Abstención vergonzosa

Por Redacción

Puesto que el presidente interino Eduardo Duhalde nunca ha sido conocido por su preocupación por los derechos humanos de nadie, es de suponer que basó su decisión de abstenerse en la votación fijada para hoy en la ONU sobre la situación imperante en Cuba en la convicción de que le serviría más asestar un golpe simbólico contra «el imperio» norteamericano que solidarizarse con las víctimas de una dictadura que, alentada precisamente por la actitud de personajes como él, está volviéndose cada vez más brutal. Según Duhalde, «la Argentina no va a condenar a Cuba, un pequeño país bloqueado». Pues bien, no se trata de «Cuba» sino de un régimen que desde años está en guerra contra los cubanos, o sea, contra «Cuba»: de lo contrario, se celebrarían elecciones libres a intervalos decentes y se permitiría a los habitantes de la isla disfrutar de los derechos que, les guste o no a autoritarios como Duhalde, ya son considerados inviolables por la inmensa mayoría de los demás latinoamericanos. En cuanto al «bloqueo», aludió a lo que queda del embargo autoimpuesto por Estados Unidos que, como Duhalde debería saber muy bien, no impide que otros países, entre ellos la Argentina, comercien con Cuba. Por cierto, en un momento en que diversas agrupaciones de fanatizados locales están hablando de organizar un boicot comercial contra Estados Unidos, lo lógico sería que el presidente reivindicara un «bloqueo» que perjudica principalmente a aquellas empresas norteamericanas que quisieran aprovechar las escasas oportunidades ofrecidas por una economía que, gracias al gobierno del «Líder Máximo», es aún más pobre que la nuestra a raíz de la gestión del propio Duhalde.

Con el propósito de hacer parecer más respetable la decisión, Duhalde subrayó que la había tomado juntamente con el presidente brasileño Luiz Inácio «Lula» da Silva. Sin embargo, se da una diferencia muy grande entre las posturas asumidas por los dos países. Mientras que por sus propios motivos el Brasil siempre se abstuvo en las votaciones anuales, desde hace diez años la Argentina ha preferido condenar los atropellos sistemáticos perpetrados a diario por la última dictadura de América Latina. Por lo tanto, el régimen castrista no tendrá por qué sentirse más respaldado que antes por el Brasil, pero sí tendrá razones de sobra para celebrar el cambio de posición de la Argentina y, sobre la base de esta nueva manifestación de hermandad latinoamericana, intensificar la persecución de todos aquellos que se animen a oponerse a los matones que sirven a Fidel Castro.

Claro, el que su actitud pudiera tener consecuencias bien concretas no molestará a Duhalde en lo más mínimo. Como acaba de confirmar, si esto fuera necesario, el bonaerense forma parte de la legión de personajes que están convencidos de que el respeto por los derechos humanos siempre debería subordinarse a la política, que un acto determinado es malo si lo comete un adversario, pero bueno si el autor es un «amigo» o, por lo menos, un aliado coyuntural. Asimismo, le parece mucho más importante oponerse a Washington que tratar de defender a otros latinoamericanos, mostrando de esta manera lo perversa que es su escala de valores. Para colmo, el presidente interino se sinceró de este modo desagradable justo en un momento en el que los «progresistas» e izquierdistas tradicionalmente filocastristas de Europa y otras partes del mundo -es decir, los hombres y mujeres con los que Duhalde más quisiera congraciarse- comenzaron a protestar vigorosamente contra la conducta de un dictador que se ha puesto a ordenar el fusilamiento o la encarcelación por muchos años de sus adversarios a fin de aplastar todo brote de disenso. De todos modos, aunque Duhalde no hubiera elegido esta precisa oportunidad para manifestar su disgusto por Estados Unidos y su desprecio sin límites por el pueblo cubano, habría sorprendido que su postura le mereciera la aprobación de los «progresistas» europeos y latinoamericanos que, con razón o sin ella, siempre han considerado el peronismo un movimiento en el fondo fascista comparable con el franquismo español y su jefe actual como un cacique autoritario inescrupuloso que nunca vacilaría en sacrificar a otros en aras de sus propios intereses inmediatos.


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