Argentina pasea por las nubes
El fútbol, el básquet y las chicas (del hockey, el tenis y la natación) volvieron a ubicar al país en el mapa del deporte mundial. Los claroscuros de la realidad de un estado ausente.
¿Qué es lo que cambió en un año para que 12 meses después de cumplir uno de los peores Juegos Panamericanos de su historia, el deporte argentino se vuelva de Atenas con sus mochillas llenas de sonrisas? ¿Qué ocurrió para que el oro volviera a sonreirle por partido doble, tras medio siglo de silencio esquivo? ¿Fue aquello de Santo Domingo un tropezón accidental y esto de Grecia una instantánea fidedigna de la realidad nativa, o en rigor las medallas de los juegos que terminaron ayer son también producto de una aventura celestial y del esfuerzo particular? En la tierra de Platón no se ha producido un milagro, sino algo que, incluso, estaba en los planes de algunos especialistas. No parece haber demasiado misterio. El fútbol y el básquet fueron con sus mejores armas a Atenas y se llevaron un triunfo lleno de gloria, pero también de lógica. Ambos planteles campeones están conformados por dos o tres generaciones de grandes atletas, que compiten en las ligas más importantes del mundo, conducidos, ambos grupos, por dos entrenadores altamente calificados, que nada tienen que envidiarle -en su formación profesional- a cualquiera del primer mundo. En Santo Domingo ‘03, el deporte argentino había evidenciado el declive y la pauperización de su deporte amateur, especialmente en disciplinas -co-mo la natación y el atletismo- que siguen reinando en el universo olímpico. Esos deportes, al igual que cualquier otra actividad nacional dependiente del estado, como la educación, la ciencia o la salud, fracasaron ruidosamente en los panamericanos, como también ocurrió en Atenas y como también lo harán, seguramente, en Pekín 2008. Ocurre que ni el fútbol, ni el básquet ni el hockey notable de Las Leonas -si bien ellas cobran un subsidio- depen-den de la política deportiva de un esta-do empobrecido. Sus triunfos, está cla-ro, no significan que el estado de las cosas hayan mejorado. Lo que demuestran, otra vez, es que esta raza que sobrevive en este subsuelo del mundo, con apoyo económico, con un trabajo serio que la respalde, con entrenadores modernos y consecuentes, está a la altura de cualquier elite mundial. Ahora bien, ¿cuán representativo del deporte argentino son estos héroes del fútbol y el básquet? ¿Cuánta argentinidad hay en sus triunfos? Mucha sin duda. No reflejan la realidad del deporte amateur, es cierto, pero guardan, cada una de sus victorias, un insoslayable sabor criollo. No sólo ambos equipos están plagados de jugadores llenos de talento y picardía, sino también de atletas corajudos, esos que encaran los partidos con un revólver en el alma. Allí está Carlos Tevez pidiendo la pelota minutos después de que Gama-rra le diera vuelta la cara de un codazo. Allí quiebra la cintura Mauro Rosales, y en cada amague inesperado evoca a los grandes gambeteadores que dio el fútbol criollo. Por allí despega Emanuel Ginóbili, diciéndole a sus compañeros ‘dámela a mí, dámela a mí’, capaz de desafiar, zigzagueante, a todo una patrulla NBA. Por allí salta Andrés Nocioni, una suerte de guerrero ninja del básquet, desmintiendo, con gesto fiero, la gravedad de la tierra en cada salto. Dejado de lado la deslumbrante actuación del fútbol, del básquet y de las chicas (hockey, tenis y Bardach), ¿Hacia dónde se dirige el deporte nativo? ¿El hecho de que se haya cortado la racha de 52 años sin oro, significa que las vigas del deporte están más sólidas? Cuando los remeros Capozzo y Guerrero ganaron el oro en Helsinki ‘52 -la última dorada hasta Atenas-, el deporte ocupaba un lugar central en la política de estado del gobierno de enton-ces. Eran otros tiempos. Tiempos en los que un deporte exitoso se confun-día con una política que lo fomentaba, pero que también lo manipulaba. Cuan-do Delfo Cabrera, por caso, regresó triunfal tras ganar el maratón olímpico en Londres ‘48, el presidente Perón le obsequió una vivienda. Luego, tras la revolución libertadora, la casa le fue expropiada y perdió su trabajo como sargento