Alboroto preelectoral
Al acercarnos a la fecha prevista para las elecciones presidenciales, cuatro de los candidatos -Carlos Menem, Adolfo Rodríguez Saá, Ricardo López Murphy y Elisa Carrió- se han puesto a hablar de la probabilidad de que sus adversarios traten de cerrarles el camino recurriendo al fraude. Por ser el candidato semioficial, Néstor Kirchner ha tenido que manifestarse más o menos conforme con las actividades de su padrino, el presidente interino Eduardo Duhalde, pero no cabe duda que, de sentirse más libre, no vacilaría un solo momento en sumar su voz al coro descalificador. Aunque hasta ahora pocos han previsto que los duhaldistas opten por intentar emplear los métodos propios del catamarqueño Luis Barrionuevo, que prefirió hacer uso de la violencia a permitir la celebración de comicios en los que no le era dado participar, los adversarios de Kirchner siguen señalando que el gobierno que lo respalda está recayendo en vicios típicos de la politiquería criolla repartiendo subsidios, afirmando que su candidato es el único que garantizará la continuación de distintos programas sociales y que por lo tanto si perdiera muchos se quedarían sin dinero y presionando a los empleados públicos a asistir a actos destinados a celebrar sus supuestos méritos. Según López Murphy, le corresponde «desenmascarar al gobernador de Santa Cruz, este integrante del triunvirato de candidatos peronistas que intenta consumar un engaño electoral escandaloso» que consiste en aplicar informalmente la ley de lemas en beneficio del movimiento político gobernante. Por su parte, Menem dice que los duhaldistas se han vuelto casi «histéricos» porque «al gobierno se le está yendo de las manos la elección», razón por la cual trata de intimidarlo con amenazas seguidas por «bombas, bombas que son obra del gobierno nacional y de la provincia» de Buenos Aires.
El clima que está generándose es ominoso por significar que a juicio de muchos el próximo gobierno carecerá de legitimidad por ser producto del fraude. Si el eventual triunfador disfruta de un margen muy amplio en la primera vuelta, las acusaciones que están formulándose serían recordadas como «anecdóticas», atribuibles a las pasiones ocasionadas por una puja intensa, pero no existen muchos motivos para suponer que un candidato determinado esté por distanciarse mucho de los demás. Asimismo, en el caso de que Menem logre triunfar en la primera vuelta pero pierda por mucho en la segunda, sería probable que las denuncias dirigidas contra Duhalde y Kirchner se volvieran aún más contundentes de lo que han sido últimamente.
En nuestro país ya es normal que los políticos más votados asuman posturas maniqueas, acusando a sus adversarios de «destruir el país» o de estar vinculados con corrientes que a su juicio son satánicas como la llamada «neoliberal». Sin embargo, a pesar de que sea tan frecuente la retórica tremendista que a veces trae a la memoria el fanatismo de los participantes en guerras de religión, a partir de 1983 pocos han cuestionado la legitimidad democrática del gobierno de turno. Incluso la convicción difundida de que la presidencia de Duhalde fue el resultado de saqueos organizados por sus simpatizantes del conurbano bonaerense no ha sido aprovechada plenamente por sus muchos críticos, que han decidido resignarse a un hecho consumado por entender que insistir en el origen presuntamente espurio de un gobierno que, de todos modos, está por terminar su período en el poder, podría hacernos entrar en una etapa signada por conflictos institucionales sumamente graves. Pues bien: la tregua así supuesta podría estar aproximándose a su fin debido a la voluntad apenas disimulada de los duhaldistas de mantenerse en el poder encolumnándose detrás de la candidatura de Kirchner, un hombre sin aparato propio por ser gobernador de una provincia apenas poblada, que por lo tanto dependerá de aquél que le preste Duhalde. Aunque en el calor de las batallas preelectorales los duhaldistas y otros se hayan inclinado por tomar en solfa los reparos de quienes se preocupan por las instituciones y por el principio de legitimidad que ellas representan, los riesgos producidos por su voluntad de pasar por alto ciertas reglas son reales y con todo día que transcurre propenden a agrandarse.