Antonio de la Rúa, un hijo con poder  

Antonio de la Rúa es uno de los hombres más influyentes del gobierno. A los 26 años formó una línea generacional que tiene funcionarios en cada ministerio. Maneja la imagen de su padre.



Buenos Aires (ABA).- Tiene tan sólo 26 años y ya es uno de los hombres más influyentes del gobierno argentino. El poder de Antonio De la Rúa, el hijo varón mayor del presidente, se afianza cada vez más dentro de la Alianza. Lo que él dice, es ley. Lo que a él no le interesa, no sirve. Los funcionarios que promueve son los más poderosos. Los funcionarios a los que le baja el pulgar, que se vayan buscando otro trabajo. Es el asesor que más escucha Fernando de la Rúa, y es -claro está- quien más conoce a Fernando de la Rúa. Desde las épocas de campaña electoral, se encarga de la imagen y la comunicación de la coalición.

“Nosotros tenemos que ser una mixtura entre la operatividad de Coti Nosiglia y los términos ideológicos de Fredi Storani”, suele decirle Antonio a sus seguidores, que no son pocos, por cierto. El hijo del presidente formó un grupo político -aún inorgánico- que se constituyó en la organización más poderosa de la Alianza, detrás del delarruismo puro y por delante incluso del alfonsinismo y del nosiglismo.

El llamado “grupo Sushi” que comanda tiene funcionarios – representantes en todas las segundas líneas del Estado y las estrellas más rutilantes del delarruismo son sus integrantes. Le responden a Antonio: Cecilia Felgueras, la interventora del PAMI; Darío Lopérfido, el todopoderoso Secretario de Cultura y Comunicación; Hernán Lombardi, Secretario de Turismo y el hombre que más viajes comparte con el Presidente. Además, son lugartenientes del “pequeño” De la Rúa -entre otros- Lautaro García Batallán, Subsecretario del Interior; Darío Richarte, el segundo de la SIDE; Andrés Delich, vice-ministro de Educación; Marcelo Di Stefano, director de Empleos; Luciano Olivera, director de producción de ATC, y Alejandro Gómez, director de Programación Cultural.

Comunicador

Recibido de abogado con algunas polémicas hace algo más de un año, Antonio de la Rúa jamás ejerció. Siempre se dedicó a acompañar el proyecto presidencial de su padre, y poco a poco fue encontrando su verdadera vocación: la de comunicador. Al principio de la campaña, sus intervenciones eran algo tímidas. Con el tiempo y el apoyo ilimitado del por entonces candidato, fue soltándose.

Primero logró formar la dupla de publicistas que quisiera tener todo empresario: David Ratto, el patriarca de la comunicación política argentina, y Ramiro Agulla, el nuevo prodigio de los creativos, el mismo que hizo los avisos de “Mimitos” y “La llama que llama”. Después fue el impulsor de la idea más arriesgada del período electoral: ideó el spot “Dicen que soy aburrido…”, contra todos los consejos de los expertos del partido.

“Con esto enterraste la carrera política de tu padre”, le dijo entonces un enojado Nicolás Gallo, actual ministro de Infraestructura. Pero el aviso fue un éxito descomunal. “Los chicos repiten la frase en las escuelas”, se enorgullecía Antonio.

Desde esa “pegada” su camino se allanó y su poder de influencia se hizo desmesurado. Se convirtió en el virtual jefe de campaña y convenció a su padre, que se rodeó de sus jóvenes amigos, como Lopérfido y Felgueras. Todos, incluso sus enemigos, le reconocen su importante cuota de responsabilidad en el triunfo electoral de octubre.

Ahora, instalado en las oficinas que la fundación familiar Funcer tiene en un edificio pegado al Congreso, Antonio fortalece sus dominios. Ramiro Agulla -el único publicista que ha ganado millones en los dos últimos años- es a esta altura uno de sus mejores amigos. Este fin de semana recibió al hijo del presidente en su casona de Punta del Este, donde pensaron los últimos detalles del nuevo desafío. La dupla está a cargo, oficialmente, de la campaña de Aníbal Ibarra para la jefatura de Gobierno porteño. Ese solo apoyo bastó para que cesaran los intentos radicales de desplazar al frepasista de la candidatura.

Pero sus deseos no terminan en la imagen y la comunicación. Antonio ya tiene una fuerte estructura política detrás suyo: en total, hay 17 funcionarios en la segunda línea del gobierno que le responden. Y está formando su aparato para el futuro. “No tiene pretensiones electorales, el sólo quiere ayudar a su padre”, explica Lopérfido. Un dirigente radical de vieja data no piensa lo mismo: “Antonio está trabajando para quedarse con el partido”. La identificación es inevitable: puertas adentro de la UCR, el “grupo Sushi” es la nueva Coordinadora, y Antonio es un “Coti” aggiornado.

Su estructura tiene una base: Franja Morada, la rama universitaria de la UCR que domina las elecciones estudiantiles desde hace 18 años. Lautaro García Batallán, el presidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), es el líder “espiritual” de los estudiantes, y puso a disposición de Antonio todo el movimiento. Hoy, entre los funcionarios que colocó el grupo en el gobierno, hay siete ex presidentes de centros de estudiantes.

Apuesto, inteligente, ambicioso, de bajo perfil, Antonio de la Rúa es una sombra gris que influye en todos los ámbitos de gobierno. Los que le responden guardan fidelidad absoluta. “Antonio te sabe escuchar, eso es lo que lo distingue de otros dirigentes. Y además tiene una increíble facilidad para rodearse con los mejores y para delegar”, explica Alejandro Gómez, funcionario cultural del Gobierno. Es también temido y odiado por los dirigentes mayores.

Los punteros desplazados le echan la culpa de sus desplazamientos. “Es muy ambicioso, ya a va meter la pata”, dice un diputado. Mientras tanto, él sigue absorbiendo responsabilidades, al punto que es la mano derecha de su padre, el presidente. 


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