en el cuerpo de bomberos. Nunca más el deporte volvió a ocu-par la importancia que tuvo como política de estado durante los 10 años de gobierno peronista. También es cierto que aquellos eran años de abundancia y de un estado benefactor irrepetible. Hoy, con escasísimas excepciones, ningún atleta de alta competencia depende de las oscilaciones ideológicas o económicas de los gobiernos de turno. Si es un atleta amateur argentino no será ni bueno ni malo, será pobre siem-pre. Si es un atleta de una potencia económica, en cambio, sólo se preocupará por mejorar sus marcas. El oro de Atenas llegó como consecuencia del trabajo de dos organizacio-nes independientes, que nada tienen que ver con la política de estado del país. Ambas cuentan con dos superestructuras que bien podrían seguir destacándose aún con el resto del deporte olímpico al borde de la desaparición. Por eso, por más que los dos oros ten-gan un registro histórico, poco le agregan al derrotero de una patria deportiva amateur que sigue renga de estructura. Sus U$S 8 millones de presupuesto -el mis-mo con el que cuenta, por citar un ejemplo, la provincia de Sevilla en España- se van en su mayoría en el pago de sueldos a entrenadores y de becas que no superan, las más de las veces, los 1000 pesos mensuales, si se pagan. No llegan a derramarse en la base de la pirámide social, allí donde surgirán los atletas del futuro. En un país con la mitad de su población sumida en la pobreza, con un gran número de clubes al borde de la asfixia -allí está la deliciosa “Luna de Avellaneda para retratarlo-, los triunfos del fútbol y del básquet pueden contagiar a los más chicos, es cierto, pero siempre y cuando éstos tenga para alimentarse. Es probable, sí, que Emanuel Ginóbili funcione como el humus para que o-tros tantos ginóbilis aparezcan en unos años. Es probable también que cientos de chicos sueñen con sus penetraciones, así como miles de niños quie-ran viborear tras una pelota soñando ser Carlos Tevez. Ese es el mayor lega-do: el contagio. Ante un estado autista, se impone el ejemplo que llega desde estos héroes que deslumbran en deportes colectivos y superprosionales.
Pablo Perantuono
¿Qué es lo que cambió en un año para que 12 meses después de cumplir uno de los peores Juegos Panamericanos de su historia, el deporte argentino se vuelva de Atenas con sus mochillas llenas de sonrisas? ¿Qué ocurrió para que el oro volviera a sonreirle por partido doble, tras medio siglo de silencio esquivo? ¿Fue aquello de Santo Domingo un tropezón accidental y esto de Grecia una instantánea fidedigna de la realidad nativa, o en rigor las medallas de los juegos que terminaron ayer son también producto de una aventura celestial y del esfuerzo particular? En la tierra de Platón no se ha producido un milagro, sino algo que, incluso, estaba en los planes de algunos especialistas. No parece haber demasiado misterio. El fútbol y el básquet fueron con sus mejores armas a Atenas y se llevaron un triunfo lleno de gloria, pero también de lógica. Ambos planteles campeones están conformados por dos o tres generaciones de grandes atletas, que compiten en las ligas más importantes del mundo, conducidos, ambos grupos, por dos entrenadores altamente calificados, que nada tienen que envidiarle -en su formación profesional- a cualquiera del primer mundo. En Santo Domingo ‘03, el deporte argentino había evidenciado el declive y la pauperización de su deporte amateur, especialmente en disciplinas -co-mo la natación y el atletismo- que siguen reinando en el universo olímpico. Esos deportes, al igual que cualquier otra actividad nacional dependiente del estado, como la educación, la ciencia o la salud, fracasaron ruidosamente en los panamericanos, como también ocurrió en Atenas y como también lo harán, seguramente, en Pekín 2008. Ocurre que ni el fútbol, ni el básquet ni el hockey notable de Las Leonas -si bien ellas cobran un subsidio- depen-den de la política deportiva de un esta-do empobrecido. Sus triunfos, está cla-ro, no significan que el estado de las cosas hayan mejorado. Lo que demuestran, otra vez, es que esta raza que sobrevive en este subsuelo del mundo, con apoyo