Aprender a vivir en un planeta bajo presión

Por Redacción

El sentimiento de exclusión puede ser una de las experiencias más dolorosas dentro de una sociedad. En otras palabras, es “el sentirse fuera de”. Niñas, mujeres, ancianos, pobres, homosexuales, indígenas o personas diferenciadas por color o raza son algunos ejemplos de protagonistas de una injusticia social histórica. Para muchos será una realidad inalienable (como la ley de la selva), para otros será el destino o lo que fuere. Sin embargo, es indudable que en la actualidad existe la prioridad –a estas alturas, incluso mediática– de cambiar “una realidad excluyente” por un mundo más balanceado. Esto exigiría acceder a la información de un modo crítico y no recibir los estímulos o contenidos de manera “pasiva”. En el libro “Replantear la educación, ¿hacia un bien común mundial?”, publicado en el 2015 por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, encontré una noción reveladora. Esta dice que en la actualidad, en tanto novedad, “hay que aprender a vivir en un mundo bajo presión”. Interesante y controversial frase. Veamos algunas notas a este respecto. En principio, no sería tan fácil entender este concepto. Así, “aprender a aprender” es la tendencia de modelo educativo en este nuevo contexto. Y, si bien la mente (todavía) casi no soporta tantas palabras relacionadas con “hay que cambiar esto o aquello”, no hay alternativa. Esa es la presión, en principio. Aprender a aprender es salirse continuamente de la tan nombrada “zona cómoda”: el aprendizaje continuo, ilimitado. El libro publicado por Unesco afirma la necesidad ineludible de ir más allá de la alfabetización y la adquisición de competencias aritméticas básicas; por ejemplo, centrarse en los entornos de aprendizaje y nuevos enfoques que propicien una mayor justicia, equidad social y solidaridad a nivel mundial. No bastaría con sólo el acceso a la educación, sino que surge la necesidad de buscar la calidad de la educación y la pertinencia del aprendizaje. Existen dos publicaciones memorables de la Unesco previas a la mencionada. “Aprender a ser: la educación del futuro” (1972), el “informe Faure”, y “La educación encierra un tesoro” (1996), el “informe Delors”. Vale recordar que en este último se señalan siete tensiones generadas por el cambio tecnológico; a saber, entre lo económico y social, entre lo mundial y lo local, lo universal y lo particular, la tradición y la modernidad, lo espiritual y lo material, las proyecciones a largo y a corto plazo, la necesidad de competir y el ideal de la igualdad de oportunidades. Las tensiones continúan hoy en día, pero aparece el principio de la educación como un bien público bajo presión. Es decir, la educación pública “está bajo la mira”. Hay una demanda creciente de inclusión, transparencia y rendición de cuentas. Los individuos y las comunidades se fortalecen gracias a la consolidación de la democracia en muchos países y del acceso al conocimiento, tanto a través de la educación formal como de las tecnologías digitales. Así, se prevé un cambio de las formas de gobernanza local y mundial. Y esto tiene sus efectos en los marcos de los planes de estudios, los libros de texto y las políticas hacia una acción afirmativa. Por otra parte, la participación privada en la educación escolar, en ascenso, adopta diversas formas. Si bien la participación del sector privado en la educación no es algo nuevo, lo que tiene de nuevo es su escala, alcance y penetración en todos los aspectos de la educación, para bien o para mal. Las nuevas tecnologías de la comunicación y los medios sociales son un catalizador esencial de esta transformación, especialmente entre los jóvenes. Ciertamente, estos representan en la actualidad una oportunidad formidable porque son la generación más educada, informada y conectada de la historia de la humanidad. El nuevo universo digital, caracterizado por los blogs, Facebook, Twitter y otros medios de comunicación social, obliga a replantear las nociones clave y las diferencias entre el sector público y el privado. Respecto del reconocimiento de la diversidad cultural y el rechazo del chauvinismo, recordemos lo recientemente manifestado por el papa Francisco en el Día de la Familia en Filadelfia. Cada vez ostenta mayor reconocimiento la diversidad cultural, ya sea históricamente en los Estados nación o producto de la migración. La diversidad cultural puede suscitar conflictos si la cohesión social se ve expuesta a controversias. El caso concreto de Estados Unidos en la actualidad, con las propuestas del republicano Donald Trump de deportar “en masa” inmigrantes latinos de su país, nos da la medida de las posibles tensiones. La obligación de proteger impone a los Estados adoptar medidas que eviten que el derecho a la educación sea obstaculizado por terceros. La de dar cumplimiento (facilitar) exige que adopten medidas positivas que permitan a individuos y comunidades disfrutar del derecho a la educación y les presten asistencia. Como norma general, los Estados están obligados a facilitar un derecho concreto cada vez que un individuo o grupo no puede, por razones ajenas a su voluntad, poner en práctica el derecho por sí mismo con los recursos a su disposición. Este es un punto clave y, al parecer, difícil de ejecutar. Aunque los cuatro pilares de la educación –conocer, hacer, ser y vivir juntos– tienen, de hecho, más validez en la actualidad, se ven amenazados tanto por la mundialización como por la reaparición de políticas de identidad nacional. Es decir, vivir juntos aceptando las diferencias es el gran dilema. ¿Cómo es posible conciliar la multiplicidad de las cosmovisiones por medio de un enfoque humanista de la educación pública en democracia? ¿Qué tan fuertes son hoy las tendencias extremistas afines a la exclusión? ¿Cómo se debería financiar y administrar la educación? ¿Cuáles son las condiciones para la formación, capacitación, evolución y apoyo de los nuevos docentes? ¿Cuáles son las consecuencias para la educación en el meollo entre los conceptos de bien privado, bien público y bien común? La Unesco es un caso único dentro del sistema de las Naciones Unidas por tener redes mundiales de comisiones nacionales, cátedras Unesco e institutos especializados. Esas redes podrían ser utilizadas como medios para reevaluar la finalidad y observar con regularidad la práctica educativa, a medida que cambien las circunstancias y las necesidades. Además de las siete tensiones del “informe Delors”, hoy hay una manifestación “marcada” por cambiar hacia “una realidad no excluyente”, un mundo con mayor equilibrio y equidad (lo que incluye cambio climático, sustentabilidad, etcétera). Aprender a acceder a la información de un modo crítico es, sin duda, “aprender a vivir en un mundo bajo presión” (“aprender a vivir consciente” sería una frase más fácil, pero quizá menos efectiva). Siendo metafórico, si “no se sabe por dónde va a saltar la liebre”, aprender a aprender, en tanto práctica regular consecuente, nos ubica en un área nueva de la educación. (*) Licenciado en Letras

Sergio Povedano (*)