Amigos europeos

Redacción

Por Redacción

Para satisfacción evidente del presidente Néstor Kirchner, en el transcurso de su breve visita a Europa, el primer ministro británico Tony Blair, el canciller alemán Gerhard Schröder, el presidente francés Jacques Chirac y el jefe del gobierno español José María Aznar le aseguraron que intercederían personalmente ante los representantes del FMI para que firmen cuanto antes un acuerdo con la Argentina, actitud que sin duda alguna está compartida por sus homólogos del Japón, de Estados Unidos y de otros países ricos que, por motivos comprensibles, desean ver solucionado un problema que no beneficia a nadie. Sin embargo, el que los líderes más poderosos del mundo siempre se hayan afirmado dispuestos a ayudar al presidente argentino de turno hacer las paces con el Fondo nunca ha querido decir que a éste le resultara mucho más sencillo superar los obstáculos que obstruyen el camino. Mal que bien, a menos que los políticos del «Primer Mundo» estén dispuestos a subsidiar a la Argentina aceptando encargarse de sus deudas, ellos también tendrán que insistir en la necesidad de que el gobierno emprenda ciertas «reformas estructurales» porque, con razón o sin ella, están sinceramente convencidos de que de lo contrario el país no tendrá ninguna posibilidad de prosperar.

Aunque Kirchner ha criticado con vehemencia al FMI por haber respaldado a Carlos Menem primero y a Fernando de la Rúa después cuando a su entender debía haberlos obligado a elegir otro «rumbo», es de suponer más «keynesiano» un motivo de la flexibilidad así manifestada por la institución que vela por las finanzas mundiales consistió precisamente en las presiones de los políticos de los países desarrollados que eran deseosos de subrayar su amistad hacia la Argentina apoyando los esfuerzos de su presidente. Si bien algunos, tal vez todos, habrán tenido sus dudas en cuanto a los méritos de la estrategia muy heterodoxa elegida por el gobierno de Menem, optaron por mencionarlas en privado, limitándose en público a hacer hincapié en sus aspectos más positivos. Puesto que virtualmente todos los mandatarios del mundo democrático están acostumbrados a hablar de este modo melifluo por ser conscientes de que si dijeran lo que realmente piensan podrían provocar un incidente internacional o desatar una crisis de confianza de consecuencias imprevisibles, habrán supuesto que los gobernantes argentinos no se dejarían engañar por las declaraciones de circunstancia formuladas por motivos diplomáticos, sino que harían todo cuanto resultara necesario para impedir que el país terminara hundiéndose.

Lo mismo que sus antecesores «neoliberales», Kirchner parece creer que en el fondo sus interlocutores extranjeros comparten su forma de analizar los problemas graves planteados por la economía argentina y que por lo tanto están convencidos de que las medidas que tomó han sido las correctas, pero que por razones de política interna a veces se sienten constreñidos a asumir una postura «dura». Por desgracia, no es así. Por cierto, sería sorprendente que Blair, un centroizquierdista que no ha procurado modificar el «rumbo» iniciado por Margaret Thatcher, o Schröder, otro centroizquierdista que está luchando desesperadamente contra los sindicatos y el «ala política» de su gobierno en un intento de persuadirlos a adoptar medidas netamente «neoliberales» por entender que la alternativa sería permitir que Alemania degenerara en una potencia de tercera clase, supusieran que la Argentina podría salir de la crisis profunda en la que está debatiéndose desde hace varias décadas sin antes llevar a cabo una serie de reformas sumamente antipáticas que afectarían a muchos intereses creados. Así las cosas, tanto Blair como Schröder, para no hablar de los dirigentes declaradamente conservadores de otros países, tendrán mucho más en común con los «técnicos» del FMI que a su modo encarnan la ortodoxia actual, que con Kirchner y sus asesores. Puede que discrepen en cuanto a la importancia de ciertos detalles y que comprendan decididamente mejor que los funcionarios internacionales las dificultades políticas que tendrían que enfrentar el presidente de un país ya relativamente pobre, pero la verdad es que no existen motivos para creer que en su opinión los remedios recomendados por el FMI no sean los apropiados.


Para satisfacción evidente del presidente Néstor Kirchner, en el transcurso de su breve visita a Europa, el primer ministro británico Tony Blair, el canciller alemán Gerhard Schröder, el presidente francés Jacques Chirac y el jefe del gobierno español José María Aznar le aseguraron que intercederían personalmente ante los representantes del FMI para que firmen cuanto antes un acuerdo con la Argentina, actitud que sin duda alguna está compartida por sus homólogos del Japón, de Estados Unidos y de otros países ricos que, por motivos comprensibles, desean ver solucionado un problema que no beneficia a nadie. Sin embargo, el que los líderes más poderosos del mundo siempre se hayan afirmado dispuestos a ayudar al presidente argentino de turno hacer las paces con el Fondo nunca ha querido decir que a éste le resultara mucho más sencillo superar los obstáculos que obstruyen el camino. Mal que bien, a menos que los políticos del "Primer Mundo" estén dispuestos a subsidiar a la Argentina aceptando encargarse de sus deudas, ellos también tendrán que insistir en la necesidad de que el gobierno emprenda ciertas "reformas estructurales" porque, con razón o sin ella, están sinceramente convencidos de que de lo contrario el país no tendrá ninguna posibilidad de prosperar.

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