Ajuste y relato

Por Redacción

Para hacer más tolerable el ajuste despiadado que sufría la Argentina luego del estallido de la convertibilidad y el default, los responsables de llevarlo a cabo atribuyeron todos los problemas económicos del país al FMI y al supuesto “neoliberalismo” de los años noventa. El gobierno tecnocrático de Italia ha optado por un relato muy distinto. Según el primer ministro Mario Monti, “la culpa de la deuda pública es de los italianos, no de los europeos” –es decir de los alemanes–, de suerte que la razón por la que se ha visto obligado a pedir sacrificios dolorosos consiste en su convicción de que sus compatriotas se deben a sí mismos poner su propia casa en orden. Por ahora, parecería que la actitud de Monti merece la aprobación de la mayoría de los italianos que entiende muy bien que sería inútil, y poco digno, afirmarse víctima de la crueldad ajena, aunque es de prever que sigan produciéndose protestas contra las reformas estructurales que serán necesarias no sólo para reducir el gasto público por 13.000 millones de euros y aumentar 18.000 millones los ingresos fiscales, como ha propuesto el banquero, sino también para que, una vez equilibradas las cuentas, Italia pueda iniciar un período prolongado de crecimiento rápido. Por criticable que fuera, el “relato” autocompasivo elegido por nuestros gobernantes funcionó: el país terminó ajustándose a las nuevas circunstancias sin experimentar las convulsiones sociales gravísimas que algunos habían previsto. ¿Resultará igualmente eficaz el elegido por Monti? Es posible, ya que es una cosa rebelarse contra un organismo internacional como el FMI y una ideología con la que virtualmente nadie dice sentirse comprometido y otra muy distinta oponerse a los países vecinos, pero así y todo las perspectivas de Italia distan de ser promisorias. A diferencia de nuestro país, no dispone de nada parecido al campo que resultó capaz de generar una cantidad impresionante de divisas merced en buena medida a las necesidades de China. Por lo demás, la población de Italia se ha acostumbrado a un nivel de vida que es mucho más elevado que el que para millones de argentinos es “normal”. Para impedir que siga cayendo, los sectores industriales italianos tendrán que hacerse cada vez más competitivos, o sea productivos, lo que no les será del todo fácil. Italia, lo mismo que casi todos los demás países desarrollados, parece encontrarse en peor estado que muchos “emergentes” como China y Brasil que, si bien sus economías son mucho más eficaces, han dejado de crecer a un ritmo que les permitiría satisfacer las expectativas de la mayoría. Parecería que desde el punto de vista de los dirigentes políticos, por lo menos, es mejor que un país sea pobre con tal que crezca vigorosamente de lo que es ser rico pero condenado a algunos años de estancamiento, o retroceso moderado, ya que lo que realmente importa es la sensación de progreso. Según el primer ministro Monti y otros líderes europeos, los “ajustes” que están aplicando servirán para curar la economía de sus dolencias para que pronto pueda reanudar su marcha ascendente, pero puede que ello no ocurra. Aunque la ministra de Trabajo italiana, Elsa Fornero, lloró al anunciar que en adelante será necesario congelar las jubilaciones y que antes de percibirlas todos tendrían que trabajar un año o dos más, no puede sino entender que el envejecimiento de la población de Italia ha hecho insostenible el absurdamente generoso sistema previsional existente. Menos polémicas, pero acaso más difíciles de instrumentar, han sido las medidas anunciadas para combatir la evasión impositiva en gran escala que, como en la Argentina, es desde hace mucho tiempo un “deporte nacional”. Para presionar a los evasores, el nuevo gobierno no ha vacilado en apelar a sus sentimientos patrióticos. Aunque sorprendería que muchos se permitieran conmover, ya que para justificar su negativa a contribuir más pueden aludir a la corrupción de la clase política, merece respeto el que el gobierno de Monti haya apostado a que someter a sus compatriotas a un baño de realismo, sin procurar culpar a otros por las desgracias económicas que amenazan con multiplicarse en los meses próximos, sea suficiente como para producir el tan deseado “cambio de mentalidad”.


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