfrutar de las inversiones que le permitirían progresar. El que el «default» que festejaron con júbilo los legisladores se viera seguido por la caída en la pobreza, cuando no en la indigencia, de millones de personas debió haber servido para enseñar a los políticos de que la forma más eficaz de «agravar la situación social del país» consiste en tratar mal a los inversores, pero parecería que por motivos es de suponer ideológicos la mayoría sigue negándose a entender lo que en buena lógica debería serles evidente.
Aunque a muchos no les gusten para nada los Estados Unidos, a casi todos nos convendría que los miembros del gobierno del presidente Néstor Kirchner no permitan que sus sentimientos personales incidan en nuestra relación con la superpotencia que, por su dimensiones físicas, su riqueza y su influencia en virtualmente todos los ámbitos, no puede ser comparada con ningún otro país. En verdad, sería mejor acostumbrarnos a pensar en Estados Unidos como si fuera cuestión de un bloque equiparable con el conformado por los quince integrantes de la Unión Europea. Por fortuna, el propio Kirchner y el canciller Rafael Bielsa habrán entendido esta realidad sencilla, motivo por el cual la breve visita del secretario de Estado norteamericano Colin Powell parece haber servido para tranquilizar a los preocupados por las posibles consecuencias de las arengas antinorteamericanas preelectorales del entonces presidente provisional Eduardo Duhalde y por la recepción triunfal que tantos políticos locales brindaron al dictador antillano Fidel Castro y al venezolano Hugo Chávez en ocasión de la asunción del nuevo gobierno. Sucede que los eventuales beneficios de oponerse sistemáticamente a Estados Unidos serían meramente emotivos, mientras que los costos resultarían bien concretos. Por lo tanto, es esencial que se consolide una relación madura en la que las discrepancias inevitables se deban a conflictos de interés que cualquiera podría entender y las eventuales diatribas supuestamente principistas de ciertos políticos sean a título personal.
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