económico, con un trabajo serio que la respalde, con entrenadores modernos y consecuentes, está a la altura de cualquier elite mundial. Ahora bien, ¿cuán representativo del deporte argentino son estos héroes del fútbol y el básquet? ¿Cuánta argentinidad hay en sus triunfos? Mucha sin duda. No reflejan la realidad del deporte amateur, es cierto, pero guardan, cada una de sus victorias, un insoslayable sabor criollo. No sólo ambos equipos están plagados de jugadores llenos de talento y picardía, sino también de atletas corajudos, esos que encaran los partidos con un revólver en el alma. Allí está Carlos Tevez pidiendo la pelota minutos después de que Gama-rra le diera vuelta la cara de un codazo. Allí quiebra la cintura Mauro Rosales, y en cada amague inesperado evoca a los grandes gambeteadores que dio el fútbol criollo. Por allí despega Emanuel Ginóbili, diciéndole a sus compañeros ‘dámela a mí, dámela a mí’, capaz de desafiar, zigzagueante, a todo una patrulla NBA. Por allí salta Andrés Nocioni, una suerte de guerrero ninja del básquet, desmintiendo, con gesto fiero, la gravedad de la tierra en cada salto. Dejado de lado la deslumbrante actuación del fútbol, del básquet y de las chicas (hockey, tenis y Bardach), ¿Hacia dónde se dirige el deporte nativo? ¿El hecho de que se haya cortado la racha de 52 años sin oro, significa que las vigas del deporte están más sólidas? Cuando los remeros Capozzo y Guerrero ganaron el oro en Helsinki ‘52 -la última dorada hasta Atenas-, el deporte ocupaba un lugar central en la política de estado del gobierno de enton-ces. Eran otros tiempos. Tiempos en los que un deporte exitoso se confun-día con una política que lo fomentaba, pero que también lo manipulaba. Cuan-do Delfo Cabrera, por caso, regresó triunfal tras ganar el maratón olímpico en Londres ‘48, el presidente Perón le obsequió una vivienda. Luego, tras la revolución libertadora, la casa le fue expropiada y perdió su trabajo como sargento en el cuerpo de bomberos. Nunca más el deporte volvió a ocu-par la importancia que tuvo como política de estado durante los 10 años de gobierno peronista. También es cierto que aquellos eran años de abundancia y de un estado benefactor irrepetible. Hoy, con escasísimas excepciones, ningún atleta de alta competencia depende de las oscilaciones ideológicas o económicas de los gobiernos de turno. Si es un atleta amateur argentino no será ni bueno ni malo, será pobre siem-pre. Si es un atleta de una potencia económica, en cambio, sólo se preocupará por mejorar sus marcas. El oro de Atenas llegó como consecuencia del trabajo de dos organizacio-nes independientes, que nada tienen que ver con la política de estado del país. Ambas cuentan con dos superestructuras que bien podrían seguir destacándose aún con el resto del deporte olímpico al borde de la desaparición. Por eso, por más que los dos oros ten-gan un registro histórico, poco le agregan al derrotero de una patria deportiva amateur que sigue renga de estructura. Sus U$S 8 millones de presupuesto -el mis-mo con el que cuenta, por citar un ejemplo, la provincia de Sevilla en España- se van en su mayoría en el pago de sueldos a entrenadores y de becas que no superan, las más de las veces, los 1000 pesos mensuales, si se pagan. No llegan a derramarse en la base de la pirámide social, allí donde surgirán los atletas del futuro. En un país con la mitad de su población sumida en la pobreza, con un gran número de clubes al borde de la asfixia -allí está la deliciosa “Luna de Avellaneda para retratarlo-, los triunfos del fútbol y del básquet pueden contagiar a los más chicos, es cierto, pero siempre y cuando éstos tenga para alimentarse. Es probable, sí, que Emanuel Ginóbili funcione como el humus para que o-tros tantos ginóbilis aparezcan en unos años. Es probable también que cientos de chicos sueñen con sus penetraciones, así como miles de niños quie-ran viborear tras una pelota soñando ser Carlos Tevez. Ese es el mayor lega-do: el contagio. Ante un estado autista, se impone el ejemplo que llega desde estos héroes que deslumbran en deportes colectivos y superprosionales.
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