Ahora le toca al empleo

Por Redacción

MIGUEL ÁNGEL ROUCO (*)

Como ocurre desde el 2003, el proyecto de ley de Presupuesto se constituye en una mera expresión de buenos deseos. Con proyecciones basadas sobre puntos de partida hipotéticos, poco importa si se cumplen luego esas previsiones. No importan las proyecciones y, lo que es peor aun, al Poder Ejecutivo tampoco le importan los límites al gasto público que sistemáticamente vulnera mediante esa formidable arma letal que es la ley de Emergencia Económica y los denominados “superpoderes”. Es más, el voluntarismo oficial contenido en la iniciativa está ajustado con exiguos márgenes de error y los números oficiales apenas permiten ver que las hipótesis presupuestarias son tan endebles como la realidad del Erario. Un superávit financiero de apenas el 0,1% del gasto es lo mismo que esperar un desequilibrio mayor debido a los factores aleatorios que ocurren durante un ejercicio. El gobierno insiste en calcular los ingresos y los gastos sobre la base de una evolución de recursos ajustada por el cuestionado índice de inflación oficial que luego será superado ampliamente por una inflación real que se comerá los ingresos y que será devorada por los gastos. Cuando esto ocurra, la administración Kirchner apelará a las modificaciones presupuestarias vía decretazo y ampliará las partidas sin control y con el financiamiento derivado de otras cajas. De acuerdo con lo expuesto por el ministro de Economía, la hipótesis de crecimiento será del 4,4% y estará basado en el motor del consumo, tal como ocurrió en los ejercicios anteriores. Los desequilibrios de caja de los últimos años están marcando que la Argentina no tiene ahorro y que, por lo tanto, los gastos superan a los ingresos. Cuando esto ocurre, la administración Kirchner apela al facilismo de imprimir moneda para financiar el desbordante gasto público. Con el gasto creciendo al 40% y los recursos monetarios a otro tanto, el resultado no es otro que inflación más salida de capitales. Cuando el gobierno no logra hacer frente al pago de la deuda del sector público, la Casa Rosada rodea y asfixia al BCRA, la Anses, el PAMI o el Banco Nación, dejándoles sin utilidades y colocándole deuda que nunca pagará. En la cuenta nacional, el consumo supera ampliamente la inversión, lo que se traduce en un fuerte desequilibrio estructural y que se manifiesta a través de la inflación. El mantenimiento de esta ecuación basada en la supremacía del consumo implica ir más allá de las posibilidades de la economía misma. Esto se asemeja a un efecto ilusorio que hace creer a la población que puede gastar también más allá de su bolsillo y que está sustentado en gran parte en un formidable retraso cambiario, financiado por el impuesto inflacionario. Sólo un contexto internacional favorable –dólar débil y commodities fuertes– puede permitirle durabilidad al esquema patrocinado por el kirchnerismo. Sin embargo todo tiene límites, hasta el “viento de cola”. La inflación comienza a mostrar su costado menos favorable con un aumento de la pobreza y la marginalidad cada vez más ostensible. Las empresas no tienen planes de expansión ni tampoco de toma de personal. El Estado en sus tres niveles de gobierno responde con mayor presión fiscal que desalienta cualquier estímulo a la demanda agregada a menos que el mismo Estado inyecte dinero artificial. Los mismos datos oficiales se encargan de edificar el escenario menos deseado. Sobre la caída en la actividad industrial, huelgan mayores comentarios. (*) Analista económico DyN