“A propósito de los femicidios”



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El sábado 4 de abril por la noche habría ocurrido de nuevo, el segundo femicidio en lo que va del año, en San Martín de los Andes. La cifra es aterradora. Aquí y en todo el país. Sé que hay quienes son reacios a usar el término femicidio, pero les guste o no se llama de esa manera, y no homicidio. El femicidio es un monstruo que tiene dos patas: una se asienta en un cuerpo, visible, del hombre que mata, y la otra en la sociedad, en la educación, en lo transmitido culturalmente: en la cultura machista. Por eso no es homicidio liso y llano. Necesito llamar a la reflexión, a nosotros, a todos: a las madres, a los padres, a los educadores, a todo sujeto transmisor de cultura ya sea que trabaje en una radio, en la televisión o en una escuelita de algún paraje pequeño. Es nuestra responsabilidad repensar lo que aprendimos, transmitir otro mensaje y enseñar con el ejemplo, porque lo que está matando a las mujeres es nuestra cultura machista, que se reproduce en cada espacio de lo público y lo privado, que se reproduce cada vez que una madre o un padre hacen alguna diferencia entre sus hijos varones y mujeres, cada vez que al pibe le regalamos una pelota y a la nena la confinamos a las muñecas, cada vez que le festejamos al adolescente que se levanta muchas chicas y le decimos “putita” a la adolescente que disfruta de su atractivo sexual, y a la que se culpabiliza si alguien abusa de ella porque “iba vestida así o asá”. Transmitimos cultura machista cuando decimos que nuestros maridos “nos ayudan con las tareas de la casa” o le festejamos que, por fin, cocinó o cuidó a los niños que tenemos en común. Les enseñamos a las niñas a ser sometidas, si el único halago que reciben es el pasivo “sos una princesa”, y al varón lo tratamos constantemente como un “campeón” porque conquista (cual objeto) a la princesa, o se lo trata de “puto” si no lo hace. Porque de eso se trata: de hombres y mujeres que han crecido, generación tras generación, aprendiendo y creyendo que la mujer no puede valerse sola, que necesita un hombre que la domine y la posea. La mujer-objeto. Generaciones y generaciones educando y culturizando desde ese lugar. Tampoco se debe patologizar al que mata. El que mata a una mujer no lo hace porque está enfermo o porque está drogado o borracho. La violencia de género no tiene que ver con una patología. El mejor ejemplo es el del hombre que se alcoholiza y, por más intoxicado que esté, no elige pegarle o abusar sexualmente de cualquiera que se le cruce sino que espera llegar a su casa para someter a la mujer. La violencia que ejerce no es consecuencia de la borrachera, es consecuencia de sus creencias acerca del vínculo hombre-mujer. Es porque cree que tiene poder sobre “su” mujer, porque cree que le pertenece y hace con ella lo que quiere. Es por eso que hay que replantearse seriamente cuando, como condición para que siga en libertad, se le pide a un hombre que ha ejercido violencia de género que “haga tratamiento”, ya sea psicológico o por adicciones si las tiene. Es tiempo de que pensemos políticas públicas serias para afrontar la violencia de género, que traspasen las fronteras del tratamiento privado, individual o grupal. Es hora de trabajar psicoeducativamente con toda la población. Que lleve a reflexionar seriamente, y a todos, qué estamos haciendo y diciendo… Porque ya no podemos seguir dormidos ante semejante catástrofe. Josefina Gargiulo, DNI 28.515.907 Lic. en Psicología, MP 893 San Martín de los Andes

Josefina Gargiulo, DNI 28.515.907 Lic. en Psicología, MP 893 San Martín de los Andes


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